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Tus dudas: ¿Debemos preocuparnos que haya tantas religiones?

By Mons. Vittorino Girardi S. Diciembre 24, 2021

“Por mi trabajo de educadora tengo que participar en varios encuentros de formación. En alguna ocasión el charlista ha hecho referencia a la última encíclica de nuestro amado Papa Francisco, titulada “Hermanos todos”. Lo hacía para insistirnos en la necesidad de saber escuchar con gran respeto, para ser personas de diálogo, sin juzgar, sin ningún prejuicio, ni de raza, ni de partido, ni de religión… Claro que estoy de acuerdo con esa insistencia. Sin embargo, me surge a la vez, la siguiente cuestión: ¿significa entonces que no debemos preocuparnos de que haya tantas religiones, y que es lo mismo profesar una u otra? Desearía escucharle a usted, Monseñor, y que Dios se lo pague”.

Grace Salas R. – Alajuela

 

Para iluminar su pregunta, estimada Grace, debemos volver siempre a la Palabra de Dios contenida en la Sagrada Escritura. Pues bien, en la primera carta de San Pablo a Timoteo, leemos: “Esto (es decir, orar por todos con tantas intenciones), es hermoso y grato a los ojos de Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven, y lleguen al conocimiento de la verdad” (2,4).

Con esas palabras, San Pablo enuncia con toda claridad la voluntad salvífica universal de Dios. Él quiere que todos se salven, es decir, que se realice para todos lo que dijo Jesús: “Del Padre vine y al Padre vuelvo”. Ese es nuestro destino final: Volver a Dios, nuestro origen y a la vez nuestra Patria definitiva. En eso consiste nuestra “salvación”.

Ahora bien, si Dios quiere que todos lleguen a la meta, que es Él mismo, a todos les da los medios para que puedan alcanzarla. Nadie se condena sin culpa propia. A todos Dios ilumina con la luz de su Gracia, como lo leemos en el prólogo del Evangelio de San Juan: “Jesús es el Verbo que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (1,9). Y nos alcanza ahí en donde cada uno de nosotros se encuentra. Con otras palabras, Él llama a la puerta de todos, y nos corresponde a cada uno de nosotros, abrirle para que nos ofrezca la salvación (cfr. Ap 3,20). La salvación acontece siempre en el encuentro ofrecido por Dios a cada uno y en la respuesta libre y responsable de nuestra parte.

Esto implica que Dios alcanza a cada uno de nosotros, en la religión en donde, por razones históricas y casi siempre sin ningún mérito y sin ninguna culpa nuestra, nos encontramos…

Confirma todo esto lo que se nos declara en la Constitución dogmática sobre la Iglesia, la Lumen Gentium (Luz de las Gentes) del Concilio Vaticano II. Ahí leemos: “La divina Providencia tampoco niega los auxilios necesarios para la salvación a quienes, sin culpa propia, no han llegado todavía a un conocimiento expreso de Dios y se esfuerzan en llevar una vida recta, no sin la gracia de Dios. Cuanto hay de bueno y verdadero (en las otras religiones), la Iglesia lo juzga como una preparación del Evangelio, otorgado por quien ilumina a todos los hombres para que al fin tengan la vida” (16).

Todo esto es verdad, sin embargo, no debe hacer que no pongamos atención a la segunda parte de la afirmación de San Pablo, que hemos recordado, a saber, “Dios quiere que todos vengan al conocimiento de la verdad” (1Tim 2,4). Y bien lo sabemos: la verdad plena y definitiva es Cristo. Él mismo nos lo ha revelado: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre sino por mí” (Juan 14,6). Y Él mismo nos ha dejado su “mandato” diciendo: “Todo poder se me ha dado en el Cielo y en la tierra: vayan pues y hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a observar todo cuanto les he mandado. Y miren, yo estaré siempre con ustedes, hasta el fin del mundo” (Mt 28,18-20).

Hay que reconocerlo: como acabamos de evidenciarlo, por la misericordia de Dios, en todas las religiones, aunque constatemos en ellas, con cierta frecuencia, elementos no correctos, se encuentran las que los padres de la Iglesia llamaban “semillas del Verbo”, es decir, semillas o destellos de la verdad y de la luz que es Cristo. Corresponde entonces, a nosotros los cristianos, asumir el mandato de Cristo, y anunciarles a todos, con palabras, pero, sobre todo, con el ejemplo, la suprema y plena verdad que, sin ningún mérito nuestro, hemos tenido la gracia de conocer y que es Cristo y sus enseñanzas. Es por eso, que la misma Constitución Lumen Gentium (Luz de las Gentes), considera todas las religiones no cristianas como una “cierta preparación” y entonces tensión o búsqueda hacia la verdad y concluye su número 16 afirmando: “La Iglesia, acordándose del mandato del Señor, que dijo: “prediquen el Evangelio a toda criatura” (Mc 16, 15), procura con gran solicitud fomentar las misiones para promover la gloria de Dios y la salvación de todos”.

Brevemente: reconocer todo lo bueno que Dios ha sembrado en las otras religiones no frena en absoluto, el compromiso misionero, sino, que más bien lo urge en cuanto que lo “parcial” de las demás religiones es “tensión” hacia la plenitud que Cristo nos ha comunicado.

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