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Y dejándolo todo, le siguieron...

By Seminarista José Durán Ruiz Septiembre 03, 2021

Mi proceso inició cuando a mis ocho años me integro al grupo de monaguillos, en ese momento mi servicio en la Iglesia se vuelve constante, mi relación con el Padre Luis Humberto Quesada, quien fuese mi párroco en aquel año, creció en amistad y confianza, él se convirtió en mi primer promotor vocacional.

Después me integré en la pastoral juvenil, y aquella inquietud de “me gustaría ser padre” se había “calmado”. Tiempo después de mi confirmación, me entero de que mi catequista (el padre José David Guzmán) había iniciado su proceso en el seminario, y esto, de cierto modo, despertó nuevamente la inquietud.

Cada vez que José David llegaba a la parroquia me preguntaba: “¿Y usted que piensa para irse al seminario?” y mis respuestas a todas las preguntas eran: “No, yo ahí no voy”, “Yo para eso no me siento llamado”.

Tiempo después fui yo quien buscó a José David para conversar sobre el proceso. En una de tantas conversaciones me dice que tengo que ir a hablar con el Padre Luis Humberto, la fecha en que tomé el valor para hablar con él fue 27 de abril del 2014, el día en que fue canonizado el Papa san Juan Pablo II, y lo que me dijo el Padre fue: “¿por qué no me había dicho nada antes? Yo notaba algo”, y mi respuesta fue: “simplemente por miedo” y el Padre tomó una imagen de san Juan Pablo II que decía: “No tengas miedo de mirarlo a Él”.

Esa misma noche el Padre me dijo que ya había hablado con el promotor vocacional y que tenía que ir el fin de semana al encuentro de ese mes. Compartir los encuentros me ayudó a darle un poco de claridad a mi inquietud. Para finales de año fui a las entrevistas al seminario con mucha ilusión, pero para mi sorpresa me  dijeron: “espere un año más afuera y sí la inquietud continua entonces vuelva”, y así fue, durante el 2015 ingresé a la universidad y a finales de ese año volví a las entrevistas y fui aceptado para ingresar en el 2016.

Mi experiencia en la etapa de Iniciando el Camino del Discipulado la puedo resumir en un sube y baja de sentimientos. Ese proceso me enseñó a conocerme más, a abrir mi corazón, darle un giro a mi vida, a como viví experiencias muy bonitas y obtuve excelentes amigos. También pasé momentos difíciles, como el aborto que sufrió mi hermana de manera repentina y la muerte de dos bisabuelos. Haberme acercado al Señor de la manera que el Seminario me enseñó me ayudó a superar de una manera positiva estas situaciones. Al final de ese año el Consejo de Formadores me pidió suspender por un tiempo mi proceso.

El tiempo que estuve afuera me ayudó a ir afirmando mi inquietud vocacional. Estos 4 años afuera logré retomar la carrera, trabajar, ofrecer mi ayuda en la parroquia y también a nivel diocesano en redes sociales. Tuve un noviazgo de dos años y un mes, esta relación me ayudó a observar la vida desde otro ángulo, y en mi interior había logrado (según yo) apagar la inquietud hacia la vocación sacerdotal. Había logrado reorganizar el camino de mi vida junto a esa persona, hasta que en un momento un sacerdote amigo me dijo: “su nombre apareció en la lista de los posibles reingresos”. Esto me sorprendió mucho, y se volvió a encender la llama de la inquietud, después de conversarlo con mi director espiritual y hablando con quien era mi novia tomé la decisión de regresar al proceso del seminario. Recuerdo que le dije a ella: “No quiero llegar a un momento de mi vida y decir, qué hubiese pasado sí…” A lo que ella me contestó: “Desde el principio le dije que lo iba a apoyar en sus decisiones, no me puedo interponer entre usted y Dios”. Y así después de tomar la decisión de regresar, lo dejé todo y lo seguí. Actualmente me encuentro en mi primer año de Formando Discípulos.

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