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Sagradas Escrituras: San Pedro en Hechos

By Pbro. Mario Montes M. Noviembre 18, 2021

El libro de los Hechos de los Apóstoles, especialmente en su primera parte (Hech 1-12), destaca la “primacía” del Apóstol San Pedro. Es él,  en efecto, quien guía y orienta la naciente Iglesia, especialmente en los momentos más decisivos y de controversia.

Antes del acontecimiento de Pentecostés, en espera de la llegada del Espíritu Santo, es Pedro el que propone la elección del nuevo apóstol, a Matías,  en el lugar de Judas Iscariote (Hech 1,15-26). Es él quien, en el día de Pentecostés, hablará en nombre de los demás Apóstoles, para explicar a la maravillada multitud el significado de la venida del Espíritu Santo: “Entonces Pedro, junto con los once, se presentó y elevó su voz, diciendo...” (Hech 2,14-36). Y es él, el que, a continuación, exhorta a la multitud “a convertirse y hacerse bautizar en nombre de Jesucristo” (Hech 2,28-40) para lograr la salvación.

Junto al apóstol San Juan, en la puerta del templo de Jerusalén llamada Hermosa, sana a un paralítico “en el nombre de Jesucristo Nazareno” y explica a la gente que se había congregado, sobre el significado de aquel milagro (Hech 3,1-26). A continuación, asimismo junto a Juan, es denunciado al Sanedrín a causa del milagro del paralítico y con valor proclamará que “no hay salvación sino es en nombre de Cristo”, y que se debe “antes obedecer a Dios que a los hombres” (Hech 4,1-23; 5,17-42).

Más que los demás apóstoles, realiza milagros (Hech 3,6; 9,34; 40-41), tanto que la gente de todas partes le presenta enfermos, “para que, cuando Pedro pasara, por lo menos su sombra los cubriera” (Hech 5,12-16).

Es él  quien castiga severamente a los esposos Ananías y Safira, que mintieron sobre el precio del campo que habían vendido (Hech 5,1-11), y amenaza con un castigo ejemplar a Simón el Mago, que pretendía comprar con dinero, el poder de otorgar el don del Espíritu Santo (Hech 8,9-24). En virtud de su especial posición en la Iglesia es enviado, junto con Juan, a visitar a los cristianos de Samaria (Hech 8,14-17). Más tarde lo encontramos en “visita apostólica” por diferentes ciudades de la costa de Palestina, como Lida, Sarón y Joppe: “Pedro, en una gira por todas las ciudades, visitó también a todos los santos que vivían en Lida” (Hech 8,9-13.18-24).

Estando en Jope, tuvo la famosa visión de la sábana llena de todo género de animales, puros e impuros, con la invitación de una voz celestial de comerlos; ante la resistencia de Pedro de comer alimentos inmundos, la voz celestial replica: “No consideres manchado lo que Dios purificó” (Hech 10,15).

El sentido de la visión estuvo claro cuando, luego, llamaron a su puerta los enviados del centurión pagano Cornelio que pedía, también él por inspiración divina, ser cristiano.

Entonces Pedro comprendió que, en verdad, Dios “no hace acepción de personas” (Hech 10,34) y que los judíos y paganos son igualmente llamados a la salvación en Cristo y recibió a Cornelio y a toda su familia al Bautismo (Hech 10,1-48).

El hecho se supo en Jerusalén y causó estupor entre los que veían con desconfianza, la entrada de los paganos en la Iglesia, tanto que Pedro, a su regreso, hubo de explicar su acción, y todos comentaron: “También a los paganos Dios les ha concedido el don de la conversión que conduce a la vida” (Hech 11,1-18). San Lucas da a este episodio una gran importancia relatándolo por dos veces (Hech 10- 11).

No hay duda que sobre todo San Pablo será el gran Apóstol de los Gentiles, pero es Pedro el que inicia, de forma oficial y solemne, la entrada en la Iglesia de los gentiles imponiendo así la línea de conducta para todos. La universalidad de la Iglesia, ya contenida en la doctrina y mandatos de Jesucristo, empieza a cumplirse en la actuación de Pedro.

Pedro mismo reivindicará para sí la responsabilidad de la iniciativa, con ocasión del llamado Concilio de Jerusalén (49-50 d. C.), cuando fue afrontado de forma más sistemática, el problema de la legitimidad de la admisión de los paganos en la Iglesia, sin que estuvieran obligados a pasar por la antesala de la ley mosaica, como pretendían por el contrario los judeocristianos. Estos acusaban a Pablo de que predicaba a todos la salvación, por medio de la fe en Jesucristo, sin necesidad de cumplir las prescripciones judaicas. Habiendo estallado una polémica, el hecho fue denunciado a la Iglesia de Jerusalén, donde “los apóstoles y los ancianos se reunieron para examinar la controversia” (Hech 15,6).

No obstante fuera tratado el problema colegialmente, realmente en todo el debate fue decisiva la intervención moderada y precisa de Pedro.: “Hermanos, ustedes saben que Dios, desde los primeros días, me eligió entre todos ustedes para anunciar a los paganos la Palabra del Evangelio, a fin de que ellos abracen la fe. Y Dios, que conoce los corazones, dio testimonio en favor de ellos, enviándoles el Espíritu Santo, lo mismo que a nosotros” (Hech 15,7-8). Al final, “toda la asamblea hizo silencio para oír a Bernabé y a Pablo, que comenzaron a relatar los signos y prodigios, que Dios había realizado entre los paganos por intermedio de ellos” (Hech 15,12). Es indudable que en esta ocasión, Pedro aparece como el verdadero jefe de la Iglesia, no obstante el notable relieve que tuvo también Santiago, el hermano del Señor, como obispo de Jerusalén (Hech 15,13-21).

Y fue indudablemente a causa de esta posición en la Iglesia el que, unos años antes, Pedro fuera encarcelado por Herodes Agripa I, para ser ajusticiado con ocasión de las fiestas de Pascua. Fue liberado prodigiosamente por el ángel del Señor (Hech 12,1-11): tras visitar a sus hermanos, “después salió y marchó a otro lugar”, dice con frases oscuras el texto de Hech 12,17. Corrían por entonces los años entre el 42 y 44 d. C. Después de este período, no nos es posible seguir fácilmente la posterior actividad de Pedro y de sus desplazamientos misioneros. Ya hemos visto que en el año 49-50 volvemos a encontrarle en Jerusalén, con la plena autoridad de sus funciones, con ocasión del mencionado Concilio.

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