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La objeción de conciencia

By Redacción Agosto 29, 2021

La Sala Constitucional falló recientemente sobre la Ley de Empleo Público, una iniciativa que, como es de esperar, despierta simpatías y antipatías por doquier, ya que establece una serie de nuevas reglas tendientes a reducir las enormes diferencias e injusticias creadas con el tiempo entre las condiciones de los empleados del Estado.

Uno de los temas de fondo sobre los que la Sala se pronunció fue la objeción de conciencia, que, de aprobarse finalmente la ley, le permitiría a los empleados públicos, alegarla para negarse legalmente a participar de capacitaciones, cursos y otras actividades que consideren que van en contra de sus principios morales, religiosos o filosóficos.

El debate y las reacciones, algunas iracundas y salidas de proporción, parecen venir más de intereses ideológicos que de un estudio serio de la ley y los tratados internacionales suscritos por Costa Rica, cuerpos de leyes que claramente establecen esta posibilidad dentro de un marco más amplio de Derechos Humanos inalienables.

Ya hemos visto el conflicto que causa la obligación impuesta a todos los servidores del Estado de formaciones que incluso han sido recurridas legalmente por considerarse adoctrinadoras y contrarias a los principios elementales de respeto a la libertad religiosa y de conciencia.

Lejos de como ha sido presentada por sus detractores, la objeción de conciencia no es una herramienta para la discriminación o un recurso en detrimento de alguna persona o grupo, todo lo contrario, es garantía de respeto al pensamiento y a la misma dignidad humana.

El tema de poder tomar distancia de las capacitaciones y otros intentos de adoctrinamiento ideológico es relevante, pero el asunto cobra una evidencia determinante en el campo sanitario. Por ejemplo, cuando se pretende obligar a que los médicos y demás personal de salud practique de modo forzoso procedimientos que contravienen sus principios y los mismos objetivos de su profesión, tal como podrían ser el aborto, la eutanasia o cualquier otro que pueda implicar una acción directa en contra de la salud, los cuidados o hasta la vida de otro ser humano.

Resulta particularmente iluminador en este tema la reflexión que en diversos momentos hizo el Papa emérito Benedicto XVI, para quien la conciencia es “el sagrario del hombre”, y su respeto constituye un importantísimo límite del poder político y salvaguarda de la justicia.

Pablo Gutiérrez, autor que recopiló el pensamiento del Papa Ratzinger al respecto, concluye que “con la objeción de conciencia, la sociedad se juega algo esencial  (…), esto es, el reconocimiento de la grandeza del hombre o, por el contrario su deshumanización. Cada objeción tiene, por tanto, una proyección social y política que afecta e ilumina a toda la sociedad”.

Como bien lo enfoca el Catecismo de la Iglesia Católica, “la conciencia moral es un juicio de la razón por el que la persona humana reconoce la calidad moral de un acto concreto que piensa hacer, está haciendo o ha hecho. En todo lo que dice y hace, el hombre está obligado a seguir fielmente lo que sabe que es justo y recto” (n. 1778).

“Esta definición pone de manifiesto que la conciencia moral, para poder guiar rectamente la conducta humana, ante todo debe basarse en el sólido fundamento de la verdad, es decir, debe estar iluminada para reconocer el verdadero valor de las acciones y la consistencia de los criterios de valoración, de forma que sepa distinguir el bien del mal, incluso donde el ambiente social, el pluralismo cultural y los intereses superpuestos no ayuden a ello”, especifica el Papa Benedicto.[1]

Por esta misma razón, apunta, la formación de una conciencia verdadera, “sin contradicciones, sin traiciones y sin componendas”, es hoy una empresa difícil y delicada, pero imprescindible.

“Y es una empresa, por desgracia, obstaculizada por diversos factores”, advierte el Santo Padre. Ante todo, especifica “en la actual fase de la secularización llamada post-moderna y marcada por formas discutibles de tolerancia, no sólo aumenta el rechazo de la tradición cristiana, sino que se desconfía incluso de la capacidad de la razón para percibir la verdad, y a las personas se las aleja del gusto de la reflexión”.

Y concluye con una invitación que es más que actual para el contexto costarricense: “Es preciso volver a educar en el deseo del conocimiento de la verdad auténtica, en la defensa de la propia libertad de elección ante los comportamientos de masa y ante las seducciones de la propaganda, para alimentar la pasión de la belleza moral y de la claridad de la conciencia”. Esta delicada tarea corresponde en primer lugar a los padres de familia y a los educadores que los apoyan; y también es una tarea de la comunidad cristiana con respecto a sus fieles, que, ahora, amparada por una correcta comprensión legal de la objeción de conciencia, tiene un firme respaldo sobre el cual trabajar.

 

[1] Discurso a los participantes en la Asamblea General de la Academia Pontificia de la Vida, 24 de febrero de 2007.

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