En nuestra tradición católica, se acostumbraba escuchar la palabra de Jesús, aunque agonizante, como expresión de su preocupación filial por el futuro de su madre María. Él quiso encomendarla al discípulo que estaba con ella, a los pies de la Cruz.
Sin embargo, de parte de no pocos intérpretes de la Escritura, se está proponiendo otra lectura. Pareciera que a Jesús, en la “hora” de concluir su misión con su Apóstoles, le preocupa más Juan y con él todo el grupo, que María su madre… Si fuera una “encomienda” para Juan, la de preocuparse por María, dejada sola, sería del todo lógico que Jesús se refiriera en primer lugar al “discípulo amado”, mientras que sus palabras se dirigen primero a María. ¿Es a ella, entonces, a quien Jesús le confía a Juan? El término o nombre con que Jesús se dirige a su Madre, lo confirmaría. En efecto, como nos parecería del todo normal, Jesús no le dice Madre, sino, “Mujer”.
Reaparece aquí el insólito apelativo “mujer”, como en el relato de la bodas de Caná. A este término se enlaza -bien lo sabemos- una lectura que sobrepasa el sentido inmediato del texto del cuarto Evangelio. María aparece aquí, una vez más, como “Nueva Eva”, como tipo y representante de la nueva comunidad que se había ido reuniendo en torno a Cristo y que se constituiría rápidamente como su Iglesia.
Tanto en la bodas de Caná, como junto a la Cruz, el título “mujer”, está vinculado a la “hora de Jesús”, lo que indica, con toda claridad, que María desempeña, por tanto, un papel particular, suyo propio, en la historia de la salvación.
María y su misión salvadora
A la pregunta de si la intención de Jesús agonizante, era la de confiar filialmente a su Madre al “discípulo amado” o el discípulo a María, su Madre, no admite pues, una única y excluyente respuesta. María, fiel a la indicación de Jesús, “ahí tienes a tu hijo”, va considerando y cuidando al “discípulo amado”, como a su hijo…
Ahora, en la gloria del Cielo, al lado de su Hijo Jesús, como lo afirma el Concilio
Vaticano II, María no ha dejado su misión salvadora, y con su múltiple intercesión, continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hayan en peligro y ansiedad hasta que sean conducidos a la Patria Bienaventurada. Por este motivo la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia, con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora, lo cual, sin embargo, ha de entenderse de tal manera que no reste ni añada a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador (cfr. LG 62).
Se trata de prerrogativas y de consecuente misión, que derivan del privilegio fundamental y único de María, a saber, de su divina Maternidad.
El mismo Concilio Vaticvano II continúa afirmando: “Creyendo y obedeciendo, María engendró en la tierra al mismo Hijo del Padre y sin conocer varón, por obra del Espíritu Santo, como una Nueva Eva, que presta su fe exenta de toda duda, dio a luz al Hijo, a quien Dios constituyó primogénito entre muchos hermanos (cfr. Rom 8, 29), esto es, los fieles, a cuya generación y educación Ella coopera con amor materno” (LG 63).
Las afirmaciones son del todo claras: María es la Madre de Cristo, “primogénito de muchos hermanos”, y ella misma coopera a la generación y educación de esos hermanos, con amor materno… esos hermanos constituyen a la Iglesia. De aquí, el paso a la afirmación de que María es, entonces, Madre de la Iglesia, nos resulta lógico… Y sin embargo, los Padres Conciliares, no dieron ese paso y no consideraron conveniente proclamar a María Madre de la Iglesia. Ese paso, lo dio San Pablo VI, al final de la tercera sesión del mismo Concilio, el 21 de noviembre de 1964.
Este título, que deriva muy lógicamente de los otros atributos de María y, particularmente, del misterio fundamental de ser la Madre (Nueva Eva) del “primogénito de entre muchos hermanos”, pone en toda su luz el papel y la misión de María para la entera Comunidad de los creyentes, que constituyen la Iglesia, y no sólo para situaciones individuales
La Iglesia es madre
La maternidad espiritual de María en favor de la Iglesia, es contemplada junto a su ser tipo de la Iglesia. El mismo Vaticano II, aporta una clara síntesis, evidenciando la maternidad divina y la perpetua virginidad de María, como las dos características que de modo semejante, deben manifestarse en la Iglesia. Ésta, debe hacerse “Madre” mediante la palabra de Dios acogida con plena fidelidad y así, por la evangelización y el Bautismo, engendra a una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios… La Iglesia es igualmente “Virgen” que guarda pura e íntegramente la fe prometida a Cristo-Esposo. Conserva virginalmente su Fe íntegra, su Esperanza sólida y Caridad sincera en favor de todos sus hijos (cfr. LG 64).
La Iglesia, antes de aparecer en su perfil jerárquico (petrino) se manifiesta en su dimensión mariana, es decir, de Madre, acogiendo la divina Gracia y cooperando con el Salvador, para el renacer cristiano de todos sus hijos.
Sin embargo, María, no es sólo “tipo” y modelo de la Iglesia, sino, que ella es mucho más. Como ya lo puso de relieve el mismo Vaticano II, ella “coopera”, con su materno amor a la generación y educación de los hijos de la “Madre Iglesia”.
La maternidad de la Iglesia se lleva a cabo, no sólo según el modelo y la figura de María, Madre de Dios, sino, también con su específica e incomparable cooperación (cfr. RM 44). Ella pues, no es sólo imagen y modelo, sino también, Madre de la Iglesia.
Agradecemos al Papa Francisco (Q.d.D.g.) que añadiera otro paso al que dio San Pablo VI, y que estableciera la celebración litúrgica de María Madre de la Iglesia, para el primer lunes después de la solemnidad de Pentecostés. En el Cenáculo, en la espera de derramarse del Espíritu Santo, que lanzaba a la Iglesia hacia las periferias del mundo, con todos lo que perseveraban en oración, estaba María, la Madre del Señor, primogénito de muchos hermanos y, entonces, Madre nuestra, Madre de la Iglesia.
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