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Editorial: La elección del Fiscal General

By Agosto 13, 2021

Una tarea muy delicada tienen en estos días los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, a saber la elección del nuevo o nueva Fiscal General de la República.

Tras la renuncia de Emilia Navas, es necesario un nuevo proceso que culmine con la instalación de la persona que, para muchos, es quien tiene más poder en el país, pues dirige las diligencias judiciales en el ámbito público a nivel nacional.

La elección llega en un momento de mucho desprestigio del Poder Judicial y sus diversos ámbitos de aplicación de la justicia, comenzando por la propia fiscalía, luego de la renuncia intempestiva de los dos últimos fiscales generales y las muchas preguntas acerca de temas como posibles conflictos de interés, informes de trabajo señalados como incompletos y aprobaciones de pensión en tiempo récord.

Por el país, por cada uno de sus ciudadanos, por la paz social y el bien de todos, los magistrados deben de poner especial cuidado en quien eligen para este servicio tan importante a la patria. La tensión social por los hechos conocidos y las acusaciones de corrupción a todo nivel en la vida pública nacional no tolerarían una nueva elección equivocada.

La persona designada debe de ser ejemplo de integridad, de inteligencia y de independencia para poder ejercer su función de manera transparente y justa.

Es necesario que el proceso de elección se aleje de todo interés económico, político o ideológico. Lo sabemos, es casi imposible que así sea, pero es necesario si de verdad les interesa Costa Rica, la democracia y la misma aplicación de la justicia. El principio que debe de prevalecer es la búsqueda del bien común por igual para todos los habitantes de la República.

Quien aspire a una responsabilidad de este tamaño no puede hacerlo por una simple aspiración personal o por los beneficios económicos que comporta, su deseo tiene que ser altruista y consciente de que será examinado todos los días en su función, que será presionado o criticado por unos y aplaudido por otros, y con ninguno de ambos debe de sentirse comprometido.

Debe de ser una persona con experiencia y conocimiento, con capacidad y valor para tomar decisiones aunque no coincidan con las fuerzas que se mueven en las altas esferas de los Poderes de la República para torcer de una forma u otra los procesos y las investigaciones.

Debe de ser una persona capaz de anteponer los derechos inalienables de las personas al despliegue mediático y el lucimiento personal: no más acciones abusivas, desmedidas y desconsideradas solo para aparecer en la prensa como adalides del bien y la verdad.

El Fiscal General no puede tener conflictos de interés con causas y personas que debe de investigar y acusar, y no es un tema de inhibirse nada más de los casos, tiene que ser un criterio de selección desde antes de su nombramiento.

La persona que aspire a un puesto de esta magnitud tiene que ser un líder, alguien que inspire, que oriente y ejecute, que llegue con la consigna de replantearse lo que por años se ha hecho de la misma manera y tenga la capacidad de hacerlo diferente para obtener mejores resultados.

Tiene que ser jefe y compañero de sus subalternos, no un capataz que subyugue a punta de la amenaza o el miedo, debe de crear equipos de trabajo balanceados, capaces y competentes, que se fijen objetivos, metas y plazos para el cumplimiento de su trabajo.

El Fiscal General no puede ni debe ser una persona timorata o calculadora, tampoco debe ser alguien imprudente o desmedido, debe de ser, primero que nada, una buena persona y un buen ciudadano o ciudadana, un ser humano íntegro que se esfuerce por llevar una vida personal y familiar correcta, solo de este modo podrá proyectar y orientar su servicio a la sociedad.

Porque no hay democracia con hambre, ni desarrollo con pobreza ni justicia con inequidad. “Cuando la irracionalidad y la violencia pretenden ser proyectos políticos y ocupar cargos de gobierno, nada mejor que un Poder Judicial fuerte y honesto, comprometido con el ser humano y el planeta, para impedir la anomia, la degradación y el descarte”, recordaba no hace mucho el Papa Francisco a juristas panamericanos.

O como le manifestó también a los jueces de África y América, reunidos de forma virtual a fines del año pasado para reflexionar sobre la construcción de la justicia social: “Recuerden siempre que cuando una justicia es realmente justa, esa justicia hace feliz a los pueblos y dignos a sus habitantes. Ninguna sentencia puede ser justa, ni ninguna ley legítima si lo que producen es más desigualdad, si lo que producen es más pérdida de derechos, indignidad o violencia”.

Martín Rodríguez González

Periodista, licenciado en Ciencias de la Comunicación Colectiva y egresado de la maestría en Doctrina Social de la Iglesia. Trabaja en el Eco Católico desde el año 2002 y desde el 2009 es su director.

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