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En su cruz hemos sido salvados

By Mons. José Rafael Quirós / Arzobispo de San José Febrero 19, 2021

Con las festividades en honor al Santo Cristo de Esquipulas, cada 15 de enero, nos colocamos ante el crucificado que pone de manifiesto, por una parte, la debilidad del hombre; y, por otra, el verdadero poder de Dios, es decir, su inmensa misericordia por nosotros.

Por ello, junto a su Madre, nos debemos situar al pie de la Cruz para contemplar al Señor despreciado, humillado, desechado por los poderosos de este mundo, perseguido y pisoteado. Colgado en el patíbulo de la Cruz, Cristo muere como el peor de los malhechores, todo por salvarnos y otorgarnos la auténtica y plena libertad.

“Como para Cristo, también para los cristianos cargar la cruz no es algo opcional, sino una misión que hay que abrazar por amor.”[1] En la Cruz de Jesús el cristiano descubre su vocación y experimenta la verdadera fecundidad del amor siguiendo los pasos de Cristo que es “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6). El camino es darse, entregarse, perderse para encontrarse: "El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna" (Jn 12,25).

El camino no es fácil, pues no estarán ausentes la prueba, la calumnia y la persecución. Nos presentamos débiles, temerosos y hasta desorientados, pero el Señor, con su gracia, abre nuestras mentes y nuestros corazones, para valientemente seguirlo con decisión, y experimentar  desde ahora la gloria de la resurrección.

Necesitamos ser portadores de ese mensaje de auténtica libertad, renunciando al egoísmo y a las ataduras de cualquier especie. “Abrazar su cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión… Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad.”[2]

Como sociedad vivimos momentos de cruz, la pandemia nos ha doblegado y nos ha hecho entender que no eran suficientes nuestras seguridades humanas para salir adelante. Nos hemos postrado ante falsos dioses que nos condujeron al desencuentro, a la injusticia, a la inequidad, a la hostilidad política y a la muerte de los más débiles. Hemos de convertirnos en mensajeros incansables de la vida como regalo de Dios a cada uno, sin que haya quien pueda disponer de la vida de otro, mucho menos de los más indefensos y vulnerables, como el no nacido o el enfermo terminal.

Ante la difícil situación que experimentamos pedimos a Cristo Crucificado nos fortalezca para enfrentar el peligro que nos rodea y que, reconociendo cuán frágil e incierta es nuestra vida, podamos alcanzar su paz.

Te rogamos, ¡Oh Señor Crucificado¡ por quienes no tienen trabajo, por quienes están pasando necesidad, los enfermos y sus familiares, por quienes han partido de esta vida para que, por tu cruz,  los hagas partícipes de la vida eterna, porque tú eres aquel en quien todas las cosas se hacen nuevas, y es en ti en quien ponemos nuestra confianza.

 

[1] Benedicto XVI, 31 de agosto del 2008

[2] Papa Francisco, 27 de marzo del 2020

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