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¿Dónde nace la práctica de los cinco primeros sábados en honor al Corazón Inmaculado de María?

By Mons. Vittorino Girardi S. Septiembre 08, 2020

“Monseñor, cuando estaba en el Colegio, se nos proponía la práctica de los nueve primeros viernes de mes, en honor del Sagrado Corazón de Jesús, días en que se nos invitaba a confesarnos y a comulgar. Se nos animaba con la promesa de que esa práctica nos aseguraba la perseverancia final. Hace poco, alguien me habló de los cinco primeros sábados de mes, en honor del Corazón Inmaculado de María, pero poco supo decirme de esa práctica. Monseñor, un gran favor me haría, si me informara un poco más acerca el origen y del significado de los cinco primeros sábados de mes. Estoy cierta de que otros lectores del Eco se lo van a agradecer. Y que Dios le bendiga.”

 Lucía Cascante Q., Alajuela

 

La práctica de los cinco primeros sábados del mes está relacionada con la devoción y el culto al Corazón Inmaculado de María.

En los años (¡Y siglos!) anteriores a la definición del dogma de la Inmaculada Concepción de María, la que tuvo lugar el 8 de diciembre de 1854 de parte del beato Pío IX, se usaban otras expresiones, como “corazón purísimo”, “corazón santísimo”, “corazón sagrado”, y otras parecidas. Estas han sido sustituidas por “Corazón Inmaculado”, pero ha sido sobre todo después de las apariciones de la Virgen en Fátima (1917) y la publicación de los escritos de la Hna. Lucía, que la expresión Corazón Inmaculado de María se ha impuesto en el uso eclesial y litúrgico. Este “título” alcanzó la máxima difusión entre los fieles católicos particularmente en los años 1942- 1952, por el influjo que ejercieron los acontecimientos de Fátima y que llevaron a la Consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María, a la que siguieron muchas otras consagraciones de parte de instituciones cristianas e inclusive de carácter civil. El movimiento de devoción hacia el Corazón Inmaculado de María, alcanzó su cumbre en 1944 con la extensión de su fiesta a toda la Iglesia.

Conviene recordar, estimada Lucía, que en una de las apariciones del Ángel a los pastorcitos de Fátima, con que los iba preparando a las apariciones de la Virgen, él les dijo: “los Sagrados Corazones de Jesús y de María tienen sobre ustedes proyectos de misericordia”. De su parte, María Santísima, en su segunda aparición, en junio de 1917, le declara a Lucía “apóstol de la devoción a Su Corazón” con estas palabras: “Jesús quiere servirse de ti, para hacerme conocer y amar. Él quiere establecer en el mundo la devoción a mi Corazón Inmaculado. Prometo la salvación a quien la practique”.

Sin embargo, ha sido en la aparición del mes de julio, en que la Virgen prometió volver para pedir la Comunión reparadora en los primeros sábados de mes.

Así fue, y en su aparición a Lucía en Ponte Vedra (España), cuando ésta ya era religiosa, el 10 de diciembre de 1925, la Virgen le pidió que se comprometiera para que se difundiera en la Iglesia la práctica de los primero cinco sábados de mes.

La costumbre de dedicar el sábado a la Virgen es muy antigua, al menos desde la época del rey Carlos Magno (siglo VIII), y gracias a las apariciones en Fátima, en nuestro tiempo se ha ido caracterizando con la “práctica de los primeros cinco sábados de mes”, consagrados al Corazón Inmaculado de María, sin duda por su semejanza con la práctica de los primeros nueve viernes de mes dedicados al Corazón de Jesús.

La Virgen, allá en Ponte Vedra (1925), le dijo a Lucía: “contempla, hija mía, mi Corazón rodeado de espinas que los hombres desagradecidos me infringen con sus blasfemias y pecados. Al menos tú, has lo posible para consolarme.” Y añadió: “A todos aquellos que, a lo largo de cinco meses, en el primer sábado, se confiesan, reciben la S. Comunión, rezan el S. Rosario y me hacen compañía durante quince minutos meditando los misterios del Rosario, con la intención de reparar las ofensas que se me causan, yo prometo asistirlos en la hora de su muerte con todas las gracias necesarias para su salvación”.

Una vez más, estimada Lucía, se confirma lo que se nos dice en la constitución Lumen Gentium del Concilio Vaticano II: “María, Asunta a los Cielos, no ha dejado su misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y  se hayan en peligros y ansiedad, hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada.” (N° 62).

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