Días antes del Domingo de Ramos, me encontraba en el monasterio de San Juan Marón, en Mendoza. El silencio -un silencio lleno de la presencia de Dios- invitaba a mirar más hondo. Tenía en mis manos los Evangelios de la Pasión. Leía despacio, comparando un texto con otro, deteniéndome en los detalles, buscando no solo entender, sino contemplar cómo sucedieron los últimos días de Aquel que dijo de sí mismo: “Yo soy el Alfa y la Omega -dice el Señor Dios-, el que es, el que era y el que va a venir, el Todopoderoso” (Apocalipsis 1,8).
En ese clima de oración, surgió con convicción una figura concreta, enigmática y de quien nunca podremos saber toda la verdad: Judas Iscariote. Y junto a él, una línea que atravesaba los textos: la noche. No una sola noche, sino tres, que marcan un camino descendente del alma.
La primera es la noche exterior. Dice el Evangelio: “Después del bocado, Satanás entró en él… Judas tomó el bocado y salió enseguida. Y era de noche” (Juan 13,27.30).
La hora no es un dato casual. La oscuridad ya no es solo del ambiente, sino del conocimiento. Judas había visto, había oído, había conocido la verdad; pero al salir de la presencia de Aquel que es la Luz, su inteligencia se oscurece. El primer paso de la caída es siempre este: dejar de ver claro.
La segunda es la noche interior, la noche de la voluntad. El mismo texto afirma: “Satanás entró en él” (Juan 13,27). No se trata de un acto repentino, sino de un proceso. Judas había abierto la puerta al mal poco a poco (cf. Juan 12,6). La voluntad, al dejar de resistir, termina consintiendo. Y lo que primero se tolera, luego se elige. Así se consuma la traición: “¿Qué me queréis dar, y yo os lo entregaré? Y ellos le asignaron treinta monedas de plata” (Mateo 26,15).
La tercera es la noche eterna, la más trágica. Después de haber entregado a Jesús, Judas se arrepiente, pero sin esperanza: “Arrojando las monedas en el templo, se retiró y fue y se ahorcó” (Mateo 27,5). No vuelve al Señor, no confía en su misericordia. Y la Escritura, con sobriedad, afirma en boca de Pedro: “Judas se desvió para irse al lugar que le correspondía” (Hechos 1,25).
Así aparecen las tres noches unidas a la verdad sobre el alma humana: el hombre posee dos facultades espirituales, el entendimiento y la voluntad. La primera se oscurece cuando se aparta de la verdad; la segunda se debilita cuando deja de elegir el bien.
La libertad -que no es una tercera facultad, sino una perfección propia de la voluntad- se juega y se consuma en las decisiones del hombre, especialmente en aquella que define su destino eterno.
El recorrido es claro y serio: primero el hombre deja de ver la verdad, luego deja de querer el bien, y finalmente puede llegar a cerrarse a la misericordia.
Pero esta enseñanza no queda en una idea: pide una respuesta concreta, práctica, vivida.
Frente a la oscuridad del entendimiento, la Iglesia ofrece el Sacramento de la Reconciliación. Este sacramento no actúa solo en una parte del alma, sino que la restaura entera: ilumina el entendimiento, fortalece la voluntad y libera al hombre del pecado. El que se confiesa bien, vuelve a ver.
Como enseña el Señor en la revelación a Santa Faustina Kowalska: “Di a las almas que es en el tribunal de la misericordia donde han de buscar consuelo; allí tienen lugar los milagros más grandes y se repiten incesantemente. Para obtener este milagro (…) basta acercarse con fe a los pies de Mi representante y confesarle con fe su miseria y el milagro de la Misericordia de Dios se manifestará en toda su plenitud. Aunque un alma fuera como un cadáver descomponiéndose (…), el milagro de la Divina Misericordia restaura a esa alma en toda su plenitud” (Diario, 1448).
Frente a la debilidad de la voluntad, está la Eucaristía. En ella se nos da un don que supera toda medida:
“Cristo… que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha” (cf. Hebreos 9,14), nos comunica la misma vida divina en el don eucarístico. Es un don absolutamente gratuito, fruto de las promesas de Dios cumplidas en plenitud. La Iglesia lo acoge, lo celebra y lo adora con obediencia fiel. Este es el “misterio de la fe”, misterio del amor trinitario, en el cual estamos llamados a participar. Por eso, como enseña San Agustín de Hipona: “Ves la Trinidad si ves el amor” (De Trinitate, VIII, 8, 12).
El que comulga bien —precedido por una confesión sincera— no solo recibe fuerza: su voluntad es elevada y unida al Bien mismo.
Y ante la última lucha, cuando la noche puede volverse definitiva, la Iglesia no abandona al hombre, sino que lo sostiene con la Unción de los enfermos. Como enseñó San Juan Pablo II, las curaciones de Cristo no eran solo signos de alivio corporal, sino manifestaciones de una salvación más profunda:
“Para Jesús esas innumerables curaciones milagrosas eran el signo de la salvación que quería aportar a los hombres… buscaba también la curación del alma, la salvación espiritual” (Audiencia General, 29 de abril de 1992).
Así, este sacramento no se limita al cuerpo, sino que alcanza a toda la persona: fortalece en la enfermedad, perdona, levanta y sostiene la voluntad en su acto libre decisivo, disponiendo el alma para el encuentro definitivo con Dios.
Todo esto se mantiene vivo por la oración. No es un sacramento, pero es el hilo que sostiene todo. El que reza, permanece abierto. Y el que permanece abierto, nunca queda encerrado en la noche.
El camino de Judas Iscariote no es solo una historia pasada: es una advertencia seria. Pero también, en contraste, brilla la esperanza. Porque Pedro también cayó… pero lloró (cf. Lucas 22,62). Y quien llora delante de Aquel que es, que era y que va a venir, quien vuelve, quien se deja alcanzar por su misericordia, no permanece en la noche.
Dios siempre perdona. Pero el hombre debe dejarse perdonar.
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