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¿Cómo respondo a quien dice que Constantino fundó la Iglesia?

By Mons. Vittorino Girardi S. Septiembre 03, 2021

“Monseñor, me he permitido escribirle con un nombre que no es, de modo completo, el mío. Cuento con su comprensión. Un día, mi hijo, volviendo de la Universidad, me comentaba que la Iglesia Católica, no fue fundada por Jesucristo, sino que fue el emperador Constantino a quien realmente podemos considerar su fundador, por la organización que le dio. Lo escuché, pero no supe qué decirle. Le pido luz, y le agradezco su bondad y paciencia en acoger todas nuestras preguntas”.

Amparo Boza L. – Heredia

 

-Mi primera reacción, estimada Amparo, espontánea y a lo mejor no tan cristiana, ha sido la de repetir el conocido refrán: “¡qué atrevida es la ignorancia!”, obviamente no la de su hijo, si no la de aquel profesor que pronunció tan insensata afirmación frente a todos sus alumnos.

El tema nos da para muchas páginas, pero debemos conformarnos con lo esencial.

Ya por el año 42 tuvo lugar en Siria, en el inmediato norte de Palestina, la fundación de una numerosa comunidad cristiana en Antioquía, muy importante ciudad de aquella época y en la que, por primera vez, los discípulos del Señor, fueron llamados “cristianos” (Hch 11, 26).

De Antioquía pronto salieron Bernabé y Pablo para llevar la Buena Noticia a países en que vivían judíos, pero en territorios y habitantes paganos y concretamente en la actual Turquía, Grecia y Macedonia… Al mismo tiempo, que Pedro fue hasta Roma, capital del Imperio en donde predicó y sufrió el martirio, probablemente en el año 64, al tiempo de la primera persecución, decretada por Nerón.

Ese movimiento de sorprendente expansión del cristianismo continuó en el siglo segundo y así sucesivamente… Plinio el joven, hacia el año 110, gobernador de Bitinia, provincia romana en el sur del Mar Negro, declaró en una famosa carta al emperador Trajano, que la expansión del cristianismo era tal en esa región, que los templos paganos quedaban desiertos y los sacrificios, abandonados.

Una carta de los Mártires de Lyon (Francia), revela la existencia de comunidades cristianas en regiones más al norte de Francia. En el relato del martirio de cristianos de África indica la fuerte presencia de cristianismo en esa parte del mundo romano, hacia el año 180 y nota muy importante, a partir de esa fecha, se nos ha referido la lista de los Obispos de Alejandría, la gran metrópoli de Egipto y capital intelectual del Imperio Romano.

Las sucesivas persecuciones de parte de la autoridad romana con muy numerosos mártires, en lugar de frenar la expansión de cristianismo, pareciera que la fortaleciera e impulsara. Todos recordamos la expresión de Tertuliano, oriundo del Norte de África y nacido en torno al año 160: “la sangre de los mártires, es semilla de cristianos”. Y con tono irónico, escribía en su conocida obra El Apologético: “somos de ayer, y ya lo llenamos todo, solo les dejamos los templos (paganos), y esos, vacíos”. Desde esa época “primitiva”, la Iglesia aparece a los ojos de todos como una sociedad religiosa organizada y jerarquizada, dentro de la sociedad civil a la que pertenecían los cristianos.

Terminada la edad apostólica, en que cada comunidad se desarrolla bajo la responsabilidad de un grupo de Ancianos (Los Presbíteros), se pasa hacia una organización en que el Obispo, como lo indica la palabra griega “Espiskopos”, es el responsable y Pastor que guía y tutela la entera Comunidad, presidiendo a sus diáconos y presbíteros. Esta organización ya resulta clara, por ejemplo, en Antioquía de Siria, hacia el año 110, con el obispo y mártir San Ignacio y en la ciudad de Esmirna (costa de la actual Turquía) hacia el año 115 con San Policarpo.

En aquella época, Roma seguía siendo la capital del muy extenso Imperio Romano y era lógico que el obispo que residiera en ella, tuviera una importancia particular. Sin embargo, esa “primacía”, que expresaba la comunión de toda la Iglesia, no derivaba tanto de que Roma fuera la Capital del Imperio cuanto de que sus obispos eran los sucesores de Pedro, a quien Jesús mismo le había considerado y constituido primero entre los Apóstoles. Bastaría recordar estas palabras de Jesús: “Simón, Simón, yo he rogado por ti, para que no se apague tu fe. Tú, una vez convertido, confirmarás a tus hermanos” (Lc. 22, 32).

Es muy interesante al respecto, notar como San Ireneo, obispo de Lyon en Francia, hacia el año 180 presenta la lista completa de los Obispos de Roma a partir precisamente de San Pedro. Y cuando se refiere al Obispo de Roma, escribe: “el que en Roma preside el Ágape”, es decir, el que preside la Eucaristía y la Iglesia.

Con otras palabras, desde muy pronto, en todas las comunidades cristianas, se reconocía que el sucesor de Pedro en Roma, era el “guardián de la fe” en todas las Iglesias locales, aunque se encontraran en distintos y lejanos territorios.

Sabemos que Constantino el Grande, emperador, le concedió a los cristianos, en el 313, con el Edicto de Milán, la libertad religiosa, que de suyo ya era reconocida para todos los habitantes del Imperio. Pero él se encontró con una Iglesia ya bien estructurada jerárquicamente y muy presente en todos los niveles de la sociedad romana, como lo demuestra, por ejemplo, el hecho que su misma madre fuera cristiana, ella es Santa Elena.

También es verdad que Constantino preocupado de la unidad del Imperio, y viendo en el cristianismo una determinante fuerza de cohesión, quiso que los gastos del primer Concilio Ecuménico, el de Nicea, del 325, fueran a cargo del Estado, pero afirmar que se le debe considerar “fundador de la Iglesia”, sólo es posible por una absoluta ignorancia de la historia.

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