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Lecciones pastorales del Covid-19

By Pbro. Glenm Gómez Álvarez Diciembre 23, 2020

Las consecuencias de la pandemia apenas se vislumbran. La crisis sanitaria dejó sin efecto o legitimó procesos en todos los ámbitos sociales.  Negar esta realidad no cambiaría el rumbo de las cosas; el Coronavirus “no es un amigo, pero es un pedagogo, es una entidad que nos da enseñanzas de una manera cruel porque de otra manera, quizás, no le escucharíamos". [1]

La Iglesia, como la mayor parte de las instituciones, intentó responder a esta compleja situación improvisando sobre la marcha. Dejado atrás el shock inicial, llega el momento de hacer frente a esta coyuntura con enfoques que se ajusten a la “nueva realidad” desde una diversidad de perspectivas que contribuyan a la forja de planes pastorales frescos, factibles e innovadores.

No es momento de conclusiones categóricas, pero podríamos analizar las iniciativas promovidas por las comunidades parroquiales en esta circunstancia inédita y ponderar su vigencia. No somos los únicos que tratamos de adaptarnos, la verdad es que diversos sectores sociales (educación, economía, salud, etc.) están proyectando acciones a futuro que, conocidas a fondo, podrían adecuarse a nuestra realidad eclesial.

Dejando cumplir su tarea a los expertos en Planificación Pastoral, me limito a apuntar algunos razonamientos, según yo, válidos, para una sana discusión sin temor a las preguntas incómodas.

Así como los líderes mundiales son impelidos a repensar modelos éticos para la inclusión de personas[2],  apelando a la amistad cívica “desde la convicción de que estamos unidos por un vínculo que nos convierte en un “nosotros” incluyente,”[3]como Iglesia, urge precisar una eclesiología de comunión, de la cual la sinodalidad es una de sus expresiones. La experiencia nos dice que no hay plan pastoral que se sostenga sin una profunda espiritualidad de comunión: “No nos hagamos ilusiones: sin ese camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento”.[4]

Ciertamente las restricciones sanitarias limitaron nuestro campo de acción, pero, examinemos si las comunidades parroquiales han sido reflejo de comunión fraterna y si los proyectos pastorales ejecutados por años, desembocaron en la corresponsabilidad recíproca como vivencia de fe. También en la Iglesia sobrevive el individualismo y la indiferencia.

Es alarmante constatar como la inquietud de muchos fieles se centró en la necesidad exclusiva de sacramentos, al punto de que el aprovechamiento de las redes sociales y otros medios de comunicación, se redujo a utilizar estos recursos como un espejo del papel tradicional de la parroquia. Dichosamente, la Pastoral Social y otros agentes pastorales en las diferentes parroquias aportaron iniciativas que favorecieron el acompañamiento y el consuelo de los más desprotegidos.

Durante estos nueve meses los fieles manifiestan gran preocupación e incertidumbre:  "Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor."[5] Cada vez, los sacerdotes nos esforzamos por tener conexión y resonancia emocional y espiritual, pero, volviendo a los requerimientos de la formación sacerdotal para estos tiempos, pienso en la necesidad de tener más criterios, incluso técnicos, para responder como consejero, guía o hasta como terapeuta personal, perdón… pero así nos ven los fieles.

Por otra parte, las tecnologías de la información y la comunicación, como herramientas pastorales prestan un gran servicio, en concreto, en la transmisión de eventos, reuniones públicas y formación. En adelante, esta debe ser una inversión permanente, pero, además de equipar a las parroquias, generemos contenidos con nuevos lenguajes, y eso obliga a invertir en formación de agentes, incluso en la contratación de analistas de datos, administradores de redes sociales y diseñadores gráficos.

 Aquí también la inequidad social nos hace una mala jugada… pero la tecnología es la nueva fase de la historia.

Unido al reto de la virtualidad se presenta el desafío de la presencialidad. El auge de los cursos en línea no nació con la pandemia, pero se ha disparado vertiginosamente en este tiempo y pareciera que el modelo híbrido (presencial-virtual) será la constante. Entonces, ¿Seguirán las parroquias invirtiendo en nueva infraestructura? ¿Será la, así llamada, “pastoral del ladrillo” el criterio para calificar la acción pastoral de un sacerdote? Durante este tiempo, muchos edificios, incluyendo el Seminario Nacional, han demandado mantenimiento, pero no uso.

Aunque, es pertinente, como lo hizo a menudo la Conferencia Episcopal de Costa Rica, la emisión de normas y protocolos, urge que los seguidores de Jesús, poniendo nuestra confianza en el resucitado, entendamos que la apuesta pastoral constituye un verdadero desafío y va desde la promoción y la defensa de los derechos humanos, en especial, de las personas vulnerables en la sociedad, hasta devolver la esperanza a quienes viven en medio del quebrantamiento, el miedo y la soledad.

 

[1] Cf. De Sousa Santos, Boaventura, La cruel pedagogía del virus; 1a ed., Consejo Latinoamericano

de Ciencias Sociales, CLACSO, 2020. Libro digital, PDF -

[2] CF: ÉTICA, ECONOMÍA Y SALUD EN TIEMPOS DEL COVID-19: DESAFÍOS PARA EL BIEN COMÚN Y LA EQUIDAD

Randall Jiménez Retana, Georgina Morera Quesada, Emilio Montero Núñez, VOL. 21 NÚM. 44 (2020) SEP 25, 2020

[3] Adela Cortina, Los desafíos del Coronavirus, 17 de mayo 2020,

[4] JUAN PABLO II, Novo Millennio Ineunte , n. 43

[5] Mateo 9,36

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