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El bautismo: un baño de regeneración

By P. Charbel El Alam / Orden Libanesa Maronita Enero 13, 2023

En nuestra sociedad es bastante común observar como la amplia mayoría de personas espera con gran entusiasmo el día de su cumpleaños, para festejarlo con alegría junto a familiares y amigos. Esta es una práctica sin duda apropiada, en cuanto a que cada niño que nace nos invita a reconocer que la vida es don de Dios; uno que es preciso acoger siempre con amor, y conservar con esmero en todo momento. Contrapuesto a este hecho, percibo con pesadumbre como la gran mayoría de católicos adultos no conoce o no es capaz de recordar la fecha de su bautizo. ¡Oh qué grandioso día ese en que nuestro Padre Celestial nos otorga la herencia de la vida eterna! Así, dirigiéndose a cada uno con una sonrisa, repite estas magníficas palabras: “Tú eres mi hijo amado, en quien me complazco”.

En el Bautismo somos adoptados e incorporados a la familia de Dios, y entramos en común unión con la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo hacen morada en cada uno de nosotros, y es en cuyo nombre se administra el rito: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mateo 28,19). Estas palabras no son sólo una fórmula sino un signo visible de la acción de Jesús en las personas, y en cuya unidad, seremos uno con Él; y de este modo, uno entre nosotros. “En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. (Juan 3, 5) Quien renace por el agua y el Espíritu Santo, es decir, en el Bautismo, entra en una relación real con Dios, una relación filial, y puede adorarlo “en espíritu y en verdad” (cfr. Jn 4, 23-24).

La naturaleza íntima del bautismo como don de una nueva identidad, es representada a través de elementos tangibles. El componente fundamental del bautismo es el agua, pieza simple que se convertirá dentro del receptor, en un conducto que salta hasta la vida eterna; como un baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo.

Quizá puedan preguntarse ¿cómo ó por qué una creatura recién nacida, puede o debe tomar una decisión de este tipo? La respuesta es concreta: la fe de los padres y el amor a Dios que poseen hace que decidan libremente aceptar esta dádiva por su hijo y de esta manera, lo hacen partícipe de este excelso misterio y acreedor de los subsecuentes. El Resucitado, viene a nosotros y une su vida a la nuestra, introduciéndonos en el fuego vivo de su amor. Este día marca el momento en que los niños renacen como hijos de Dios; de hijos de padres humanos, se convierten también en hijos de Dios en el Hijo Unigénito del Dios vivo. Con gran ternura nos instruye el Papa Emérito Benedicto XVI: “En el bautismo, cada niño es insertado en una compañía de amigos que no lo abandonará nunca ni en la vida ni en la muerte, porque esta compañía de amigos es la familia de Dios” (Homilía 8 de enero 2006).

Fue el 6 de enero de 1979, que mis padres me llevaron al templo de mi pueblo natal, Rmeich; para ser bautizado por el Padre Antonios, de acuerdo a la tradición de la Iglesia Maronita. Mi experiencia personal adulta me ha llevado a entender profundamente el significado del bautismo y a aceptarlo voluntariamente; no puedo más que corresponder con acción de gracias la bendición de haber nacido en el seno de una familia cristiana, consciente y responsable, que supo valorar los tesoros que entrega la Santa Iglesia Católica.

Estos dones celestiales son para todos, pues Dios no hace acepción de personas. En la misión evangelizadora de Pedro, estando en casa de Cornelio para bautizar a los primeros paganos, se nos manifiesta precisamente la universalidad del mensaje cristiano: “¿Acaso puede alguno negar el agua del bautismo a éstos que han recibido el Espíritu Santo como nosotros?» Y mandó que fueran bautizados en el nombre de Jesucristo. Entonces le pidieron que se quedase algunos días” (Hechos 10, 47-48). El gesto realizado por Pedro se convierte en imagen de la Iglesia abierta a toda la humanidad, sin embargo, también requiere de parte de nosotros el compromiso de caminar gozosos hacia donde hemos sido destinados: “Pedro les contestó: “Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo; pues la Promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro” (Hechos 2, 38-39).

Por el bautismo, el Señor nos atrae hacia la vida verdadera. Nos conduce por el mar de la historia, a menudo tan oscuro, en cuyas confusiones y peligros frecuentemente corremos el riesgo de hundirnos. Por el bautismo, nos toma de la mano. Nos conduce por el trillo que atraviesa el Mar Rojo de este tiempo y nos introduce en la eternidad. Eso es precisamente lo que le sucedió a San Pablo, quien describía el proceso de su conversión y su bautismo con unas sencillas, pero poderosas palabras: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Ga 2, 20). San Pablo obtuvo una identidad nueva,  su yo cerrado se abrió y vivió en comunión con Jesucristo.

Hoy, como tarea, te invito a buscar la fecha de tu bautismo y anotarla en el calendario, para que así puedas festejar cada año tu renacimiento a una vida nueva. 

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