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¿Dios escucha mis oraciones?

By Septiembre 21, 2021

El “silencio” de Dios es uno de los temas espirituales más desarrollados y de los que siguen causando más reflexión. Muchas veces, Dios parece ausente, y su “silencio” podría desanimar a quien no es capaz de ver más allá.

En efecto, la dificultad para captar la cercanía de Dios es una experiencia común a creyentes y no creyentes, aunque adquiera diversas formas en unos y otros.

Los salmos lo manifiestan con elocuencia: “¡Dios mío! No estés callado, no guardes silencio, no te quedes quieto, ¡Dios mío!” (Sal 83,2). “¿Por qué escondes tu rostro?” (Sal 44,25) “¿Por qué han de decir las naciones: “Dónde está su Dios”?” (Sal 115,2).

A través del texto sagrado, Dios mismo pone estas preguntas en nuestros labios y en nuestro corazón: quiere que se las digamos, que las meditemos en la forja de la oración. Son preguntas importantes, como explica Marco Vanzini en opusdei.org

¿Por qué Dios calla? A menudo, las Escrituras nos presentan su silencio, su lejanía, como una consecuencia de la infidelidad del hombre. El pecado, la idolatría, es como una cortina que hace opaco a Dios, que impide verle; es como un ruido que le hace inaudible. Y Dios espera entonces con paciencia, detrás de esa pantalla que ponemos entre nosotros y Él, a la espera de un momento oportuno, para volver a nuestro encuentro.

Más que callarse Dios, sucede con frecuencia que no le dejamos hablar, que no le escuchamos, porque hay demasiado ruido en nuestra vida. “No sólo existe la sordera física, que en gran medida aparta al hombre de la vida social. Existe un defecto de oído con respecto a Dios, y lo sufrimos especialmente en nuestro tiempo. Nosotros, simplemente, ya no logramos escucharlo; son demasiadas las frecuencias diversas que ocupan nuestros oídos. Lo que se dice de Él nos parece pre-científico, ya no parece adecuado a nuestro tiempo. Con el defecto de oído, o incluso la sordera, con respecto a Dios, naturalmente perdemos también nuestra capacidad de hablar con Él o a Él. Sin embargo, de este modo nos falta una percepción decisiva. Nuestros sentidos interiores corren el peligro de atrofiarse. Al faltar esa percepción, queda limitado, de un modo drástico y peligroso, el radio de nuestra relación con la realidad en general”, explicaba el Papa Benedicto XVI.

Sin embargo, a veces no se trata de que el hombre esté sordo para Dios: parece más bien que Él no escucha, que permanece pasivo. El libro de Job, por ejemplo, muestra cómo también las oraciones del justo en la adversidad pueden quedarse, por un tiempo, sin obtener respuesta de Dios. La experiencia diaria de cada hombre muestra también en qué medida la necesidad de recibir de Dios una palabra o ayuda queda a veces como tendida en el vacío. La misericordia de Dios, de la que tanto hablan las Escrituras y la catequesis cristiana, puede hacerse a veces difícil de percibir a quien pasa por situaciones dolorosas, marcadas por la enfermedad o la injusticia, en las que aun rezando no parece obtenerse una respuesta. ¿Por qué Dios no escucha? ¿Por qué, si es un Padre, no viene en mi ayuda, ya que puede hacerlo?

La lejanía de Dios, la oscuridad y problemática sobre Él, son hoy más intensas que nunca; incluso nosotros, que nos esforzamos por ser creyentes, tenemos con frecuencia la sensación de que la realidad de Dios se nos ha escapado de las manos.

En ese momento de honestidad cruda, nos vemos obligados a admitir que nos sentimos algo incrédulos de Dios. Hemos hecho todo lo que sabemos hacer. Hemos orado todo lo que sabemos orar. Nos hemos parado firmes en promesas incontables con rostros de valentía. Y aún así… nada. 

¿Qué hacemos cuando nuestro corazón lucha por hacer las paces entre la habilidad que tiene Dios de cambiar las cosas duras y su aparente decisión de no hacerlo en nuestro caso?

Ana derramaba lágrimas debido a su vientre vacío, pero ella, en lugar de alejarse de Dios se inclinó hacia Él, llenando el espacio de su espera con la oración.

Su fe se mantenía inquebrantable, no estaba basada en circunstancias, sino que estaba fundada en la verdad que ella sabía acerca de un Dios bueno y fiel. La respuesta para Ana no llegó inmediatamente “Y sucedió que a su debido tiempo, Ana concibió y dio a luz un hijo…”.

Esto tomó tiempo y aunque no era el tiempo que Ana quería, era el tiempo perfecto de Dios. Él no lo hizo para castigarla ni porque fuera insensible, Dios nos ama, solo que en ocasiones debemos caminar por la brasas para purificarnos, que es la espera en Dios, es decir, hacer su voluntad.

Lo más sabio que podemos hacer durante el tiempo de espera es buscar a Dios en oración con la confianza plena de que Él hará que todas las cosas obren para nuestro bien (Rom 8,28).

Laura Ávila Chacón

Periodista, especializada en fotoperiodismo y comunicación de masas, trabaja en el Eco Católico desde el año 2007.

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