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Los viajes en burro de Melico Salazar

By Jorge Valle M. Mayo 22, 2024
Melico Salazar Melico Salazar

Melico reía a carcajada limpia cuando recordaba las carreras y congojas para conseguir los doscientos y pico de colones que costaba el viaje a Italia en un trasatlántico con pasaje de tercera clase.

Conseguir dos o trescientos colones a principio del actual siglo, era una empresa de gigantes. Nadie tenía un céntimo de sobra, salvo claro está, los usureros que en aquellos dorados tiempos cobraban el dos por ciento de interés en las operaciones de préstamo, pero éstos quedaron descartados porque para prestar cien colones, exigían además del fiador, la hipoteca de la casa. Los Salazar Zúñiga no tenían bienes raíces y en consecuencia no podían aspirar a préstamo de tal laya.

Estaban pensando en una colecta entre toda la familia, en la que se sumarían a hermanos, primos y tíos y hasta a algún amigo generoso, cuando ocurrió algo verdaderamente providencial que vino a salvar la difícil situación en que se encontraba el novel tenor de ópera. Se acercaba el día de la Virgen de la Candelaria, celebrado tradicionalmente en la Villa de Paraíso. Tres o cuatro vecinos de aquel lugar, llegaron a Cartago para tratar con un maestro de capilla, lo concerniente a la música para la novena y la fiesta religiosa de la patrona. Por alguna razón no encontraron al maestro de capilla en su casa y entonces resolvieron buscar a don Manuel Salazar, el tenor, para que él se encargara del contrato.

Melico nunca había tocado un piano y menos un armonio; se limitaba a cantar y se acabó. Por eso no se explicó nunca cómo fue que esas sencillas gentes fueron a buscarlo y por eso, siempre que venía a su memoria el suceso, llegaba a la conclusión de que Dios en persona, mandó a esos vecinos a su casa para que le arreglaran la partida hacia Milán. ¡Milagro de la Providencia!

Melico se propuso ganarse solo el dinero de los paraiseños. No le ayudó nadie para que saliera del compromiso. Ni maestro de capilla, ni una cantante, ni un músico tocando al violín o al clarinete. Nada más que él, Melico Salazar.

Tenía que resolver el problema del transporte a Paraíso, pues el tren pasaba por la villa a horas inadecuadas. Recordó que en las vecindades del Convento de los Capuchinos, en una callejuela, había visto un burro viejo, pastando tranquilamente y al parecer sin dueño.

Los aperos de aplanchar, el cordel de tender la ropa en su casa, sirvieron de silla y brida. Todas las tardes se llegaba el tenor al burro, que recibía el pago anticipado de unas briznas de zacate y caballero y jumento arrumbaban hacia las tierras de Paraíso.

Al llegar al pueblo, bajaba Melico con las posaderas molidas a consecuencia del improvisado apero, y haciendo una amarra con la brida, el cordón de tender, dejaba su cabalgadura a la orilla de una cerca y él, tomaba el camino a la iglesia, a la que entraba sudoroso a repasar las teclas del armonio y a tararear las canciones que había aprendido en honor de la Virgen de Candelaria, su milagrosa protectora que le estaba concediendo su viaje de estudios a Italia.

Así se sucedieron varias tardes. Al filo de las ocho y media de la noche, los dos amigos hacían su entrada a la “Vieja ciudad de las Brumas”; el burrito era generosamente recompensado por su nuevo amo, con un cinco de bananos pintones. Digo que generosamente, porque en aquellos tiempos benditos, una docena de bananos costaba a lo sumo cinco céntimos, así que el jumento, durante la noche, no la pasaba muy mal.

Melico cansado y hambriento corría a su casa y sacaba del horno la comida fría, que le sabía a gloria, según contaba entre risas que le ondulaban su abultado estómago, producto de excelentes ejercicios respiratorios, indispensables a los cantantes de ópera, (il fiato).

Decía Melico que el día de la fiesta de la Candelaria, fue el día de la más desastrosa actuación musical de su vida. Ya dije que con el objeto de que el dinero le rindiera, el tenor Salazar se propuso hacer solo todo lo necesario en el coro. Acompañaba su canto con extraños arpegios producidos por el desconocimiento del armonio.

Pensó que el cura párroco iba a echar a perder su viaje a Milán, pero el buen párroco se hizo de la vista gorda, quizás pensando que esa fiesta mal tocada, sería la salvación de don Manuel. En cuanto a los vecinos contratantes de la fiesta, no dijeron nada en vista de que el canto del tenor fue soberbio y nunca escuchado en Paraíso. 

Sin chistar le pagaron lo convenido, con asombro del artista que aguardaba que la gente le linchara por atrevido y audaz.

Años más tarde, cuando ya era el gran tenor Salazar y formaba parte del elenco de la Compañía Bracale, que cubría una temporada en Colombia, recibió la noticia de que Gatti-Casazza, le daba una contratación para cantar en el Metropolitan durante una temporada.

Noticia fabulosa que celebraron con gran alborozo los artistas compañeros de Melico. Dos días después salía para Costa Rica y al día siguiente de su llegada, contaba el tenor: “en unión de Lina, mi esposa, de mamita y de Lupe, mi hermana fuimos a la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles a darle gracias por los favores recibidos”.

“También fuimos a Paraíso  a saludar a la Virgen de la Candelaria, pues con ella estaba en deuda por la broma que les jugué a  los vecinos encargados de la fiesta  de la Patrona de Costa Rica, años atrás. “Dejé una limosna de cuatrocientos colones y el Cura de la Parroquia no creía lo que estaba viendo, y tuve que contarle la historia.

“Por el noble burro que me llevó a lomos a Paraíso durante aquel novenario, nada pude hacer, pues supe que tanto su amo Julián Coronel como el propio animal, habían pasado a mejor vida desde hacía mucho tiempo”. Y terminaba Melico el relato con los ojillos preñados de malicia: “Si la Iglesia me lo permitiera, con gusto habría cantado el funeral del infeliz pollino de las vecindades del Convento de los Padres Capuchinos”.

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