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“Viví de espaldas a Dios, pero Él no me abandonó”

By Mons. Vittorino Girardi S. Septiembre 27, 2021

“Monseñor Vittorino: en varias ocasiones le he escuchado, también en Radio María, y me ha brotado el deseo de hablar con usted, pero me da mucha pena, más aún, vergüenza. No hace mucho he vuelto al camino de Dios, después de años de vida desordenada: he vivido de espalda a Dios, pretendiendo olvidar lo que cuando niña, aprendí de mis padres… luego ellos se divorciaron y yo me fui a la deriva, llevada por mis gustos y a la vez por mi rabia… abandoné a Dios pero Él no me abandonó. No dudo de la misericordia divina, pero con frecuencia aflora el remordimiento y una sensación de rechazo de mí misma. La mía pues, Monseñor, no es ninguna duda o pregunta, pero cuánto le agradecería unas palabras, las que le inspira su buen corazón”.

Una arrepentida – Costa Rica

 

- Estimada Joven, su correo, su “confesión” tan sincera, en que no acusa a nadie y en que manifiesta su responsabilidad, me ha conmovido profundamente y la memoria y el corazón me llevaron espontáneamente a “poner mi mirada en Jesús” y concretamente en su relación con los pecadores y en recordar cómo Él los trataba.

Siempre es consolador traer a la memoria lo que leemos en el Evangelio. San Lucas nos narra que en una ciudad había una mujer “pecadora pública”, que sabiendo que Jesús estaba comiendo en la casa de un fariseo, es decir, de alguien fiel a la ley, entró, se echó a los pies de Jesús, y empezó a llorar, y sus lágrimas eran tan abundantes que mojaban los pies de Jesús. Avergonzada, intentaba secárselos con sus largos cabellos, a la vez que los besaba y perfumaba… el fariseo, se escandalizó y en su corazón juzgó a Jesús: “si fuera verdadero profeta sabría quién es esta mujer, una pecadora” … La sorpresa fue que Jesús no sólo no alejó a aquella mujer, sino que la defendió, concluyendo con aquella maravillosa afirmación: “mucho ha amado, mucho se le perdona.” Y dirigiéndose a ella, le comunica la bella noticia: “Tus pecados quedan perdonados, vete en paz” (Lc 7, 47- 50).

Hay que recordarlo: Jesús no rechaza a ningún pecador o pecadora que reconozca su pecado y que pida perdón. Más bien lo defiende.

Mateo, “pecador público” porque era recaudador de impuestos en favor de los odiados Romanos y en favor… de sí mismo, contento por haber sido invitado por Jesús a convertirse y a seguirle, organiza una cena de despedida con gente de su “calaña”. Los fariseos, “al ver que Jesús comía con los pecadores y publicanos, comentaban con los discípulos: ¿Qué? ¿Es que su Maestro come con pecadores? Al oír esto, Jesús les dice: No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal; no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mc 2, 16).

No podemos desanimarnos, mi estimada Joven, Jesús vino por nosotros los pecadores, es decir, vino por todos, ya que todos, de un modo u otro, somos pobres pecadores. No lo olvidamos, ha sido Jesús mismo quien se lo dijo a ese Joven que afirmaba haber sido “buena gente”: “¡Nadie es bueno! -le dijo Jesús- excepto Dios.” (Mc 10, 18)

Y hubo un amigo de Jesús, que le prometió serle siempre fiel, insistiendo: “aunque todos te abandonen, yo nunca te abandonaré; aunque tenga que morir contigo, yo no te negaré” (Mt 26, 33. 35). Bien sabemos cómo fueron las “cosas”… Jesús no lo abandonó en su “negación”, sino que lo miró con compasión y ternura... “Pedro salió del Sanedrín y rompió a llorar amargamente” (Lc 22, 62).

Así es, con humildad, reconociendo nuestros pecados hay que hacer nuestra la súplica del ladrón crucificado a la derecha de Jesús: “¡Acuérdate de mí cuando estés en tu Reino!” Jesús, con la muy poca fuerza que le queda le asegura el perdón diciéndole: “hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 42- 43).

Mi estimada Joven, es realmente maravilloso contar con tan divina e infinita misericordia, manifestada en el Corazón traspasado de Jesús, muerto por nosotros en cruz… lo cual sin embargo, no disminuye en absoluto el sin sentido y la gravedad del pecado, sino que muestra toda su gravedad. Es tan bueno Dios con nosotros ¿por qué ofenderlo?

Adelante, pues, con la paz que sólo el perdón de Dios nos puede dar y sigamos valientemente en el combate para que, con su gracia, no caigamos en la tentación.

 

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