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Pascua: de la muerte a la vida

By Pbro. Mario Montes M. Mayo 02, 2022

Pascua es la más antigua y la más grande de todas las fiestas cristianas, más importante incluso que la Navidad. Su celebración en la Vigilia Pascual constituye el corazón del año litúrgico. Dicha celebración, precedida por los cuarenta días de Cuaresma, se prolonga a lo largo de todo el período de cincuenta días que llamamos Tiempo Pascual. Esta es la gran época de gozo, que culmina en la fiesta de Pentecostés, que completa nuestras celebraciones pascuales, lo mismo que la primera fiesta de Pentecostés fue la culminación y plenitud de la obra redentora de Cristo.

El Tiempo Pascual comprende cincuenta días (en griego "pentecostés"), vividos y celebrados como un solo día: "los cincuenta días que median entre el domingo de la Resurrección hasta el domingo de Pentecostés se han de celebrar con alegría y júbilo, como si se tratara de un solo y único día festivo, como un gran domingo" (Normas Universales del Año Litúrgico, n 22). El Tempo Pascual es el más fuerte de todo el año, que se inaugura en la Vigilia Pascual y se celebra durante siete semanas hasta Pentecostés. Es la Pascua (paso) de Cristo, del Señor, que se inaugura en la Vigilia Pascual y se celebra durante siete semanas, hasta Pentecostés.

Es la Pascua (paso) de Cristo, del Señor, que ha pasado de la muerte a la vida, a su existencia definitiva y gloriosa. Es la Pascua también de la Iglesia, su Cuerpo, que es introducida en la vida nueva de su Señor, por medio del Espíritu que Cristo le dio el día del primer Pentecostés. El origen de esta cincuentena se remonta a los orígenes del año litúrgico. Esto demuestra claramente que hoy la Iglesia interpreta la Pascua y sus resultados, exactamente en el mismo sentido que lo hacía la Iglesia de la antigüedad. En esta interpretación de la Pascua, el nuevo calendario es todavía más tradicional que el anterior. Explicaremos por qué.

Antes de la reforma del calendario y del Misal Romano, el tiempo de Pascua era presentado como apéndice, más que como parte intrínseca de la misma celebración pascual y su continuación durante todo el período de cuarenta días. Los domingos que seguían se llamaban Domingos después de Pascua, y no Domingos de Pascua, como se los designa actualmente. Era realmente un tiempo de carácter jubiloso y festivo, pero no se lo podría definir como una celebración ininterrumpida del día mismo de Pascua.

Este período pertenece a la parte más antigua del año litúrgico, que, en su forma primitiva (siglo III), constaba simplemente del domingo, el triduo pascual y los cincuenta días que seguían al Domingo de Pascua, llamados entonces Pentecostés o “santo pentecostés”. El nombre no se refería, como ahora, a un día concreto, sino a todo el período. Pentecostés era una larga y gozosa celebración de la fiesta de pascua. Todo el período era como un domingo, y para la Iglesia primitiva el domingo era sencillamente la pascua semanal. Los cincuenta días se consideraban como un solo día, e incluso se los designaba con el nombre de “el gran domingo” (en latín “magna dominica”).

Cada día tenía las características de un domingo; se excluía el ayuno, estaba prohibido arrodillarse: los fieles oraban de pie como signo de la resurrección y se cantaba repetidamente el Aleluya, como en Pascua. En cierta manera hemos de recuperar el espíritu del antiguo Pentecostés y el sentido de celebración, que no se conforma con un día, ni siquiera con una octava, para celebrar la Pascua, sino que requiere todo un período de tiempo. Hemos de verlo como un todo unificado que, partiendo del Domingo de Pascua, se extiende hasta la vigilia del quincuagésimo día; una época que san Atanasio designa como la más gozosa.

 

Su carácter unitario

 

La liturgia insiste mucho en el carácter unitario de estas siete semanas. La primera semana es la "octava de Pascua', en la que ya, por tradición, los bautizados en la Vigilia Pascual, eran introducidos a una más profunda sintonía con el Misterio de Cristo que la liturgia celebra. La "octava de Pascua" termina con el domingo de la octava, llamado "in albis", porque ese día los recién bautizados deponían en otros tiempos los vestidos blancos, recibidos el día de su Bautismo. Dentro de la Cincuentena se celebra la Ascensión del Señor, ahora no necesariamente a los cuarenta días de la Pascua, sino el domingo sétimo de Pascua, porque la preocupación no es tanto cronológica sino teológica y la Ascensión pertenece sencillamente al misterio de la Pascua del Señor. Y concluye todo con la donación del Espíritu en Pentecostés.

La unidad de la Cincuentena queda también subrayada por la presencia del Cirio Pascual, encendido en todas las celebraciones, hasta el domingo de Pentecostés. Los varios domingos no se llaman, como antes, por ejemplo, "domingo III después de Pascua", sino "domingo III de Pascua". Las celebraciones litúrgicas de esa Cincuentena expresan y nos ayudan a vivir el misterio pascual, comunicado a los discípulos del Señor Jesús. Las lecturas de la Palabra de Dios, de los ocho domingos de este tiempo, que se proclaman en la Eucaristía, están organizados con esa intención. La primera lectura es siempre de los Hechos de los Apóstoles, la historia de la primitiva Iglesia, que en medio de sus debilidades, vivió y difundió la Pascua del Señor Jesús. La segunda lectura cambia según los tres ciclos: la primera carta de San Pedro, la primera carta de San Juan y el libro del Apocalipsis.

 

Los símbolos de la Pascua

 

  1. Las flores: Son el fruto del jardín del Calvario, del jardín de la resurrección. Las flores son el fruto temprano la primavera radiante en su primer plenilunio. Las flores, frescas y primerizas, no pueden faltar en las celebraciones de Pascua. Las flores hablan siempre por sí solas de fragancia, de belleza, de fruto, de pureza y de vida.
  2. La luz: Jesús es la luz del mundo. Su resurrección es la luz que disipa definitivamente las tinieblas del pecado y de la muerte. La luz es para alumbrar, para guiar, para calentar. La liturgia de la Iglesia recrea este misterio de la luz con el fuego de la Vigilia Pascual y con el Cirio Pascual, su simbólica imagen resucitada, su nuevo y definitivo icono pascual.
  3. La palabra: La resurrección estaba presente en la entraña misma de las Escrituras, de la Palabra de Dios. Jesucristo es la Palabra de Dios encarnada. La Vigilia Pascual tiene por ello una liturgia especial de la palabra y el lugar de la palabra -el ambón, el atril- aparece adornado con flores en Pascua.
  4. El agua: Jesucristo es el agua viva, el manantial de la vida, la fuente de esperanza, el hontanar de la felicidad. Quien la bebe nunca más tendrá sed. El agua es signo de vida, de limpieza, de purificación, de fecundidad. Con el agua y en agua renacemos a la vida nueva por el bautismo. La liturgia pascual venera de modo especial el agua bendecida en la noche santa y en esta agua renueva su fe y promesas bautismales.
  5. El pan: Jesucristo es el pan vino bajado del cielo. El pan se convierte en su cuerpo, llagado y resucitado, y quien lo come tiene ya en prenda la vida eterna.
  6. El vino: Jesucristo nos dejó su sangre derramada como bebida para la remisión de los pecados y encomendó a su Iglesia, a sus sacerdotes, hacer memoria de ella. Jesús Resucitado es el vino nuevo y definitivo, que sacia y no embriaga.
  7. El incienso: El incienso era en la cultura pagana uno de los símbolos de la divinidad. En la liturgia cristiana es también expresión de adoración y veneración. El incienso es usado especialmente en las liturgias pascuales. "Suba nuestra oración, Señor, como incienso en tu presencia".
  8. El Aleluya: Jesucristo, en sus apariciones, llama a sus apóstoles y discípulos a la alegría. La palabra alegría en griego es "aleluya". El "aleluya" es utilizado en la liturgia pascual de manera permanente. La alegría, el aleluya, debe ser una de las consignas y de las características de los cristianos de todas las épocas. Su resurrección es la alegría que nadie nos podrá arrebatar.
  9. La paz: Jesucristo es nuestra paz, es el príncipe de la paz. Con su muerte y resurrección ha hecho la paz y la reconciliación para siempre. Su saludo, en las apariciones tras la resurrección, es una invitación a la paz. Las escenas de los Evangelios de la resurrección están transidas de paz. La paz es don de los dones del Señor. La paz es credencial de la resurrección.
  10. La misión: "Vayan a Galilea...", "¿Qué hacen ahí plantados mirando al cielo?” "Vayan y prediquen el evangelio a todas las gentes...". La Pascua no puede esperar. La gloria en nosotros y para nosotros del Resucitado, no puede esperar. El cielo no puede esperar. Pero el cielo sólo se gana en la tierra: "Vayan, pues, y enseñen a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado. Yo estaré con ustedes siempre hasta la consumación del mundo".

 

Pascua: celebrar la resurrección

 

El misterio de la resurrección recorre todo este tiempo. Se lo contempla bajo todos sus aspectos, durante los cincuenta días. La buena nueva de la salvación es la causa del regocijo de la Iglesia. La resurrección se presenta a la vez como acontecimiento y como realidad omnipresente, como misterio salvador que actúa constantemente en la Iglesia. Así se deduce claramente del estudio de la liturgia pascual.

Comenzando el Domingo de Pascua y su octava, advertimos que los evangelios de cada día, nos relatan las varias manifestaciones del Señor resucitado a sus discípulos: a María Magdalena y a las otras mujeres, a los dos discípulos que iban camino de Emaús, a los once apóstoles sentados a la mesa, en el lago de Galilea o Tiberíades, a todos los apóstoles, incluido Tomás. Estas manifestaciones visibles del Señor, tal como las registran los cuatro evangelistas, pueden considerarse el tema mayor de la Liturgia de la Palabra. Así es ciertamente en la octava, en la que cada día se nos presenta el acontecimiento de pascua bajo una luz nueva.

Después de la octava, no se pierde de vista la resurrección, sino que se la contempla desde una perspectiva diferente. Ahora se destaca sobre todo la presencia activa en la Iglesia de Cristo glorificado. Se lo contempla como el buen pastor que desde el cielo apacienta a su rebaño, o como el camino que lleva al Padre, o bien como la fuente del Espíritu y el que da el pan de vida, o como la vid de la cual obtienen la vida y el sustento los sarmientos.

Considerada, pues, como acontecimiento histórico y como misterio que afecta a nuestra vida, aquí y ahora, la resurrección es el foco de toda la liturgia pascual. Es éste el tiempo de la resurrección y, por lo tanto, de la nueva vida y la esperanza. Y como este misterio es realmente una buena nueva para el mundo, es preciso atestiguarlo y proclamarlo. Los Evangelios nos presentan el testimonio apostólico y exigen de nosotros la respuesta de la fe. También hay otros escritos del Nuevo Testamento, como los Hechos de los Apóstoles, que han consignado para nosotros el testimonio que los discípulos dieron de “la resurrección del Señor Jesús”.

 

Pascua: participar de la resurrección

 

Durante el tiempo de Pascua no celebramos sólo la resurrección de Cristo, la cabeza, sino también la de sus miembros, que comparten su misterio. Por eso el bautismo tiene tanta importancia y relieve en la liturgia. Por la fe y el bautismo somos introducidos en el misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección del Señor. La exhortación de san Pablo que se lee en la Vigilia Pascual resuena a lo largo de toda esta época:

Los que por el bautismo fuimos incorporados a Cristo, fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva (Rom 6, 3-11).

No basta con recordar el misterio, debemos mostrarlo también con nuestras vidas. Resucitados con Cristo, nuestras vidas han de manifestar el cambio que ha tenido lugar. Debemos buscar “las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios” (Col 3, 1). Esto significa compartir la libertad de los hijos de Dios en Jesucristo.

 

Pascua: todo el misterio de la redención

 

La conmemoración litúrgica de la resurrección está en el corazón del Tiempo Pascual. Sin embargo, ésta no agota todo el contenido de este período. Pertenecen también a este tiempo los gloriosos misterios de la Ascensión del Señor y Pentecostés. Sin ellos, la celebración del Misterio Pascual quedaría incompleta.

Parece ser que en los primeros tiempos cristianos, antes de que el año litúrgico comenzara a adquirir forma en el siglo IV, las fiestas de la Ascensión y Pentecostés no se celebraban como fiestas aparte. Pero estaban incluidas en la comprensión global de la Pascua que tenía la Iglesia entonces. Se conmemoraban implícitamente dentro de los cincuenta días y eran tratadas como partes integrantes de la solemnidad pascual. Por eso no es extraño que se refirieran a todo el período pascual como “la solemnidad del Espíritu”.

El padre Robert Cabié, en un estudio exhaustivo de Pentecostés en los primeros siglos, observa que la Iglesia primitiva, en su celebración de lo que ahora llamamos Tiempo Pascual, conmemoraba todo el misterio de la redención. Esto incluía la resurrección, las manifestaciones del Señor resucitado, su ascensión a los cielos, la venida del Espíritu Santo, la presencia de Cristo en su Iglesia y la expectación de su vuelta gloriosa. A la luz de lo que sabemos de la cristiandad primitiva, el período de Pentecostés celebraba el misterio cristiano en su totalidad, de la misma forma que el domingo, día del Señor, celebraba todo el misterio pascual. El domingo semanal y el “gran domingo” introducen ambos al cuerpo de Cristo en la gloria adquirida por la cabeza.

La experiencia de la Iglesia primitiva puede enriquecer nuestra comprensión del Tiempo Pascual. La conciencia viva de la presencia de Cristo en su Iglesia, era parte importante de esta expresión. Dicha presencia sigue poniéndose de relieve en la liturgia y se simboliza en el Cirio Pascual, que permanece en el presbiterio. Los Hechos de los Apóstoles, nos recuerdan los cuarenta días que median entre Pascua y la Ascensión como el tiempo en que el Señor resucitado está con sus discípulos.

Como en tiempos pasados, la Iglesia conmemora esta presencia histórica, al mismo tiempo que celebra la presencia de Cristo, aquí y ahora, en el misterio de la liturgia. Durante el tiempo pascual, la Iglesia, esposa de Cristo, se alegra por haberse reunido de nuevo con su Esposo, el Señor (ver Lc 5,34-35).


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