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El rito maronita

By P. Charbel EL ALAM Marzo 28, 2021

“Vuestra Iglesia patriarcal su rica tradición espiritual, litúrgica y teológica, de tradición antioquena, adornan siempre a toda Iglesia con ese tesoro”.

Benedicto XVI

Es en los primeros siglos de historia que la Iglesia crece como dos ramas de un mismo tronco, o como lo decía san Juan Pablo II “dos pulmones de la Iglesia”: el Oriente y el Occidente.

Así, el Concilio enseña que ningún rito puede ser considerado superior al resto (cfr. SC 4), y la autoridad de la Iglesia ordenará más adelante a sus fieles orientales a observar y conservar su propio rito (cfr. OE 2, 21; también CCEO cc. 30, 35). Con esta afirmación, el Vaticano II pretendía superar la doctrina que afirmaba que el rito latino detentaba una superioridad sobre los demás. A partir de 1990, las Iglesias orientales se regirán por el CCEO y por las disposiciones particulares de cada una de ellas.

La Iglesia sui iuris contendrá, por tanto: a) una comunidad de fieles cristianos; b) una jerarquía que le sirve por medio del ministerio de la Palabra, de los sacramentos y del gobierno; c) una estructura organizativa según derecho; d) el reconocimiento tácito o explícito de la autoridad suprema de la Iglesia (cfr. CCEO c. 27).

“Entre estas Iglesias y ritos vige una admirable comunión, de tal modo que su variedad en la Iglesia no sólo no daña a su unidad, sino que más bien la explicita; es deseo de la Iglesia Católica que las tradiciones de cada Iglesia particular o rito se mantengan salvas e íntegras a las diferentes necesidades de tiempo y lugar”.

El “pulmón” oriental o iglesias orientales han sido el grupo de comunidades que, como nos lo recuerda el Concilio Vaticano II: “es la tradición que proviene desde los apóstoles”, es decir, surgieron en torno a la predicación de un apóstol, por tanto, están ubicados en las cercanías de las tierras donde vivió y predicó Jesucristo. También lo recuerda san Juan Pablo II en su carta apostólica:

“La luz del Oriente ha iluminado a la Iglesia universal, desde que apareció sobre nosotros «una Luz de la altura» (Lc 1, 78), Jesucristo, nuestro Señor”.

La Iglesia Maronita es una de las 21 Iglesias sui iuris que forman lo que es llamada la Iglesia Católica Oriental. Tiene sus peculiaridades, que se distinguen de la Iglesia latina y de otras Iglesias orientales: jerarquía, disciplina y rito litúrgico propio. Su historia no siempre ha sido fácil. Ella vivió momentos y dificultades que fueron decisivas en la dispersión de sus fieles a los cuatro ángulos del mundo.

En oriente se encuentran 4 familias de ritos bien establecidas, y diferenciadas entre sí:

  • Rito Siro-antioqueño
  • Rito Bizantino
  • Rito Alejandrino
  • Rito Armenio

Después de la época de Cristo y los apóstoles, pasando por la era de los Padres de la Iglesia llegamos al siglo V con San Marón, de quien toma nombre la Iglesia Maronita. San Marón fue un monje ermitaño que vivió en Apamea, ciudad siria cercana al río Orontes. El grupo de cristianos que lo siguieron, hasta su muerte en 410, adoptaron sus doctrinas en parte por la influencia importante de San Juan Crisóstomo, que conoció personalmente a San Marón.

 

El arameo en la liturgia Maronita

El rito maronita mantiene el arameo (idioma que hablaba Jesucristo) como su lengua litúrgica. En la Divina Liturgia (misa) celebrada en este rito se conservan actualmente cuatro partes en arameo: el trisagio, la consagración, la epíclesis (invocación al Espíritu Santo) y el Padrenuestro.

 

El trisagio

Inmediatamente antes de la liturgia de la Palabra, el celebrante y la asamblea se ponen de pie, y piden la asistencia de la Santísima Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) diciendo: “Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros”.

A la recitación en arameo del trisagio, le sigue una hermosa oración (en español) pidiendo la santidad de la mente, y la purificación de las conciencias al escuchar las lecturas del día correspondiente:

“Oh Dios, Santo e Inmortal, santifica nuestras mentes y purifica nuestras conciencias, a fin de alabarte dignamente, y escuchar tus santas Escrituras; a Ti sea la gloria, por los siglos”.

 

La consagración (Mc 14, 22-24)

Sin duda alguna el momento más conmovedor de la Divina Liturgia en rito maronita es la consagración en arameo. Cuando el celebrante empieza a cantar o a recitar las palabras de la consagración, inmediatamente la asamblea es transportada al momento de la última cena, donde Jesucristo, minutos antes de ser entregado por amor a la humanidad, pronunció exactamente igual dicha oración. Es durante la consagración donde el sacerdote presenta por primera vez el pan convertido en Cuerpo y el vino convertido en Sangre de Cristo a la comunidad.

 

La epíclesis

Posterior a la consagración llega el momento más solemne y culmen de la Divina Liturgia maronita: la epíclesis o invocación al Espíritu Santo. En ella el celebrante, con tres movimientos de manos, simulando el vuelo del Espíritu en forma de paloma (Lc 3, 22) pide que se derrame sobre los dones presentados, convirtiendo el pan y el vino en el Cuerpo y Sangre de Jesucristo. Es de rodillas y con la fórmula en arameo que lo invoca, mientras la asamblea expectante y de pie acompaña al sacerdote. Finalizada la epíclesis la asamblea, como cuerpo místico de Cristo, a una sola voz, y por tres ocasiones, responde en griego: Kyrie eleison (Señor, ten piedad).

 

El Padrenuestro (Mt 6, 9-13)

La oración por excelencia de todas las denominaciones cristianas es la misma oración que Jesucristo enseñó a sus apóstoles, y por la cual Él mismo se dirigía a su Buen Padre. Esta hermosa oración ecuménica se recita de igual manera en el mismo idioma que Jesús lo recitó, arameo.

 

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