

“Soy agustino, un hijo de San Agustín, que ha dicho: Con ustedes soy cristiano y para ustedes, obispo”. Estas fueron palabras del Papa León XIV durante su primer saludo Urbi et orbi, las cuales fueron pronunciadas por un gran santo de la Iglesia, San Agustín de la Iglesia, cuya vida es una historia de conversión y búsqueda de la Verdad.
San Agustín nació en Tagaste (actual Argelia) en el año 354. Su madre era cristiana, Santa Mónica, y su padre, llamado Patricio, era pagano. Desde joven se distinguió por ser muy estudioso.
El punto de partida de la visión cristiana de la vida y existencia humanas es la relación personal con Jesucristo. Parafraseo la conocida frase: se empieza a ser cristiano no por abrazar una ideología o unas doctrinas éticas sino por encontrarse con una persona. Y se le encuentra más que como un símbolo ético o una metáfora ideológica, en un hecho concreto y contundente: la pasión, muerte y resurrección. En resumen, se es cristiano por la experiencia de un acontecimiento: encuentro con el crucificado Resucitado convergiendo la situación por Él vivida y la que vive la persona que con Él se está encontrando. Eso es experimentar el amor de Dios.
De ello se deriva una valoración tan exquisita y delicada, tan libre y sincera de la propia existencia reconciliada y de los demás, que produce un humanismo: preocupación por/ y promoción del ser humano. Un humanismo cristiano.
Ese es el marco para ponderar cuánto verdaderamente humano es algo o no lo es.
Si el cristianimo fuese solo una ética humanista no haría falta ni creer en Dios, ni la encarnación del Verbo, ni su Pascua (pasión-muerte y resurrección), ni la comunidad, ni las celebraciones litúrgicas, ni la misión. Con leerse un panfleto de unas diez reglas bastaría o con una simple melodía que provoque emoción.
Por eso el cristianismo es un estilo de vida, es una toma de posición muy responsable ante la historia y la eternidad: por la liberación del ser humano caído bajón el duro peso de los ídolos alienantes del mundo, y por la salvación eterna. Esta es la posición teológica del humanismo cristiano.
El otro humanismo es una toma de posición por el solo individuo y su fugaz presente, eternizado bajo el pavor a la sucesiva nada de la muerte. Humanismo atizado por un estilo de vida solo ético sin relación con un Dios vivo y su Hijo Jesucristo. Humanismo arropado por el confort del hedonismo egoísta. Humanismo que usurpa el lenguaje evangélico del amor y el puesto divino de Juez al apuntar con el dedo bajo el alegato de acabar con el “odio” y decretar la descalificación para echar en las hogueras de sus “ilustrados” akelarres.
Por ello, toda existencia humana y toda sociedad tiene un trasfondo religioso: dar culto al Dios vivo o dar culto a otros dioses.