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Carta al Padre Juanjo Navarro

By Pbro. Víctor Hugo Munguía. Septiembre 20, 2020

Muy querido P. Juanjo,

Hace poco tuvimos la oportunidad de hablar por teléfono a propósito de una traducción latina, y se despertaron en mi recuerdos muy lindos de tu excepcional trayectoria sacerdotal al servicio de la Iglesia de Tilarán.

Formado en la España del “pre-durante y post-concilio” pudiste beber las riquezas que tenía la formación de aquellos tiempos (latín, gregoriano, filosofía seria y teología de manual) y el encanto de ver plasmarse en los textos conciliares toda la ilusión de una Iglesia que quería servir al mundo con renovado brío. En esos preciosos momentos Mons. Arrieta buscaba sacerdotes para su joven diócesis recién creada, y te viniste generoso para Tiquicia para amarnos, servirnos y hacerte uno de nosotros, porque hasta tu acento de español de Badajoz has perdido para utilizar un acento guanacasteco. Has amado con tal generosidad tu nueva patria, Costa Rica, que has expresado que en España no tienes nada que hacer (de hecho usas una expresión más florida…).

 

Te embarrialaste, te chimaste, te desgastaste en todas las comunidades que han disfrutado tu ministerio sacerdotal, y en todas has dejado una cantidad inmensa de amigos que han embellecido tu vida.

 

No recuerdo haberte visto jamás deprimido. No recuerdo haberte oído quejas por el trabajo. No recuerdo sino a un sacerdote joven que dio lo mejor de sí, a un sacerdote maduro que seguía haciendo el bien y ahora a un sacerdote de tercera edad que sigue siendo útil en la diócesis de Tilarán.

Las aventuras eclesiales post- conciliares te tocaron el alma: cuando viniste del IPLA tomaste lo mejor de aquellos cursos y lo compartiste con nosotros en una jornadas de pastoral hechas en Tacares en 1975 que fueron geniales. Asimilaste con humor las tensiones que se generaron en esos días, cuando se quería pasar de la Iglesia que todo lo tenía resuelto a la Iglesia que debía crear cosas nuevas. Tenías el corazón abierto a cualquier experiencia que pudiera ser útil para el pueblo de Dios, y siempre fuiste un sacerdote feliz y sigues siéndolo.

Cuando fuiste la mano derecha de Mons. Morera le ayudaste con alma vida y corazón a ejercer su ministerio, colando problemas (sic), arreglando entuertos y sirviendo a la comunión sacerdotal de la manera más discreta y efectiva (hay cosas que se deben guardar donde sólo Dios ve). Atendiste parroquias grandes y pequeñas y jamás te hemos visto tratando de “hacer carrera”, porque sólo has sido sacerdote por todos tus poros durante varias décadas, que ya se acercan al medio siglo, si no calculo mal.

Recuerdo con gratitud inmensa que durante años fuiste el alma de un paseo que ofrecías, junto con Mons. Morera, a los Formadores del Seminario durante la octava de navidad, en los que tu capacidad de servicio brillaba con luz propia. Cocinabas, organizabas, limpiabas, corrías sólo por el gusto de hacer sentirse bien a un grupo de compañeros, cuyo ministerio no siempre es bien valorado.

Yo tengo un respeto y una admiración profundísimos por los sacerdotes que dejaron su patria para servir en otros países. Cuando esos sacerdotes han amado su nueva patria con generosidad suma, inculturándose, haciéndose como nosotros, amándonos y dando todo por nosotros, esa admiración se convierte en veneración. Por tanto eres de los que venero como personas excepcionales dignas de toda clase de reconocimientos, aunque en Costa Rica los reconocimientos eclesiales sean más bien escasos…

Sentirte y saberte amigo, sentirte y saberte feliz, sentirte y saberte sacerdote que ha envejecido entre nosotros nos hace sentirnos orgullosos de que nuestra Iglesia produzca gente tan especial como Vos. Sirvan esta líneas para expresarte todo el respeto, toda la admiración, toda la veneración y todo el cariño que suscitan tus méritos sacerdotes incontables, que como sólo Dios los conoce, sólo Dios podrá pagártelos bien y sabes que Él es “buena paga”.

 

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Last modified on Domingo, 20 Septiembre 2020 09:48

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