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Las sotanas ensangrentadas de América Latina

By Pbro. Miguel Picado G. Abril 19, 2021

 Las víctimas del clero aumentan.. ¿Por qué los matan? Análisis del odio religioso (adaptado de la revista Aleteia).

El número de clérigos asesinados sobrepasa los cien y el de los agentes de pastoral los 121, durante los últimos dos decenios.

El hecho de que los presbíteros sirvan en enclaves marginales, donde la frontera entre la legalidad y el delito se desdibuja, donde se ven envueltos en una realidad de guerra entre mafias traficantes, que se dedican a la trata de personas, la prostitución y el comercio de migrantes, los convierte en blancos e incrementa su vulnerabilidad.

Un sacerdote mexicano, el padre Omar Sotelo, respondió al semanario mexicano *Proceso* de manera certera a la pregunta de por qué se ataca a un clérigo: “El sacerdote es una especie de estabilizador social; en su parroquia se proporciona no solamente ayuda espiritual, sino también educativa, de salud, de derechos humanos y asistencia a los migrantes. El crimen organizado sabe bien que matar a un sacerdote provoca desestabilización en la comunidad, sembrando miedo y por lo tanto un clima favorable para actuar sin contrapesos”.

Los asesinatos de presbíteros sirven para escarmentar: “Si esto lo hacen con un sacerdote, ¿qué no van a hacer a nosotros?”. Y el miedo se instala por efecto demostración. Un sacerdote es un símbolo, la referencia de seguridad para una población indefensa. Acabar con él provoca pánico y desmoralización. Por eso los asesinan.

En El Salvador, en agosto del 2020, la Conferencia Episcopal recordó que la muerte de Ricardo Cortez “es el tercer asesinato perpetrado en los últimos años a nuestros sacerdotes”. Nadie olvida el martirio de San Óscar A. Romero). (Haga patria, mate un cura, fue el dicho de algunos guatemaltecos y salvadoreños).

Tampoco se olvida el múltiple crimen contra los jesuitas de la Universidad Católica de El Salvador, una auténtica masacre que segó la vida de ocho personas, ocurrida en el campus de esa universidad, en noviembre de 1989.

A Mons. Juan Gerardi le destrozaron el cráneo con un bloc de cemento el 26 de abril de 1988, por haber recopilado la información de las acciones del ejército y de los guerrilleros contra el pueblo de Guatemala, durante la larga guerra civil que azotó a ese país hermano.

En Nicaragua, la violencia ha gravitado con agresiones, amenazas, asaltos y golpes contra religiosos, obispos, clérigos y monjas, durante la crisis del 2020. El régimen de Ortega protegió a los agresores sin el menor pudor. 

Honduras es otro país crítico. En 1999 se conoció del horrendo asesinato del sacerdote estadounidense Guadalupe Carney, desaparecido en 1987. Otra víctima fue el sacerdote guatemalteco Miguel Á. Hernández, quien estaba asignado a una parroquia de Ocotepeque (Honduras); había desaparecido luego de ser secuestrado días antes.

En Costa Rica fue asesinado por la dictadura de los Tinoco el cura párroco de Atenas, P. Ricardo Rodríguez, en 1918. Y en San Ignacio de Acosta sufrió amenaza de muerte el P. Alfonso Quirós, de mente lúcida y activo promotor de la justicia social. Quienes le amenazaron le pidieron perdón de rodillas en su cama de enfermo del Hospital San Juan de Dios. Hay testigos. Falleció en 1980.

La lista de los presbíteros, religiosas y laicos asesinados en Centroamérica por el odio religioso sería interminable.

En Colombia, México, Chile, Venezuela y Argentina también se han dado numerosos casos de “clericidio”.

 

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Last modified on Lunes, 19 Abril 2021 13:33

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