Santa Mónica lo instruyó en la fe desde muy pequeño, sin embargo, durante su juventud llevó un estilo de vida hedonista y libertina. En su libro Confesiones, el santo habla sobre esta época con arrepentimiento.
Fue enviado a estudiar a la ciudad de Cartago (en el actual Túnez). Estudió gramática y retórica, igualmente tenía gran interés por la literatura. Demostraba gran elocuencia.
Ya por entonces ganaba popularidad y reconocimiento. De hecho, destacó en concursos poéticos y certámenes públicos. Más tarde se dedicó al estudio de la filosofía. Por entonces, estaba interesado en diversas corrientes filosóficas y religiosas, como el maniqueísmo. Además, conoció a una mujer con la que tuvo un hijo, Adeodato.
Fue maestro de retórica en Cartago, Roma y Milán, donde incluso fue nombrado magister rhetoricae, el puesto más alto en el mundo académico latino.
Su acercamiento al cristianismo
El estudio del neoplatonismo, la influencia de su madre y de su amigo obispo, Simplíciano, ayudaron a que se acercara al cristianismo. Comenzó a asistir como catecúmeno a las celebraciones litúrgicas del obispo Ambrosio, que también era maestro de retórica. Este religioso se convirtió en su guía espiritual y en su catequista.
Con la mujer con la que procreó a su hijo, Adeodato, tuvo una relación de 15 años, sin embargo, terminó por separarse de ella, en parte porque su madre, la futura Santa Mónica, quería que él se casara con una joven heredera. Esta decisión le causó un profundo dolor.
Al final tampoco se casó, porque antes de que llegara el momento del matrimonio él ya se había convertido al cristianismo y había optado por el servicio a Dios.
Sobre su conversión, el relato cuenta que estaba en un jardín cuando escuchó una voz infantil que repetía “toma y lee” (tolle lege). Entonces, él abrió la Biblia y se encontró con el pasaje de Romanos 13, 13-14.
En el texto bíblico, San Pablo escribió: “Nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos; nada de rivalidades y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias”.
San Agustín fue bautizado en la Vigilia Pascual del año 387 por Ambrosio de Milán, junto con su hijo. Su madre Santa Mónica, que rezó mucho por su conversión, tuvo la dicha de vivir este momento y poco tiempo después falleció. En Confesiones, San Agustín narra de manera muy conmovedora la despedida de su madre.
Regresó a su tierra, para llevar una vida ascética y de estudio. Escribió Confesiones, un clásico de la literatura cristiana, escrito a modo de autobiografía, con reflexiones filosóficas y teológicas sobre su vida.
Tras su conversión, dejó de ser profesor de retórica y fundó un monasterio. Posteriormente la Regla de San Agustín sería la base para diversas Órdenes Religiosas como los Agustinos, los Agustinos Recoletos, los Dominicos y otros.
Cabe mencionar que vendió todos sus bienes y repartió el dinero entre los pobres. Más tarde fue ordenado sacerdote y luego obispo de Hipona. Fue un famoso predicador y hombre que combatió con valentía e inteligencia el maniqueísmo y otras herejías. Participó en concilios, donde sus aportes fueron sumamente valorados.
Falleció en el año 430, mientras la ciudad de Hipona era asediada por los vándalos (un pueblo germánico que formó parte de las invasiones bárbaras), en medio de la crisis del Imperio romano.
No fue un santo con una vida perfecta, sobre todo durante su juventud, pero fue un hombre que buscó incansablemente la verdad y cuando la encontró en Cristo, se entregó a Él y a su Iglesia.
La Orden de San Agustín
La Orden de San Agustín es una orden mendicante surgida en el Siglo XIII, que sigue la Regla de San Agustín. Su lema es: “Una sola alma y un solo corazón dirigidos hacia Dios”.
Los miembros viven en comunidad y se dedican a la contemplación, algo que viene de sus raíces eremitas. Sus miembros profesan pobreza y viven del trabajo pastoral y de la ayuda de los fieles, sin poseer bienes personales.
La Orden tiene un superior general. Además de los religiosos existen otras ramas que componen la Familia Agustiniana, como las religiosas contemplativas, congregaciones femeninas, fraternidades laicales e institutos seculares.
En Costa Rica hay varias comunidades, en el Seminario San Agustín, en Sabanilla, Montes de Oca; en la Parroquia Santa Marta, en Ciudad Neily de Corredores; Parroquia de El Roble, Puntarenas; y en la Parroquia de Venecia, San Carlos.

















