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¿Desde cuándo el pueblo de Israel es una nación libre?

By Mons. Vittorino Girardi S. Enero 06, 2023

“Monseñor, ¿cuándo volveremos a tener el Eco Católico en venta al salir de la Misa? Lo primero que me leía era la página de Tus Dudas. Participo con frecuencia en la Santa Misa y no sólo los domingos y, de las lecturas, particularmente en la primera, se hace referencia a enemigos del pueblo de Israel… Este hecho me ha motivado a enviarle una pregunta: ¿Cuándo, el pueblo de Israel, el pueblo judío, que vivía en Palestina, se ha constituido y se ha mantenido como nación libre, autónoma? No dudo de que pueda contestarme; se lo agradezco y pido su bendición”.

Carlos Bolaños L. - Cartago.

 

Estimado don Carlos, ante todo lo felicito por su fidelidad en la participación de la celebración de la Santa Eucaristía. Nunca olvidamos la afirmación del Concilio Vaticano II y, luego muy repetida: “La Eucaristía es la fuente y la cumbre de toda la vida de la Iglesia”.

Volviendo ahora a su pregunta, vamos a recordar las etapas más importantes de la historia del Pueblo de Israel.

Después de la época de los Jueces, desde 1200 a 1025 AC aproximadamente, período durante el cual los israelitas logran imponerse a las otras poblaciones, en el territorio de Palestina, Israel cuenta con su primer rey, Saúl, el cual, a pesar de su derrota y muerte en Gelboé, afianza el poder de su pueblo, contribuyendo a una mayor identidad nacional… Le sucede David, quien, hacia el año 1000 AC conquista Jerusalén y se impone a los demás grupos (filisteos, moabitas, arameos de Damasco, amonitas, amalecitas y edomitas). Le sucede Salomón. Se realiza la enorme construcción del templo de Jerusalén. Una prueba de la considerable admiración de que la joven nación gozaba en el Medio Oriente, es que el faraón de Egipto le concede a Salomón, la propia hija como esposa.

Sin embargo, ese período de esplendor pasó rápido. Con la muerte de Salomón, su reino se divide entre el reino de Judá, en el Sur y, el Reino de Israel, o del Norte; y las dos pequeñas naciones se encaminan hacia un progresivo debilitamiento.

Al comienzo del siglo VIII y concretamente, en el año 722, el Rey de Asiria, Sargon II conquista Samaria, capital del reino del Norte, realiza deportaciones y establece ahí a extranjeros, dando así origen, no sólo a una mezcla de razas, sino a un sincretismo religioso.

Más o menos 150 años después, el naciente imperio de los medos y babilonios, vence a Asiria y somete, en tiempos del Rey Nabucodonosor, el reino del Sur o de Judá.

Los babilonios llevan buena parte de la población de Judá hacia Babilonia y Mesopotamia, en donde va a permanecer durante unos 50 años (587-538 AC). Lo conocemos como el tiempo del exilio.

Mientras tanto, surge el nuevo imperio de los persas y su rey, Siro, deja que el pueblo judío regrese a su tierra. Sigue un período de cierta, no total, autonomía, y Judea forma un pequeño estado teocrático, en que se identifican el poder religioso con el poder político y administrativo.

De ahí en adelante los judíos son constantemente dominados y sometidos por extranjeros. Cuando el imperio Persa cae por la invasión de Alejandro el Grande con sus ejércitos y éste muere inesperadamente, sus sucesores, escogidos por él mismo, se dividen su inmenso imperio, dando así origen al período helenista. Palestina y Siria fueron confiadas a la dinastía de los seléucidas y su política dominante no siempre impidió el estatuto teocrático de los judíos.

El último seléucida, Filipo II, es depuesto por el general romano Pompeyo, ya en el año 64 AC y, en el año siguiente, conquista Jerusalén y Palestina, que pasan a ser provincia romana, precisamente desde el 63 AC al año 135 DC, cuando es declarada parte de la provincia de Siria-Palestina, mientras que Jerusalén es declarada colonia romana, con un nuevo nombre, el de Aelia Capitolina y -lo más humillante- declarada zona prohibida para los judíos.

Es del todo comprensible, estimado don Carlos, que durante este constante sucederse de nuevos “dueños” de Palestina, tierra sagrada de los judíos, se dieran múltiples revueltas de parte del mismo pueblo. Además, la conciencia de ser pueblo “distinto”, por ser pueblo elegido, alimentaba constantemente el sueño de la propia independencia y libertad. Sin embargo, todas estas revueltas eran violentamente apagadas y, con frecuencia, con crueles masacres.

Nos encontramos con una historia realmente atípica y, a la vez paradójica en cuanto que todos los imperios de turno que se impusieron al pueblo judío, ya desaparecieron, pero no ha desaparecido el pueblo judío: Dios es fiel a sus promesas.

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