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Esto es mi cuerpo. Ésta es mi sangre.

By Redacción Junio 02, 2021

Del santo Evangelio según san Marcos

14, 12-16. 22-26

 

El primer día de la fiesta de los panes Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le preguntaron a Jesús sus discípulos: “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?”. Él les dijo a dos de ellos: “Vayan a la ciudad. Encontrarán a un hombre que lleva un cántaro de agua; síganlo y díganle al dueño de la casa en donde entre: ‘El Maestro manda preguntar: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?’ Él les enseñará una sala en el segundo piso, arreglada con divanes. Prepárennos allí la cena”. Los discípulos se fueron, llegaron a la ciudad, encontraron lo que Jesús les había dicho y prepararon la cena de Pascua.

Mientras cenaban, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomen: esto es mi cuerpo”. Y tomando en sus manos una copa de vino, pronunció la acción de gracias, se la dio, todos bebieron y les dijo: “Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos. Yo les aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios”.

Después de cantar el himno, salieron hacia el monte de los Olivos.

 

Palabra del Señor.

 

Comentario al Evangelio

Cuerpo entregado, sangre derramada

 

La historia de salvación está jalonada por una serie de alianzas. Las más importantes son la del Sinaí, que señala el nacimiento del pueblo de Dios en el Antiguo Testamento, y la Nueva Alianza, que da origen al nuevo pueblo de Dios, la Iglesia. En la Alianza del Sinaí Israel reconoce a Yahvé como su Dios y se experimenta pueblo de su propiedad. Se expresa esto en los ritos que la acompañan: el sacrificio de comunión y el rito de la sangre. Por ser la sangre sede de la vida y el altar representar a la divinidad esta aspersión simboliza la comunión vital que la alianza realiza entre el Señor e Israel. Establece también lazos de solidaridad entre las tribus (Éxodo 24,3-8).

La Eucaristía es signo de la Nueva Alianza que se encuentra entre la del Sinaí y la consumación del Reino. La cena del Señor culmina la pascua judía. Cristo es el Cordero pascual. Libera del pecado que es la esclavitud más radical. El Amor de Dios manifestado en la entrega amorosa de Cristo es el que salva.  La comunión es la participación en su pascua, en el manantial de vida nueva que de ella brota, y nos abre a la esperanza de la participación en el banquete mesiánico (Marcos 14,12-16).

Cristo es el mediador de la Nueva Alianza. Es el Sumo Sacerdote de los bienes definitivos, puesto que Él mismo, su Cuerpo, es el templo y también la víctima, no necesita becerros. Con un solo sacrificio ha sellado una alianza eterna. Es su sangre ofrecida a Dios la que nos purifica, nos redime del pecado y nos abre al culto del Dios vivo, a recibir la promesa de la herencia eterna (Hebreos 9,11-15).

Nuestra sociedad necesita de pactos y gestos sanadores para restaurar tantas heridas. Qué pena que tantas veces los pactos se centran en las propias fuerzas, en liderazgos humanos volubles e interesados. Que los gestos son a veces pasajeros, vacíos de fuerza y de significación…  y nos defraudan una y otra vez. ¿Dónde encontrar la fuerza para vencer el mal que nos envilece? ¿Cómo restaurar tantas relaciones rotas? ¿Quién podrá devolvernos la confianza para creer y esperar?

No son los ritos, ni doctrinas, ni promesas halagüeñas que abundan hoy, sino sólo Cristo el que nos libera definitivamente. Y lo hace de forma muy distinta a nuestros esquemas, justamente, entregándose Él mismo, ofreciéndose por amor a nosotros para que el Padre, al resucitarlo, nos dé Vida abundante por la fe en Él. Esa nueva Alianza la selló con su sangre y la significó en la eucaristía, en una cena fraterna con sus discípulos en la que les invitó a participar de su Cuerpo y de su Sangre. A comulgar con Él participando en la dinámica de su Amor entregado que nos lleva una entrega semejante.

Generemos alianzas y gestos verdaderamente sanadores unidos a Cristo. Desde un amor de entrega y oblación como el suyo, uniéndonos a su compasión y misericordia para sanar a los heridos por el mal, reuniéndonos en una mesa amplia en la que se acoge con ternura y se comparte en hermandad, donde hay comida y bebida para todos que es capaz de colmar nuestra hambre y nuestra sed, en la que se viven relaciones y se experimentan espacios de plenitud porque en ella comulgamos con Cristo, entramos en la dinámica de su entrega salvadora y nos sentimos enviados a comunicar su Vida siendo también, cuerpo entregado, sangre derramada. 

Expresamos nuestro profundo agradecimiento al Señor por ese regalo de su presencia en la Eucaristía y hacemos un acto público de adoración eucarística. Nos preparamos a celebrar el Sagrado Corazón de Jesús, felicitamos a las dos parroquias que lo tienen como titular. Cristo Eucaristía les bendiga junto a sus familias.

 

Mons. Bartolomé Buigues O.

Obispo de Alajuela

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