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Tus dudas: ¿Quién fue el último beato comboniano?

By Mons. Vittorino Girardi S. Enero 13, 2023
Beato José Ambrosoli. Beato José Ambrosoli.

“Monseñor: Con su venida a San Rafael de Oreamuno me enteré de que los Misioneros Combonianos están de “manteles largos”, como decimos, porque el 20 de noviembre pasado ha sido declarado beato un sacerdote y médico de su Congregación. Siempre he admirado mucho a los misioneros que dejan todo para ir a anunciar a Cristo en otras tierras en donde aún no se le conoce. Me gustaría saber quién era este sacerdote y médico que la Iglesia acaba de proponernos como beato”.

Cecilia Quirós M. – Cartago

 

Estimada Cecilia, se refiere usted a Giuseppe (José) Ambrosoli, declarado Beato en una solemne celebración en Kalongo (Uganda, África), como lo recuerda usted, el 20 de noviembre pasado.

Las autoridades religiosas escogieron a Kalongo como lugar de la beatificación, porque allá, en un hospital que el mismo padre José Ambrosoli fue construyendo y desarrollando, callada y heroicamente, fue entregando su vida al servicio de todo tipo de enfermos. Es allá en donde llegó a ser reconocido en toda Uganda con el título de doctor Ladit, es decir, como el Doctor Grande.

Él había nacido en Ronago, un pequeño pueblo del norte de Italia, el 25 de julio de 1923; hoy podría estar todavía entre nosotros con sus… 99 años, pero falleció allá en Uganda a los 64 años, después de 31 de abnegado y heroico servicio.

La santidad no se alcanza en un día… El padre José Ambrosoli, desde joven estudiante se había decidido por una vida cristiana auténtica e intensa como lo confirmaron en el proceso de beatificación todos los que lo conocieron y trataron durante esos años de juventud.

Baste un ejemplo: En 1944, en plena segunda guerra mundial, José Ambrosoli, joven estudiante de medicina, fue enviado a Alemania a un campo de adiestramiento. Uno de sus compañeros, que le sobrevivió, dejó escrito: “estuvimos en ese campo durante un año o un poco más; fue un año de mucha hambre y de duros adiestramientos. Compartí la misma barraca con el padre Ambrosoli. Cuando, al final de la dura jornada, llegábamos, el padre era siempre el primero en preguntarnos, con extrema sencillez, si podía ayudarnos en algo. En no pocas ocasiones, se acercaba a lavar los pies de algún compañero que los tenía hinchados y con dolor, después de las largas horas de exigente marcha… Una vez que todos o casi todos estábamos acostados sobre nuestro miserable jergón, nuestro joven universitario rezaba en voz alta, las oraciones de la noche…

En las primeras ocasiones causó sorpresa y groseras reacciones, pero su bondad y perseverancia hicieron que no pocos se unieran a sus plegarias”.

Terminada la guerra, pudo concluir sus estudios de medicina en la Universidad de Milán, en 1949 y, “soñando” con una vida de servicio entre los más necesitados, se fue a Londres durante dos años para un importante curso de medicina tropical.

Con 28 años cumplidos, empezó su formación como misionero comboniano y, en 1955, los superiores anticiparon su ordenación sacerdotal por la urgente necesidad de un médico en un incipiente centro de salud en Kalongo, un lejano y pequeños asentamiento en el norte de Uganda.

Allá, José Ambrosoli manifestó pronto, más allá de su sencillez y humildad, extraordinarias dotes de organizador, además de un creciente dominio de la medicina y de la cirugía. Poco a poco el hospital de Kalongo, con todas sus varias estructuras, escuelas de enfermería y centro de maternidad, llegó a ser el hospital de referencia para todo el norte de Uganda y más allá.

Por turnos llegaron otros médicos a Kalongo y, todos se sorprendían de cómo el padre Ambrosoli había logrado crecer en el conocimiento de los varios ámbitos de la medicina y de la cirugía, gracias a un ritmo de trabajo, de estudio y de reuniones frecuentes con otros profesionales, que superaba toda expectativa de sus colaboradores y colaboradoras (Misioneras Combonianas).

Sin embargo, el médico y el cirujano no opacaba en absoluto su “ser de sacerdote”. “Pienso -ha escrito un doctor que prestó años de servicio en Kalongo- que para Ambrosoli existía una clara y precisa jerarquía, a saber, en estructura piramidal, cuyo punto más alto lo ocupaba Dios que le inspiraba un exagerado amor al prójimo, a quien él de hecho ayudaba particularmente con su sorprendente dominio de la cirugía.

El padre Ambrosoli daba la impresión de que él nunca se sentía solo. Inclusive en las largas horas en el quirófano, era muy frecuente, más bien habitual, que orara en voz alta, invitando inclusive a los mismos pacientes a que le acompañaran. Transformaba así un gesto técnico, en un gesto profundamente sagrado.

Conocí al padre José Ambrosoli en el lejano 1971: el encuentro fue breve, pero no lo puedo olvidar y no me sorprendió cuando me enteré de que su proceso de beatificación “quemó etapas” y que ya lo podemos invocar como beato. Le pedimos que siga acompañándonos con esa actitud de quien quiere evitar hacerse notar, pero que nos resulta de extraordinaria eficacia: que nos ayude a mantenernos fieles en el camino de la vocación misionera que Dios nos ha regalado.

 

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