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¿Y cómo es el cielo?

By Mons. Vittorino Gitardi S. Marzo 28, 2021

“Monseñor: Dios quiera que pronto tengamos en nuestras manos, como antes de la pandemia, la edición del Eco Católico. Sin embargo, me han informado que se sigue publicando por internet y eso me anima a que le escriba pidiéndole un poco de luz. He sido catequista durante años y aún hoy tengo presente que después de hablarles a mis chicos del Cielo, casi siempre había alguno de ellos que me preguntaban: ¿Y cómo es el cielo? Soy yo, ahora, que le dirijo a usted la misma pregunta, recordando que mi respuesta a mis alumnos no me dejaba del todo satisfecha…Muchas gracias, Monseñor, y que Dios le conceda la gracia de poder seguir ayudándonos”.

 Irene Vindas A. – San José

 

Estimada Irene, de la lectura de la Palabra de Dios, sabemos y creemos firmemente que Dios nos ha destinado a “entrar en el gozo del Señor” (Mt 25, 21) y “a tomar posesión del Reino que está preparado desde la creación del mundo” (Mt 25, 34), pero lo que podemos entender con estas afirmaciones, supera nuestra comprensión.

Es verdad, leyendo el libro del Apocalipsis, encontramos nueva luz. En el capítulo 7 leemos algo que bien puede referirse como esperanza a todos nosotros: “Estos son los que vienen de la gran tribulación […] ya no tendrán hambre ni tendrán ya sed; ni les agobiará el sol, ni ardor de ninguna clase, porque el Cordero que está en medio en el trono, será su pastor y los llevará a las fuentes de las aguas de la vida. Y Dios les enjugará todas las lágrimas de sus ojos” (7, 16-17).

Con otras palabras, solamente en lo que llamamos Cielo o Paraíso, alcanzaremos la plenitud de todos nuestros anhelos. De Dios venimos y a Dios volvemos, destinados a la comunión de amor con Él mismo y con lo que es la Comunión de los Santos, libres ya de todas las limitaciones de esta vida terrenal, y transfigurados en la gloria del Hijo, Jesucristo. Como leemos en la carta de San Pablo a los Filipenses: “Él transfigurará nuestro pobre cuerpo en su cuerpo glorioso, semejante al suyo en virtud del poder que tiene para someter a su imperio todas las cosas” (3, 21).

Todo esto es verdad y corresponde a lo que, con otras palabras, el mismo Jesús afirmó cuando explicó la parábola de la cizaña y del buen trigo. Concluyó su explicación diciendo: “los santos brillarán entonces como el sol en el Reino del Padre” (Mt 13, 43).

Sin embargo, estimada Irene, cabe preguntarnos, ¿y en la práctica qué pueden significar todas estas afirmaciones que encontramos en el Nuevo Testamento? Hay que admitir que el nuestro es un simple “balbuceo” ya que de la felicidad eterna que nos es prometida, no podemos tener experiencia, mientras vamos peregrinando por esta tierra. Qué pueda significar de hecho, el pleno comunicarse de Dios a nosotros sus criaturas y de nosotros con Él, supera nuestra capacidad de comprensión.

San Pablo, en la primera Carta a los Corintios, afirma que, al final de los tiempos, “Dios será todo en todos” (15, 28). Pero ¿qué será este -para decirlo de algún modo- enabismarnos en Dios? De ello, además de San Pablo, han hablado y escrito no pocos santos místicos, pero siempre como de algo que supera su capacidad de entender y de poder expresarse. Al respecto, nos sale al encuentro el mismo San Pablo, cuando en su segunda Carta a los Corintios les informa de una extraordinaria experiencia sobrenatural, que Dios le había otorgado. Él escribe: “Hace catorce años, si unido o separado del cuerpo, no lo sé, sólo Dios lo sabe, fui arrebatado al tercer cielo […]; fui arrebatado al Paraíso y oí cosas inefables que el hombre no puede pronunciar” (12, 2-4).

Por el hecho de encontrarnos “en el tiempo” no se nos permite ver con claridad lo que puede significar vivir en la intimidad y en el amor infinito de Dios, en la eternidad. El mismo San Pablo ha escrito: “Lo que no vieron ojos ni escucharon oídos, lo que por mente humana no pasó, lo que Dios preparó para aquellos que le aman” (1 Cor 2, 9).

Sin embargo, estimada Irene y cuantos leen estas reflexiones, sabemos que se trata de una felicidad total sin límites. A algunos santos, Dios les ha concedido, por una gracia muy especial, tener como un “anticipo”, un cierto “pregustar” de la vida eterna, como se lo concedió a Santa Teresa de Ávila. Y esa experiencia hizo que ella escribiera: “¡Basta ya Dios mío con el gozo: mi corazón no puede contener más de él!”

¿Cómo concluir estas consideraciones? Sale espontáneo suplicar: ¡Señor, aumenta nuestra fe y nuestra esperanza!

 

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