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Santa Francisca y el gobierno de Costa Rica

By Pbro. Luis Paulino González H. / gonzalezluispa@gmail.com Diciembre 16, 2022
Rafael Iglesias Castro. Presidente de la República (1894-1902). Rafael Iglesias Castro. Presidente de la República (1894-1902).

Es risible pensar que dos sencillas monjitas llegadas en un barco, despertaran la molestia el gobierno de Costa Rica al punto de que les prohibieran ir al Valle Central. Este episodio en la vida de santa Francisca Javier Cabrini sólo se entiende a la luz de las circunstancias políticas y sociales del momento.

Es el año 1895, gobierna Rafael Iglesias Castro. Es la época en que la sociedad está marcada por la predominancia, en los círculos intelectuales y políticos, de ideas que proponen un modelo social urbano, europeizado y laico. El país tenía gobiernos liberales (a la tica), con clara tendencia anticlerical e influenciados por la masonería (a la tica). Paradójicamente, es un tiempo de notable desconfianza hacia la Iglesia, aunque también de cierta connivencia y hasta de amistad utilitarista, según convenga a los intereses gubernamentales en cada ocasión.

Es una época de restricción de las libertades eclesiásticas y de aversión a la institucionalidad católica, particularmente hacia los jesuitas y las congregaciones dedicadas a la educación. Por eso no extraña que cuando la madre Cabrini se preparaba para ir a San José, de acuerdo con su propia versión, “llega el representante del Gobernador a anunciar que había recibido una orden del gobierno para asegurarse de que no nos internaran en la República, habiendo firmado una ley que prohibía la entrada a los jesuitas y hermanas que llevan el título del Sagrado Corazón, que se sospechan en relación con los jesuitas”.

De la crónica de estos sucesos, quizás lo más llamativo es la reacción de la religiosa y su modo de confrontar a las autoridades. Según ella lo narra, al recibir la prohibición, la santa pide ver al gobernador de la ciudad, Balvanero Vargas, y le expresa su molestia. Sus palabras reflejan la reciedumbre de su temperamento: “nos recibió con una amabilidad exquisita y mostró su pena por el anuncio que debía comunicarnos, buscando el modo de conseguir que levantaran la prohibición. […] una sola cosa me daba pena: ver un país que quiere presumir de tanto progreso, mantener leyes tan retrógradas, porque son contrarias a la libertad de la que tanto se habla […] El Gobernador quedó bastante impresionado, y anoche en las reuniones hablamos, gritamos, discutimos acaloradamente sobre el tema […] ¿Y quién era el que con tanto celo había movido todo esto? Un masón, que apenas llegó el vapor a puerto, vio a dos monjas a bordo, inmediatamente se interesó, telegrafiando al Ministro de Policía para que enviara severas órdenes antes de que las dos retrógradas, oscurantistas, se internaran para hacer daño al país”.

Las disculpas no se hicieron esperar. El 3 de junio escribe: “recibimos muchas visitas de personas que venían a condolerse por la ofensa […] y trataron por todos los medios de hacernos olvidar, temiendo que quisiera publicar tal cosa en los periódicos, que deshonraría a la sociedad costarricense que se tiene por la más ilustre de toda Centroamérica. Vinieron también dos encargados por el presidente de la República para disculparse y decirme que había sido un malentendido, y que podíamos ir a la capital y a todos lados, que seríamos bienvenidas y otras mil grandes palabras que sabían usar tan bien”.

Esta anécdota, hasta cierto punto simpática, no deja de llamar la atención e invita a la reflexión ya que en algunos aspectos se parece también a la época en que vivimos, dominada por ideologías supuestamente distintas a la liberal, pero con una matriz común. En fin, nada hay nuevo bajo el sol.

 

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