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¿Cómo debe ser nuestra devoción a los santos?

By Mons. Vittorino Girardi S. Septiembre 09, 2021

“Monseñor, comentaba en mi familia que, de mis compañeros de trabajo, unos dicen que creen en Dios, pero que no practican ninguna religión, y que otros se declaran “evangélicos”, sin embargo, están de acuerdo en criticar a la Iglesia Católica porque, no sólo aprueba el culto y la intercesión de los Santos, sino que, además, la promueve, cuando a la larga lista de tantos Santos antiguos, añade otros más cercanos en el tiempo. Ha sido entonces, cuando alguien me sugirió que le escribiera para que nos diera más luz parar contestar a nuestros hermanos no católicos. Le agradezco su valiosa ayuda”.

 

Rafael Delgado M. - Alajuela

 

Estimado don Rafael, su inquietud y su pregunta, con alguna frecuencia ha llegado a mi correo y de mi parte he contestado. Sin embargo, siempre cabe intentar ser más claros y precisos en nuestras consideraciones.

Una primera observación: desde cuando era joven seminarista, escuchaba expresiones un poco irónicas en contra de aquellos cristianos que, entrando en el templo, van directos frente a la imagen o estatua del Santo o Santa de quien son devotos, para orar o para encenderle una vela, sin primero ir a adorar a Jesús presente en el Sagrario.

Es verdad, en la devoción a los Santos pueden darse casos de abusos. Sin embargo, eso no es razón para excluir como no cristiano el culto de los Santos.

Hay que reconocer que, en la tradición de la Iglesia católica, muy pronto, ya desde la mitad del siglo II son reconocidos como Santos y, como tales venerados, los mártires y, poco después, también cristianos que habían vivido la fe de una manera extraordinaria y ejemplar, en la práctica del amor a Dios y al prójimo; entre ellos monjes, ascetas, obispos y también algún príncipe o soberano. De ello nos dan testimonio, escritores cristianos antiguos, de reconocida autoridad, como Tertuliano, Orígenes, San Cipriano…

Pronto, la Iglesia con su enseñanza, ha introducido una neta distinción entre lo que es latría, es decir, la adoración debida exclusivamente a Dios, Creador, Origen y fuente de toda santidad, y la dulía, para indicar la veneración que debemos a los santos y que, de hecho, tiene como fin, honrar y alabar a Dios, “admirable en sus santos”.

Martín Lutero (1483- 1546) interpretando de un modo absoluto y polémico y, entonces, excluyente, la afirmación de la carta de San Pablo a Timoteo, en que leemos: “hay un único Dios y único es también el mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús” (1Tim 2, 5), niega toda posible veneración de los Santos y toda posibilidad de su intercesión en favor nuestro.

Sin embargo, si nuestra Iglesia canoniza periódicamente a nuevos santos, no lo hace sólo para proponerlos a nuestra imitación; lo hace también para que acudamos a ellos para que “intercedan” por nosotros. Es interesante al respecto, que Santa Teresa del Niño Jesús, comprendiera poco antes de su muerte que, una vez llegada al Cielo, podría mejor que nunca socorrer a los hombres. “Sí –afirmaba- quiero pasar mi Cielo haciendo el bien sobre la tierra”. De hecho, son innumerables los testimonios de personas que han recibido por la intercesión de Santa Teresita, una rápida respuesta a sus peticiones.

Obviamente, quien concede gracias y favores, es Dios y Cristo es el único Medidor, como Él mismo lo ha declarado: “Nadie va al Padre si no es por mí” (Jn 14, 6). Sin embargo, esta verdad no excluye que se prolongue en el Cielo lo que aconteció, por ejemplo, en la Boda de Caná. Ha sido Cristo el que convirtió el agua en vino, pero fue María, su madre, quien le pidió el milagro en favor de aquellos novios en apuro por la falta de vino en su fiesta…

De su parte, el Concilio Vaticano II, ha aportado una nueva y definitiva luz sobre la dificultad presentada por Lutero, cuando en el número 68 de la Constitución dogmática Lumen Gentium (Luz de las Gentes), afirma: “Así como la bondad de Dios se difunde de distintas maneras sobre las criaturas, así también la mediación única de Cristo redentor no excluye, sino, que suscita en las criaturas diversas clases de cooperación participada de la única fuente”.

Cuando nuestro Papa Francisco, nos dice con tono realmente humilde y confiado, “¡Pidan por mí!”, pone de relieve nuestra real posibilidad de cooperar y de interceder en su favor… Si nosotros podemos interceder, ¿porqué, entonces negarles a los Santos en el Cielo esa misma posibilidad?

Al recibir los favores de los Santos, sabemos que en definitiva ellos nos vienen de Dios, y de este modo, es al mismo Dios a quien todo se lo agradecemos, con amor filial.

Last modified on Jueves, 09 Septiembre 2021 16:45

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