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Esperanza admirable

By Pbro. Álvaro Sáenz Zúñiga Septiembre 23, 2020

“Te damos gracias

por todos los dones con que la enriqueciste

a lo largo de su vida;

en ellos reconocemos un signo de tu amor

y de la comunión de los santos”.

Con las fórmulas del ritual, en el improvisado túmulo del camposanto, presidí familiarmente las sencillísimas exequias de mi entrañable Esperanza Castelán de Lara.

Corría, junio de 1998. Mons. Oscar Fernández, entonces párroco de Nuestra Señora de Guadalupe, había invitado a participar en la reunión de vicaría a representantes del grupo Mujeres y Hombres Valientes de Costa Rica.

Tras la presentación del P. Oscar tomó la palabra esa mujer excepcional. Más bien alta, distinguida, aguda, de verbo fluido, con un cierto acento mexicano y un amplio conocimiento del tema, Esperanza admirable, como le decía el P. Miguel Picado, presidenta de esa asociación, precisó un método establecido por ella, destinado a ayudar a mujeres y hombres que quisieran superar situaciones de violencia en sus hogares. Para complementar su exposición oímos algunos testimonios, recuerdo especialmente el de Rita, una mujer sobre la cual ya Esperanza había logrado resultados.

Al terminar la reunión aquella señora me había convencido de que el asunto era importante y que debía empaparme más de un método tan singular. Sin mayores dificultades, porque mis colegas no se mostraron interesados, ese día pudimos almorzar juntos y conversar largamente por primera vez.

Más de 20 años han pasado de aquel momento. Fueron 20 años de una relación intensa, de comunicación constante, enriquecimiento mutuo, amistad profunda e identificación inusual. Alguien diría que teníamos una sociedad de mutua admiración.

Juntos asumimos muchos trabajos y creamos varios grupos de apoyo en diversas comunidades, pero sobre todo en las parroquias que tuve a mi cargo.

En La Merced, en el centro de la capital, aquel excelente grupo, además de ser pionero, tenía la inmensa virtud de estar formado por gentes que no se conocían, ni sabían de dónde venían. Esto les benefició muchísimo porque les dio libertad para hablar de sus asuntos sin temor a ser reconocidos. Por supuesto el grupo manejaba un sigilo muy riguroso, pero el anonimato ayudó. En ese grupo, doña Esperanza desarrolló un trabajo con hombres y mujeres, y se generaron poco a poco relaciones de profunda amistad. Con la amistad vino la apertura, con la apertura la evolución y empezaron a llover los resultados. Asistía a los primeros brotes de sanación y a la consolidación del método ante mis ojos. En esos 20 años supe, y voy a repetirlo hasta que muera, que Esperanza tenía razón en sus teorías.

En la parroquia de Ujarraz, en Córdoba, logró todavía mayores avances con resultados igualmente interesantes. Allá, por más de 12 años, pudo abrir varios grupos, reuniendo gentes de muchos lugares porque lo publicitaba en sus programas de radio.

En Heredia quisimos repetir la tarea, pero solo se logró parcialmente, porque ella empezaba dar señales de fatiga física, al punto que decía que venir a Heredia era para ella como ir a otro país. Aunque venía con frecuencia a la eucaristía, se optó por crear un equipo de psicólogos que recibieran sus notas y llevaran adelante el proceso. El grupo, que todavía existe, avanzó bien con esa metodología.

Alguna vez quise comentar el sistema con una feminista irrespetuosa. Sin dejarme hablar, quiso satanizar el método que presuntamente culpabilizaba a la mujer por no saber defenderse. – No hay peor sordo que el que no quiere oír –. Esperanza lograba lo inaudito: transformar un ente frágil y endeble, mujer o varón, en un ser humano pleno, con estatura y determinación, que pasaba de agredido a persona plena, capaz de velar por sus derechos, sin violentar, sin humillar, sin gritar, sin ofender.

En estos días, cuando se puso de moda esa frase tan ambigua, algo como “nací para cuidarla” ella hubiera repudiado la expresión. De su fuerza, de su capacidad de supervivencia y testimonio de vida, aprendí que una mujer no está para que la defiendan, la cuiden o protejan. Sólo necesita que pongan en sus manos las herramientas que le ayuden a conocer sus posibilidades, que le den apoyo y estímulo para que tome posesión de su vida. El rápido y genial resultado, que parece un milagro, no lo es. Primero porque se multiplica con facilidad y luego porque lo que hace es leer la voluntad de Dios que desea que cada criatura humana alcance su plenitud.

Esperanza tuvo programa en Radio Fides, los sábados, por casi 25 años, y por Radio María, los lunes, por unos 10 años. Disfrutaba muchísimo de esos espacios porque eran su oportunidad para llegar muy lejos. Su lenguaje didáctico y certero y su capacidad para interpretar el problema de cada uno, para aportarle alguna idea que le permitiera empezar a construir la solución, hacían al paciente radiofónico sentir que ella estaba cerca. Por eso fue punto de referencia para muchísima gente humilde, sin acceso a terapias, que se fortalecía oyéndola. Todo católico en Costa Rica oyó su nombre alguna vez. Todos conocimos a alguien beneficiado por las ideas, charlas y mensajes de esperanza de esta mujer que llevaba ese nombre. De San José, Heredia o Cartago, tal vez Limón o por supuesto Puntarenas, todos la oyeron decir “de lo que quiero lo que me conviene”. Ya no hablara más con su voz, pero sí con su obra.

Dos frutos produjo, de forma colateral, consecuencia de su minucioso trabajo. La primera, que varias de sus pacientes, ya sanas, enfilaran sus destinos al estudio de la psicología, para seguir ayudando. La otra, tarea que inició con cierto temor, decidirse a ayudar a un hombre excepcional que le pidió luces para trabajar un problema muy específico, un desorden en el ámbito de la adicción, muy ajeno a ella. Casi a la fuerza lo aceptó. De nuevo me dijo: “El Espíritu Santo me sopla”, y con esa certeza ayudó a nuestro amigo a lanzarse en una aventura que hoy genera resultados en muchos lugares.

El Señor quiso llevarse consigo a Esperanza el 6 de septiembre. Estaba anciana, aunque no se le veía; su cerebro seguía vívido y fecundo, aunque su cuerpo estaba agotado. Si el 2020 será un año inolvidable por el coronavirus, ahora lo será también por habernos quitado a uno de los seres humanos más impactantes que haya tenido cerca. Solidaria, transparente, sincera, fuerte, generosa, iluminada. Esas expresiones la describen bien. En su funeral, cuando daba gracias a Dios por los dones con que la enriqueció, tuve que detenerme y serenarme para que la voz no se me quebrara, que la lágrima brotara en silencio.

Descansa en paz, Esperanza Castelán, mi buena amiga, mi entrañable compañera de viaje. Entra como vencedora por las puertas de los justos y en las moradas eternas entona cantos de victoria por los siglos de los siglos. Amén. Gracias por todo.

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