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Lunes, 26 Enero 2026
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Creo, Señor, yo creo

By Carlos Porras / porrascarlos1505@gmail.com Enero 21, 2026

Después de haber presenciado la resurrección y ascensión al cielo del Salvador y tras haber recibido al Espíritu Santo en Pentecostés, los apóstoles, acatando el mandato que recibieron del mismo Cristo, se dispersaron en todas direcciones para predicar el Evangelio.

Su mensaje encontró tanto aceptación como rechazo. Su labor fue dura, pero fructífera. Todos los apóstoles, con la excepción de San Juan fueron martirizados. La persecución derramó la sangre de un gran número de los primeros cristianos, pero eran también numerosos los que aceptaban la Buena Nueva, recibían el bautismo y se integraban a la Iglesia.

Cuando el Emperador Constantino, en el año 313, proclamó el Edicto de Milán, que permitía a los cristianos predicar y practicar públicamente su fe, desde hacía tiempo que ya había comunidades cristianas en prácticamente todos los rincones del sur de Europa, el oeste de Asia y el norte de África.

Como ya no eran perseguidos, los obispos y sacerdotes podían celebrar la Santa Misa, impartir los sacramentos y predicar abiertamente. Esta nueva situación hizo notable que las distintas comunidades cristianas, aunque compartían muchas prácticas y creencias en común, tenían también grandes diferencias.

Por la distancia entre ellas y por tener cada una su cultura local, los ritos eran bastante distintos. Esta situación (que se mantiene hasta hoy), no se consideró grave. Lo preocupante era que, en ciertos temas fundamentales de la fe, resultaba evidente que fieles, sacerdotes y hasta obispos, no creían exactamente en lo mismo.

Para definir claramente en qué creían los cristianos, fue que los obispos de Europa, Asia y África se reunieron, en la ciudad de Nicea (en la actual Turquía), en lo que fue el primer Concilio Ecuménico de la Historia de la Iglesia. Las deliberaciones fueron acaloradas y llegaron a tener tonos agresivos y hasta violentos, pero, gracias a Dios, el Concilio logró definir las verdades de la fe y sintetizarlas en una proclamación breve, el Símbolo o Credo, que a partir de entonces se enseña desde la infancia en la catequesis y cada bautizado pronuncia en voz alta cada domingo después de la homilía.

El Concilio de Nicea tuvo lugar hace 1700 años y, para celebrar el aniversario, el Papa León XIV visitó Turquía donde se reunió con obispos y patriarcas de antiguas iglesias orientales fundadas por apóstoles. Muchas de esas iglesias no están en comunión con Roma y no reconocen la autoridad del Papa, celebran la Misa y los sacramentos de manera distinta y mantienen un gran número de diferencias con la Iglesia Católica, pero, a pesar de todo ello, comparten la misma fe y rezan el mismo credo.

Vale la pena aclarar, que el credo que proclamamos hoy cada domingo no es exactamente el credo de Nicea, sino una versión ampliada que se definió en el Concilio de Constantinopla en el año 381, por lo que se llama Credo Niceno-Constantinopolitano.

En los días de semana, no se proclama el credo en la Misa, pero no puede faltar en la Misa dominical ni en las fiestas de guardar, porque allí cada bautizado, cada miembro de la Iglesia, ante Dios y ante la comunidad, proclama que cree en las mismas verdades de la fe en las que cree toda la Iglesia Universal. La única excepción para que no se proclame el Credo un domingo o fiesta de guardar, es que se haya hecho renovación de las promesas bautismales.

Sin embargo, durante muchos años y en numerosas parroquias, ha habido y sigue habiendo celebrantes que, en vez de proclamar el Credo, lo sustituyen por un canto de tres estrofas a los que los fieles responden “Creo, Señor, yo creo”. Naturalmente, el Credo puede ser rezado o cantado. El asunto es que se proclame completo. Omitir, así sea una sola de las verdades del Credo es algo grave.  Por otra parte, es deber del bautizado, que aprendió el Credo desde la más tierna infancia en la Catequesis, proclamarlo en voz alta cada domingo y fiesta de guardar.

Sería en verdad hermoso que, para celebrar los 1700 del Concilio de Nicea, los sacerdotes que optan por el canto de “Creo, Señor, yo creo”, no solo nos permitan a los fieles proclamar el credo completo, sino que nos inviten a hacerlo reflexionando a fondo sobre cada una de las verdades que incluye.

 

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