

“No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socioambiental.” (Laudato Si´, 139)
Ante la realidad presente en Crucitas, distrito de Cutris de San Carlos, Zona Norte de nuestro país, deseamos ofrecer una palabra de orientación que brota de nuestra misión pastoral y de la Doctrina Social de la Iglesia, mirando al bien integral de la persona humana y de la creación.
La Conferencia Episcopal de Costa Rica
A la Opinión Pública
Los obispos de la Conferencia Episcopal de Costa Rica manifestamos nuestra plena comunión con el Santo Padre, el Papa León XIV y lamentamos con profunda preocupación las declaraciones dirigidas en su contra por parte del Presidente de los Estados Unidos de América Donald J. Trump, en las últimas horas.
Tal y como lo dijo él mismo a los periodistas durante el vuelo hacia Argelia, su servicio no responde a intereses políticos, sino a la proclamación del Evangelio, así como a la búsqueda de soluciones pacíficas a los conflictos.
El Sucesor de Pedro, con toda la Iglesia, está llamado a servir a Dios, a la verdad y a la paz. En su insistencia vehemente por la paz no hay más interés que la justicia y el amor, especialmente hacia los miles de inocentes que siguen siendo las grandes víctimas en las guerras abiertas actualmente en el mundo.
Como enseña el magisterio de la Iglesia y han reiterado los pontífices a lo largo de la historia, la guerra, toda guerra, es siempre una derrota para la humanidad porque conlleva la destrucción de la fraternidad humana.
“Bendito sea Dios… que nos ha hecho renacer a una esperanza viva por la resurrección de Jesucristo.” (1 Pe 1,3)
Con profunda alegría pascual elevamos nuestra voz para anunciar la Buena Noticia que nunca envejece: el Señor ha vencido la muerte, y con Él, también son sanadas nuestras heridas, vencidos nuestros miedos y todo aquello que parece quitarnos la paz. En medio de nuestras realidades cotidianas, con sus luces y sombras, la Pascua irrumpe como un anuncio de vida nueva, de alegría profunda y de esperanza que no defrauda.
En la Resurrección del Señor encontramos la luz que disipa toda oscuridad, la fuerza que nos levanta de nuestras caídas y la certeza de que el amor de Dios es más fuerte que el pecado, el dolor y la muerte. Es un acontecimiento que transforma la historia y toca nuestras vidas hoy. En el Señor resucitado, Dios ha pronunciado su palabra definitiva sobre la humanidad: no estamos hechos para la muerte, ni para la desesperanza, ni para el sinsentido, sino para la vida plena, la comunión y la eternidad.
“Fui forastero y me acogiste” (Mt 25,35)
Ante el acuerdo de cooperación migratoria anunciado en Costa Rica y en el contexto actual de la región, marcado por los desafíos de la movilidad humana, la Iglesia Católica en Costa Rica ofrece una palabra de orientación pastoral inspirada en el Evangelio y en la tradición humanista del país.
Costa Rica ha sido históricamente una nación comprometida con los derechos humanos, la hospitalidad y la dignidad de todas las personas. Este legado debe seguir orientando las decisiones públicas en materia migratoria.
Ante el reciente acuerdo de cooperación migratoria, reconocemos los esfuerzos por atender una realidad compleja. Al mismo tiempo, recordamos que toda política migratoria debe colocar en el centro la dignidad humana y el respeto irrestricto de los derechos fundamentales.
Como nos ha recordado el Papa Francisco: “No se trata sólo de migrantes: se trata de nuestra humanidad” (Fratelli Tutti, 39).
Una realidad que nos interpela
Las personas migrantes son hombres, mujeres y familias en situación de vulnerabilidad, muchas veces marcada por la violencia, la pobreza o la falta de oportunidades.
Valoramos que el acuerdo haya contemplado con claridad los siguientes principios y confiamos que éstos se respeten:
Estos principios responden tanto a estándares internacionales como a valores profundamente arraigados en nuestra sociedad.
Una responsabilidad compartida
“Esfuércense por conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz”
(Efesios 4,3)
Los obispos de Costa Rica, reunidos en Asamblea Ordinaria, saludamos fraternalmente a los fieles y a todos los ciudadanos de nuestra patria en la alegría de reconocer y agradecer las maravillas que el Buen Dios nos concede, signo de su protección amorosa y de su constante providencia sobre nuestro país.
En una Iglesia Sinodal
Durante estos días hemos participado, junto a otros hermanos y hermanas, en diversos encuentros en torno a la sinodalidad en la Iglesia asesorados por dos grandes expertos internacionales. Reconocemos que la sinodalidad no es una consigna ni una moda eclesial, sino una “dimensión constitutiva de la Iglesia” (Papa Francisco, Discurso en el 50 aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos, 2015) que brota del Evangelio y de nuestra condición de Pueblo de Dios en camino. Reconocemos en ella una gracia del Espíritu Santo para este tiempo, que nos llama a vivir una comunión más real, una participación más amplia y una misión más compartida, en fidelidad a Jesucristo y atentos a los signos de los tiempos.
Al mismo tiempo, con humildad y verdad, reconocemos que el camino sinodal exige una conversión personal y pastoral. Persisten entre nosotros, clérigos y laicos, resistencias, miedos y prácticas que dificultan la escucha, el discernimiento comunitario y la corresponsabilidad. Caminar como Iglesia en sinodalidad nos interpela a revisar estilos de autoridad, modos de relación y estructuras pastorales, para que todo esté verdaderamente al servicio de la comunión y de la misión.