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Mons. Thiel y Madre Cabrini en Puntarenas

By Pbro. Luis Paulino González H. / gonzalezluispa@gmail.com Enero 05, 2023

En las notas de viaje de santa Francisca Javier Cabrini (1850-1917) se mencionan dos breves encuentros con el obispo de Costa Rica, Mons. Bernardo Augusto Thiel (1850-1901). En ninguno de los dos casos nos refiere demasiados detalles, pero dice lo suficiente para que nos quede claro que el prelado dejó en ella muy buenas impresiones.

El primer encuentro entre ambos se dio al anochecer del viernes 23 de octubre de 1891 frente al puerto de Puntarenas. Por la bella sencillez del relato, prefiero transcribir la mayor parte:

Ayer a las cinco de la tarde, en las primeras Vísperas de la fiesta de San Rafael, llegamos a Puntarenas, Golfo [sic] de Costa Rica. Allí se detuvo el barco para la correspondencia con la primera república que encontramos en Centroamérica. Debido a la bajamar no fue posible acercarse al puerto, sino que se mantuvo a unos 200 metros; con botes pequeños se subieron algunos pasajeros y algunos que venían a saludar a sus amigos. Entre estos había un señor que intentó acercarse a nosotros, y entendió que queríamos enviar un telegrama para la señora Elena Arellano, se ofreció a enviarlo y luego dijo que el Obispo de Costa Rica había llegado a Puntarenas hacía unas horas, para la fiesta de San Rafael y que ahora le avisaría de nuestro paso, seguro de que subiría a bordo para saludarnos. Agradecimos mucho esta noticia, viendo como en un país muy extranjero encontramos a quienes se interesaron por nosotros como amigos”.

Unos cuarenta minutos después, cuando ya oscurecía, el obispo estaba en cubierta “como un padre que esperaba a sus hijas desde hacía mucho tiempo, ansioso por volver a verlas. Todos hicieron sitio en el puente al Excelentísimo Prelado; y habiendo hecho un círculo de sillas, se sentó en medio, interesándose por nuestro viaje y el trabajo que íbamos a emprender. De cuando en cuando susurraba al oído de su secretario: “Las haremos venir también a Costa Rica”. Y el otro decía: “¿Y por qué no nos quedamos con ellas inmediatamente?”. Nos animó mucho diciéndonos, sin embargo, que encontraríamos muchas dificultades, pero que si nos manteníamos en el verdadero espíritu, todo se superaría y haríamos un gran bien; finalmente me dijo que si en Nicaragua encontraba serias dificultades, le escribiera, que haría todo lo posible para apoyarnos en su diócesis. Nos bendijo y se fue, dejándonos en el alma la feliz impresión de un Pastor verdaderamente santo y celoso. Es un alemán, un hombre muy inteligente, de muy buen espíritu, una persona robusta y enérgica de carácter, digna en verdad de habitar estas tierras.

La Madre zarpó esa noche y, dejando ver su espíritu profundamente contemplativo, describe en su diario las bellezas naturales que apreció en el mar. El domingo por la mañana tocó tierra pinolera en el puerto de Corinto.

Dos cosas llaman la atención de este relato. Primero, el encuentro entre ambos parece fortuito, es decir, no se conocían previamente. De hecho, nos cuenta Ana Isabel Herrera en su libro sobre las visitas pastorales de Mons. Thiel, que el obispo estaba en Puntarenas ese viernes, de paso hacia Guanacaste. De la perla del Pacífico salió el sábado por la tarde hacia Bebedero. El libro nada dice sobre esa fugaz reunión en el mar.

En segundo lugar, llaman la atención los adjetivos con los que la religiosa describe al obispo: santo y celoso, inteligente y de buen espíritu. Impresiones iniciales que podrá confirmar con el tiempo, según nos dará cuenta en un escrito posterior, del cual hablaremos en otra entrega.

 

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