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Familia: Tesoro de los pueblos y patrimonio de la humanidad

By Conferencia Episcopal de Costa Rica Agosto 24, 2021

Mensaje de los Obispos de la Conferencia Episcopal de Costa Rica

 

Con ocasión del mes dedicado a la familia y de la Semana de Integración Familiar, del 22 al 29 de agosto, los Obispos de la Conferencia Episcopal de Costa Rica saludamos a todas las familias del país. Conocemos los múltiples y difíciles problemas que acarrean fuertes sufrimientos a lo interno de los hogares y afectan negativamente al núcleo familiar. 

La ayuda mutua de sus miembros, la colaboración exterior con que pueda contarse y la confianza en el Señor que nos acompaña y nos dice: «¡Ánimo!, soy yo, no temáis» (Mc 6,50), nos impulsa a atravesar, con esperanza y espíritu renovado, las diversas pruebas que se abaten sobre la familia. 

Deseamos y pedimos que las instituciones del Estado y de la sociedad, a través de una cercanía efectiva, apoyen a la familia y salgan en su auxilio ante las graves congojas económicas y de pobreza que padecen, así como de la violencia, la desintegración, la exposición a la droga y otros males que les ataca. 

Queremos compartir algunas reflexiones que iluminan el sentido de la convivencia familiar y sus grupos etarios. 

 

  1. Familia trinitaria

 

Dios, comunidad de personas en recíproca relación de amor y de ideales, ha desplegado toda su caridad y dicha hacia nosotros. Él es modelo y fuente de vida de la familia humana y de cada familia en particular. A Él hay que recurrir constantemente para contemplar, orar, agradecer y dejar que nos haga partícipes, por su amor y gracia, en su propia vida. 

 

  1. La comunidad conyugal

 

Eje básico de la vida familiar es el matrimonio que, para los fieles cristianos, se trata de una hondura inmensa y bella. Así, el varón cristiano se emociona interiormente al experimentarse participado, por pura gracia de Dios, del amor esponsal de Cristo por su esposa, la Iglesia, y se goza que, por esa participación que nutre el sacramento del matrimonio, pueda amar y consagrarse a la mujer que ha elegido como esposa de una manera semejante a como Cristo lo hace con la Iglesia. La mujer, por su parte, imagen e ícono de la Iglesia, amará y se entregará a su marido como la Iglesia ama y sirve a Cristo. Esta relación del hombre y la mujer, cotidiana y permanente, bajo la gracia propia del sacramento del matrimonio, reflejará la relación esponsal de Cristo y la Iglesia. Este es punto nuclear del matrimonio. 

 

  1. «…. bendito el fruto de tu vientre» (Lc 1.42) 

 

En la respuesta que Santa Isabel dio al saludo de María, el día de la visitación, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre» (Lc 1,42). Luego agregó: «… en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura dio un salto de gozo en mi vientre» (Lc 1,44). Antes, en la Anunciación, el ángel Gabriel dijo a la Virgen María: «… concebirás y darás a luz un hijo» (Lc 1,31). ¡Cómo no saludar, a una mujer encinta, con las mismas palabras de Santa Isabel: «…bendito el fruto de tu vientre» (Lc 1- 44). En la montaña de Judea, las dos madres se gozaron, tanto por el encuentro entre ellas como, sobre todo, por el encuentro de los dos niños presentes y ocultos en sus cuerpos. 

Cuando nacieron, los esposos estuvieron presentes en el parto, fueron testigos y actores como padres, del nacimiento de sus hijos (Lc 1,57-66; 2,1-7). Se sigue repitiendo este don admirable de la vida humana en centenares y centenares de familias y en el impresionante Santuario de la vida como es el vientre de la mujer, obra magnifica de las manos paternales y creadoras de Dios. A toda las mujeres, en quienes en estos momentos Dios gesta y desarrolla un nuevo ser humano, en sus vientres, a su imagen y semejanza, las saludamos con la felicitación con que Santa Isabel correspondió al saludo de la Virgen: «… bendito el fruto de tu vientre» (Lc 1,42). El amor conyugal es generoso como el de Dios; da la vida con amor y responsabilidad; no la niega. 

 

  1. Nuestros niños 

 

El Espíritu Santo promueve la fecundidad de Cristo y la Iglesia creando siempre nuevos hijos, con el oportuno y necesario auxilio evangelizador de la Iglesia. El amor de los esposos cristianos está llamado a la fecundidad. Precisamente, a los niños, Jesús «los acariciaba y los bendecía poniendo las manos sobre ellos» (Mc 10,16). ¡Qué delicado, noble, fructuoso y expresivo gesto de amor esponsal que ha devenido ahora en amor paternal y maternal! ¡Qué necesario y qué buenas consecuencias tiene para los niños el hecho de sentir en su piel las manos cercanas y amorosas de sus padres que los bendicen y les transmiten toda su ternura! 

 

  1. Nuestros adolescentes y jóvenes 

 

«Los adolescentes no son niños ni son jóvenes. Están en la edad de la búsqueda de su propia identidad, de independencia frente a sus padres, de descubrimiento del grupo» (Aparecida, 442). 

«Están llamados a ser centinelas del mañana, comprometiéndose en la renovación del mundo a la luz del Plan de Dios. No temen el sacrificio ni la entrega de la propia vida, pero sí una vida sin sentido. Por su generosidad, están llamados a servir a sus hermanos, especialmente a los más necesitados con todo su tiempo y vida. Tienen capacidad para oponerse a las falsas ilusiones de felicidad y a los paraísos engañosos de la droga, el placer, el alcohol y todas las formas de violencia. En su búsqueda del sentido de la vida, son capaces y sensibles para descubrir el llamado particular que el Señor Jesús les hace” (Aparecida, 443). 

Los padres de familia serán los modelos y peculiares ejemplos, pedagogos y formadores de sus hijos. Son los conductores de la barca familiar entre las luces y sombras en que se desenvuelven nuestros adolescentes y jóvenes. 

 

  1. Nuestros adultos mayores 

 

La propia familia debe acoger con gratitud y admiración a sus propios adultos mayores y ancianos. «Ellos trasmiten la experiencia y sabiduría de sus vidas» (Aparecida, 447). 

A la hora en que San José y la Virgen María llevaron al Niño al templo para presentárselo al Señor, el anciano Simeón y la anciana Ana, estaban allí y se encontraron. ¡Cómo se repite, en el seno de la vida familiar, el encuentro de los niños y sus abuelos, algunos de ellos ya muy mayores! ¡Cómo se iluminó la esperanza y se gozaron aquellos viejos santos con el Niño en brazos de sus jóvenes papás! (cfr. Lc 2,4-50). 

Las familias tienen la gratísima responsabilidad de acercar a Jesús, sobre todo, por la comunión eucarística, a sus personas mayores. Y, acompañarlos con fraternidad y gusto en su vejez, a protegerlos y animarlos, de modo que sigan «dando gracias a Dios y hablando del Niño» a sus hijos y nietos y puedan rezar en la edad avanzada. «Ahora puedes dejar a tu siervo irse en paz, mis ojos han visto a tu Salvador» (Lc 2, 29-38). 

 

  1. La dignidad de la mujer 

 

«En una época de marcado machismo, la práctica de Jesús fue decisiva para significar la dignidad de la mujer y su valor indiscutible: habló con ellas (cfr. Jn 4, 27), tuvo singular misericordia con las pecadoras (cfr. Lc 7,36-50; Jn 8,11), las curó (cfr. Mc 5, 25-34), las reivindicó en su dignidad (cfr. Jn 8, 1-11), las eligió como primeras testigos de su resurrección (cfr. Mt 28, 9-10), e incorporó mujeres al grupo de personas que le eran más cercanas (cfr. Lc 8, 1-3). La figura de María, discípula por excelencia entre discípulos, es fundamental en la recuperación de la identidad de la mujer y de su valor en la Iglesia. El canto del Magnificat muestra a María como mujer capaz de comprometerse con su realidad y de tener una voz profética ante ella» (Aparecida, 451). 

«La relación entre la mujer y el varón es de reciprocidad y colaboración mutua» (Aparecida, 452). 

«La mujer es insustituible en el hogar, la educación de los hijos y la transmisión de la fe. Pero esto no excluye la necesidad de su participación activa en la construcción de la sociedad. Para ello se requiere propiciar una formación integral de manera que las mujeres puedan cumplir su misión en la familia y en la sociedad» (Aparecida, 456). 

 

  1. Dispuestos a la voluntad de Dios 

 

Cuando una pareja se acerca al sacramento del matrimonio, se le pregunta, según el Rito: «¿Están dispuestos a recibir de Dios responsable y amorosamente los hijos, y a educarlos según la ley de Cristo y de su Iglesia?». Cuando los papás se acercan a pedir el bautismo para sus hijos, se les pregunta: «¿Al pedir el bautismo para sus hijos saben que están en la obligación de educarlos en la fe, para que estos niños, guardando los mandamientos de Dios, amen al Señor y al prójimo como Cristo nos enseña en el Evangelio?». 

¡Qué impresionante misión y, a su vez, qué tarea tan gratificante formarle al Padre Celestial, a sus hijos adoptivos; a Cristo, sus discípulos y misioneros; al Espíritu Santo, sus templos; a la Iglesia, sus miembros vivos; y a la sociedad y al mundo, ciudadanos correctos y honestos! 

Nos solidarizamos con las familias que en este momento no tienen lo necesario para comer, que no cuentan vivienda digna, ni un entorno social saludable. Nuestra cercanía de pastores con las familias que han sufrido por causa de la pandemia, con las que han perdido familiares y viven momentos de dolor como consecuencia de los estragos que esta enfermedad ha dejado en la sociedad. 

Apreciemos, defendamos y promovamos la belleza de la familia, pues en ella se plasma el misterio del amor de Dios a través de la comunión recíproca y cotidiana de personas. La familia es parte del proyecto amoroso y salvífico de Dios, para bien y realización plena de quienes la conforman, y para alcanzar la plenitud que Él quiere para todos nosotros. 

En la sede de la Conferencia Episcopal, San José, a los 23 días del mes de agosto del año del Señor 2021, dedicado a San José, patrono de la Iglesia universal, fiesta de Santa Rosa de Lima. 

 

Mons. José Manuel Garita Herrera

Obispo de Ciudad Quesada

Presidente de la Conferencia Episcopal de Costa Rica

 

Mons. Daniel Francisco Blanco Méndez

Obispo Auxiliar de San José

Secretario General de la Conferencia Episcopal

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