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“Todo árbol bueno da buenos frutos…” Mt 7,17

By Mons. José Rafael Quirós Q. Febrero 15, 2021
Antigua Capilla de San José de la Boca del Monte alrededor de 1800. Antigua Capilla de San José de la Boca del Monte alrededor de 1800.

Los cristianos anunciamos el amor concreto y eficaz de Dios que obra realmente en la historia y esta seguridad de nuestra fe nos alienta a crecer en la santidad y en el compromiso con Dios y con su pueblo. Fue el mismo Señor quien nos dejó el criterio para ponderar las acciones, a saber, “el árbol se conoce por los frutos". [1]  Por ello, un análisis de la presencia activa de la Iglesia en la vida nacional a lo largo de esta primera centuria de la Provincia Eclesiástica de Costa Rica y, por consiguiente, de la Arquidiócesis de San José, hace justicia al legado cristiano y, concretamente, la riqueza espiritual y humana que se nos ha transmitido, gracias a la vitalidad evangélica de quienes nos precedieron. 

El simple atisbo a nuestra cultura, portadora de una memoria cristiana que no hay que perder, lleva a reconocer en la Iglesia una institución cuya transcendental contribución ha impulsado en nuestra sociedad la consecución del bien común y la promoción humana.

Un breve recuento histórico de los orígenes de nuestra Arquidiócesis nos enseña que, en relación con el poblado de San José, la “Boca del Monte” esta se menciona por primera vez en un documento de 1708 como una planicie situada entre los ríos Torres y María Aguilar.  Por bondad del Señor, la “Ayuda de Parroquia de San José en la Boca del Monte del Valle de Aserrí”, fue creada el 21 de mayo de 1737 y, un año después, el Vicario General y cura de Cartago, el P. don José de Vidaurre, autorizó al P. Manuel Casasola Córdoba que bendijera la ermita “Ayuda de Parroquia y en julio de ese año se celebraron los primeros bautismos. Esta primera capilla estuvo ubicada en el lugar que hoy ocupa la Tienda Scaglietti, al costado este del Banco Central.

 Siendo cura párroco de San José, el Padre Manuel Antonio Chapuí, ordenó construir una nueva iglesia de adobes para la Parroquia, siempre en honor al Patriarca San José –ahora en la ubicación actual de la Catedral Metropolitana– templo que fue elevado al rango de Catedral diocesana, el 28 de febrero de 1850, con la erección de la Diócesis.

Un hecho importante de destacar es que al regreso de la Campaña Nacional de 1856-1857, el 18 de mayo de 1857, las tropas combatientes se dirigieron a esta Catedral diocesana para celebrar un “Te Deum” y, en el acto, el Patriarca San José fue designado “capitán de las milicias josefinas”. Está más que atestiguado que el origen de la ciudad de San José va de la mano con la advocación josefina.

El I centenario de la Provincia Eclesiástica de Costa Rica no es un simple acto histórico sino una memoria agradecida por los grandes los esfuerzos pastorales que se han hecho en la misión evangelizadora, mediante la catequesis como proceso de toda la vida, formación de los agentes de evangelización, planes pastorales, celebración de sínodos, elaboración y publicación de cartas pastorales, esfuerzos importantes en la formación y especialización del clero. Fundación de centros educativos y presencia en la educación, el servicio a los más pobres y vulnerables.

Hoy damos gracias al Señor, por gozar de una cultura fundada en valores cristianos que nos permitió amar la paz y rechazar todo tipo de violencia, sembrar solidaridad antes que cultivar la injusticia, preferir invertir en educación antes que en armas, apreciar y defender el regalo del Código de Trabajo y Garantías Sociales, forjado todo desde la Enseñanza Social de la Iglesia, lo mismo que la seguridad social, plasmada en la Caja Costarricense de Seguro Social, la capacidad de diálogo entre los distintos sectores de la sociedad; la defensa del derecho al trabajo y de los trabajadores, el justo salario que merecen.

No es el nuestro un tono triunfalista. Hemos querido con palabras y acciones comunicar el Evangelio de Cristo y el balance de la historia lo atestigua.

Como nos recuerda el Papa Francisco, “las raíces no son anclas que nos atan a otras épocas y nos impiden encarnarnos en el mundo actual para hacer nacer algo nuevo. Son, por el contrario, un punto de arraigo que nos permite desarrollarnos y responder a los nuevos desafíos. Entonces tampoco sirve «que nos sentemos a añorar tiempos pasados; hemos de asumir con realismo y amor nuestra cultura y llenarla de Evangelio. Somos enviados hoy para anunciar la Buena Noticia de Jesús a los tiempos nuevos. Hemos de amar nuestra hora con sus posibilidades y riesgos, con sus alegrías y dolores, con sus riquezas y sus límites, con sus aciertos y sus errores».[2]

 

[1] Lucas 6,44

[2] Papa Francisco, Exhortación apostólica Christus vivit, n.200

 

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