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¡Mi paz les doy!

By Mons. Vittorino Girardi S. Diciembre 23, 2020

Es un lugar común, pero no nos cansa que lo recordemos: “las experiencias de nuestra infancia nos marcan para siempre”.

Los primeros siete años de mi ya bastante larga vida, coincidieron con el tiempo de la más horrible guerra mundial, la segunda, que duró desde 1939 a 1945.

Hay escenas de aquellos años, que con el pasar del tiempo, en lugar de desvanecerse, parecen adquirir una presencia más viva en la memoria, desplazando a otras más recientes.

Una mañana de la primavera de 1945, inesperadamente veo que las puertas de las casas de nuestro pequeño pueblo, allá en el norte de Italia, se abren de par en par, con plena confianza, y la gente sale de ellas, abrazando a las primeras personas que encuentran a la vez que gritan fuerte: ¡Armisticio, armisticio!... La larga noche de seis años, con informes diarios de las muertes en el frente, había terminado. ¡Había vuelto la paz! Quienes lloraban… de alegría, eran particularmente las mamás, porque ahora sabían que sus hijos ya hubiesen vuelto o del frente de guerra o de los campos de prisioneros (de “concentración”, como se les llamaba), si habían sobrevivido.

Con el cese de la guerra, habían vuelto la alegría, la seguridad y las ganas de vivir. Inclusive aquellas familias, en el pueblo, que no se consideraban amigas, al oír gritar ¡Armisticio!, se acercaban, participando juntas, en la fiesta de la paz.

Una vez que se impuso un período de cierta tranquilidad, las escuelas volvieron a abrirse… Entre las asignaturas obviamente ocupaba su lugar la de la historia patria. No necesité de mucho tiempo en los años de escuela primaria, para darme cuenta de que, por muchos aspectos, estudiar la historia de Italia, mi patria, significaba aprender fechas y recordar a personajes que habían sido protagonistas en las muchas guerras que habían marcado el camino de siglos, de mi país… Sólo un ejemplo: Si yo cuando niño había podido conocer tan de cerca los desastres de la II Guerra Mundial, no olvido que nuestro papá durante aquel mismo período, de vez en cuando, nos narraba (y bien recuerdo su tono de enfado y de indignación) los dolorosos y amargos episodios de la I Guerra Mundial (1915-1918) de que él, adolescente había sido testigo.

 

Esperanza y optimismo

 

Nuestro Papa Francisco acaba de regalarnos su tercera encíclica, Hermanos todos, sobre la fraternidad y la amistad social. Su tono y sus insistencias invitan a la esperanza y al optimismo cristiano, pero hay páginas de la encíclica, que me han hecho recordar su angustioso mensaje que a los pocos meses de haber sido elegido (2013), dirigió al mundo desde la isla de Lampedusa, en el Mediterráneo italiano adonde hubiesen debido llegar no pocos barcones cargados de migrantes, que por el contrario terminaron hundiéndose en la mar, causando la muerte de todos.

“En este mundo de globalización -nos dijo el Papa- hemos caído en la globalización de la indiferencia. ¡Nos hemos habituado al sufrimiento del otro, no nos concierne, no es asunto nuestro!”

Más adelante en su mensaje, el Papa lanzó preguntas que me hicieron recordar escenas de mi infancia, cuando algunas mujeres se reunían, llorosas, recordando y comentando hechos de los propios hijos, muertos en el frente de guerra o caídos prisioneros de los cuales ya no podían saber nada.

“¿Quién ha llorado por la muerte de estos hermanos o hermanas? ¿Quién ha llorado por las jóvenes mamás que llevaban a sus hijos? Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia de llorar, del “padecer con”… ¡la globalización de la indiferencia nos ha quitado la capacidad de llorar!”

Se ha vuelto “costumbre”, darles a los últimos Papas un título que evidencia el talante o características propias de cada uno de ellos. A San Juan XXIII, se le conoce como el “Papa Bueno”, a Juan Pablo I, como el “Papa de la sonrisa”, a San Juan Pablo II, como el “Papa Viajero”, y ya se está difundiendo el título para nuestro Papa Francisco, el “Papa de la alegría”… Sin embargo, esto no le impide al Papa Francisco, usar a veces expresiones duras e indignadas. El que nos dé una Encíclica con el título tan llamativo de “Hermanos todos”, sobre la fraternidad y la amistad, no es motivo para que evite describirnos situaciones angustiosas de “guerra, atentados, persecuciones por motivos raciales o religiosos, y tantas afrentas contra la dignidad humana que se juzgan de diversas maneras según convengan o no a determinados intereses, fundamentalmente económicos. Lo que es verdad cuando conviene a un poderoso, deja de serlo cuando ya no le beneficia. Estas situaciones de violencia van multiplicándose dolorosamente en muchas regiones del mundo, hasta asumir las formas de la que se podría llamar una “tercera guerra mundial en etapas” (HT 25).

 

El corazón humano

 

El Evangelista San Juan, hablando de Jesús, nos dice que Él “no tenía necesidad de que se le diera testimonio acerca de los hombres, pues Él conocía lo que hay en el corazón del hombre” (Jn 2, 25).

De su parte, San Pablo en su carta a los Romanos, nos da una larga lista de lo que lleva adentro el corazón humano, sus enfermedades: injusticia, odio, codicia, perversidad, envidia, malignidad, falsedad, traición de los amigos, homicidios… Y algo más grave: el corazón humano se puede volver tan “insensato” que llega a llamar bien al mal y al mal, bien (cfr Rom 1, 32).

Sin embargo, Jesús no conoce sólo el mal que se anida en nuestros corazones, sino que conoce también las posibilidades positivas y la enorme capacidad de bien que hay en ellos.

Al mismo Caín, fratricida, amargado y triste por la envidia, Dios le pregunta: “¿por qué andas irritado y por qué se ha abatido tu rostro? ¿no es cierto que si obras bien podrán alzarlo? A la puerta está el pecado acechando como fiera que te codicia, y a quien tienes que dominar” (Gén 4, 6-7).

Como nos lo recordaba repetidamente San Juan Pablo II, en el “corazón enfermo” del ser humano, hay, sin embargo, una “bondad fundamental” que corresponde a su conciencia y a su libertad. “El hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón -leemos en la Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II- en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquella” (GS 16).

Jesús, “sabe lo que hay en el corazón del hombre” (Jn 2, 25) y no sólo entonces conoce sus “enfermedades”, sino que Él ve también a qué “heroísmos” puede llegar el hombre cuando se deja llevar por la extraordinaria capacidad de amar que Dios mismo ha sembrado en él. Es por lo que Cristo “descubre” y ve en nuestro corazón, que Él nos propone: “amen como yo les he amado” (Jn 15, 17). Y sabemos que lo “extremo” de su amor ha sido alcanzado cuando en la cruz, ofreció su perdón y lo pidió al Padre, en favor de aquellos que acaban de crucificarle. Lo más sorprendente y lo más inesperado, es que Cristo nos proponga lo mismo: “a ustedes que me escuchan -nos repite- amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian […], perdonen y serán perdonados” (Lc 6, 27 ss). Es de este modo que Jesús nos abre el camino de la paz: si no hay perdón no hay paz. Sólo la misericordia y el perdón son límites y fronteras que detienen la violencia, que constantemente está al acecho para invadirnos personal y comunitariamente. ¡No hay otro camino! Sólo así podremos acoger el don de Jesús: “Mi paz les doy, no como (falsamente) la da el mundo” (Jn 14, 27).

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