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La Sacratísima Humanidad

By Mons. Vittorino Girardi Stellin / Obispo Emérito de Tilarán Liberia Enero 20, 2023

Cuántas veces siendo seminarista y estudiante de teología, había leído y meditado el capítulo 25 de San Mateo en el que el evangelista nos presenta a Jesús, quien al final de los tiempos, vendrá como Juez Supremo.

El criterio o norma suprema del juicio, bien lo conocemos, es el mandamiento que Jesús insistentemente había presentado como “su mandamiento”. Sin embargo, lo sorprendente (¡lo inesperado!) es el modo con que Jesús formula su mandamiento, cuando nos asegura que lo que hicimos al “más pequeño de sus hermanos, lo hicimos a Él” (Mt 25, 40).

Hubo un acontecimiento que, más que otros, me ayudó a asimilar la sorprendente profundidad de la afirmación de Jesús, “a mí me lo hicieron”…

He sido ordenado sacerdote en 1963, el año en que San Pablo VI fue elegido Papa. Al poco tiempo de su elección, él viajó a Colombia, y un día, encontrándose frente a miles de indígenas, prescindiendo del texto preparado, con un tono de plena convicción y teniendo fija la mirada sobre aquel gentío, exclamó: “¡Ustedes son para mí Cristo!”

Han pasado mucho años, pero sigo agradeciendo a San Pablo VI, el haber “gritado” esa verdad, la de la identificación de los excluidos, con Cristo. Me iluminó con una luz, que no se ha apagado.

Cuántas veces, yo mismo, he repetido esa afirmación, primero, a lo mejor un poco tímidamente, dirigiéndome a mis africanos, durante los cuatro años de mi presencia en Kenia. Más tarde, y con mucha más decisión, cuando, ya obispo, visitaba a los privados de libertad.

Me llenaba de alegría y de emoción, mirar al grupo que tenía delante y declararles con toda la convicción posible: “¡Ustedes son para mí Cristo!”

Había una circunstancia particular, en que esa afirmación cobraba fuerza y, a la vez, ternura. Me refiero a la celebración de la Navidad, en la noche del 24 de diciembre y en la mañana del 25, en la Catedral de Tilarán-Liberia. En la tarde, todos los años, iba a celebrar en la cárcel de Liberia… No podía evitar la experiencia de una fuerte emoción, pensando que a Jesús, celebrado y acogido con la alegría anunciada por los Ángeles a los Pastores, volvía a encontrarle y acogerle con la misma intensa alegría, en el encuentro con mis hermanos en la cárcel… En la mañana había comulgado con Jesús en la Eucaristía; en la tarde comulgaba con el mismo Jesús, en el abrazo a los privados de libertad.

 

El corazón de la Buena Noticia

 

Tocamos aquí el “corazón” de la Buena Noticia que es el cristianismo. Se nos anuncia que el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado, Cristo, el nuevo Adán, como lo afirma el Concilio Vaticano II.

“En la misma Revelación del misterio del Padre y de su amor, Cristo manifiesta plenamente el hombre al mismo hombre y le descubre la sublimidad de su vocación […] El que es “imagen de Dios invisible” (Col 1, 15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán, la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En Él la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios en su Encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado (cfr. Hb 4, 15).

Este es el gran misterio del hombre que la Revelación cristiana esclarece para todos” (GS 22).

Estas afirmaciones han plenamente justificado que San Juan Pablo II en su primera Encíclica, la Redemptor Hominis, declarara que “el hombre es el camino de Dios”, es decir, el hombre, la Sacratísima humanidad, como diría Santa Teresa de Ávila, es el dónde y el cómo Dios ha manifestado su intimidad, la hondura de su ser, que es el Amor.

Haciendo nuestra la invitación del Evangelista San Juan, “mirarán al que han traspasado”  (Jn 19, 37), con estupor y asombro, advertimos que ahí, en el corazón traspasado de Jesús, se nos manifiesta el “excesivo” amor de Dios por nosotros y, en consecuencia, el valor infinito de toda persona. Si el hombre tiene un valor, ése es Dios mismo. “No fueron comprados con oro o plata, sino, con la sangre de Cristo, Cordero sin mancha” (1Pe 1, 19). Es lo que hace exclamar a San Pablo, lleno de asombro: “¡Corintios, a qué precio han sido comprados!” (1 Co 6, 20)… ¡Quien toca, pues, al hombre, toca a Dios! Lo supo expresar con fuerza el conocido teólogo suizo Karl Barth: “Desde cuando Dios se ha hecho hombre, el hombre es la medida de todas las cosas”.

 

El ser humano es nuestro camino

 

Si la Iglesia, si cada uno de nosotros, guiados por el Espíritu Santo del Señor, queremos adecuarnos en el proyecto de Dios, sentimos toda la urgencia de asumir nosotros mismos, al ser humano como nuestro camino. Lo ha sido para Dios y lo debe ser para todos nosotros.

Como ya lo he recordado, San Juan Pablo II en su primera encíclica, la Redemptor hominis había escrito: “este hombre, es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión; él es el camino primero y fundamental de la Iglesia, camino trazado por el cristianismo, vía que inmutablemente conduce a través del misterio de la Encarnación y de la Redención” (14).

Si Cristo, Hijo del Hombre, se presenta como “siervo de la vida por todos”, enviado por el Padre a dar la Buena Notica a los pobres y a levantar a los oprimidos (cfr. Lc 4, 16.19-20) así, la Iglesia, así todos nosotros, estamos llamados a abrazar con nuestro amor a todos los afligidos por la debilidad humana; más aún, estamos llamados a reconocer en todo hermano y hermana, la imagen del Hijo del Hombre, Jesús, el Señor, viendo en los que sufren, al cuerpo sufriente de Cristo, nos repite con convicción e insistencia, nuestro Papa Francisco.

Lo han sabido manifestar los místicos cristianos de todos los tiempos y, a veces, con gestos y afirmaciones que nos resultan “atrevidas”. Atrevido fue, por ejemplo, el gesto de San Alberto Hurtado, cuando, en un barrio de la periferia de Santiago de Chile, tomó en sus brazos a un niño pobre, sucio, harapiento y, levantándolo, trazó con él la señal de la cruz, bendiciendo a los jóvenes que lo estaban acompañando… Vio en aquel niño a Jesús e identificándolos a los dos, bendijo con el niño-Jesús a los asistentes.

Todos nosotros recordamos la expresión emocionada de Teresa de Calcuta, quien, acabando de asistir a los pobres de los más pobres, decía: “¡Estoy tan contenta como si hubiese comulgado!”

Ella nos recuerda lo que escribió San Pedro Claver al lado de su nombre, el día de su profesión: “Esclavo de los esclavos negros”, y lo que dijo San Daniel Comboni, concluyendo sus palabras cuando se presentó como Provicario Apostólico en Khartum (Sudán), en 1873: “El día más dichoso de mi existencia, será aquel en que pueda dar mi vida por ustedes.

San Alberto Hurtado, Santa Teresa de Calcuta, San Pedro Claver, San Daniel Comboni, contemplaban a la “Sacratísima Humanidad de Jesús”, como la llamaba y la contemplaba la otra mística, Santa Teresa de Ávila. Se trata de adquirir una mirada única, identificando en ella a Jesús con cada hermano y hermana.

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