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El hombre siembra su campo...

By Redacción Junio 10, 2021

Del santo Evangelio según san Marcos. 

4, 26-34

 

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra: que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha”.

Les dijo también: “¿Con qué compararemos el Reino de Dios? ¿Con qué parábola lo podremos representar? Es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas; pero una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra”.

Y con otras muchas parábolas semejantes les estuvo exponiendo su mensaje, de acuerdo con lo que ellos podían entender. Y no les hablaba sino en parábolas; pero a sus discípulos les explicaba todo en privado.

 

Palabra del Señor.

 

Comentario al Evangelio

El esplendoroso acontecer de su reino

 

Mons. Bartolomé Buigues O.

Obispo de Alajuela

 

En el contexto de la deportación del pueblo de Israel en Babilonia, el profeta Ezequiel (17,22-24) expresa, en una visión, la asombrosa actuación de Dios. El Señor genera vida y genera grandiosidad a partir de la pequeñez. De una pequeña rama plantada en la cima de la montaña, genera un cedro noble, lleno de vida, anidado por las aves. Se ha fijado en Israel, pueblo pobre, pequeño y sin esperanza, para manifestarse a él y hacerlo el centro de todos los pueblos, principio de unidad universal. El justo crecerá como la palmera, dice el salmo 91.

Así sucede con el Reino de Dios, que Jesús explica con parábolas. Se presenta pequeño, débil, aparentemente ineficaz, para la sociedad, pero lleva, en sí mismo, el poder de transformarla. Como el crecimiento progresivo de una semilla, el Reino tiene en sí mismo una fuerza que le lleva a su total perfección, hay que respetar su ritmo, similar a la geminación. Como una pequeña semilla que se hace una gran planta, el Reino tiene una apariencia y unos principios humildes, pero su desarrollo es sorprendente (Marcos 4,26-34).

Caminamos con la esperanza de unirnos definitivamente al Señor. Pero, mientras habitamos este cuerpo, aunque unidos a Él, vivimos como desterrados, a la luz imperfecta de la fe. Por eso, preferimos dejar la morada del cuerpo para morar con el Señor después de la muerte. Lo importante es agradar a Cristo pues hemos de comparecer ante su tribunal para responsabilizarnos de lo realizado en esta vida (2Corintios 5,6-10).

¡Cuánto nos dejamos llevar por expectativas humanas! Juzgamos a los demás según la fuerza, el atractivo, la influencia social que exhiben. Ponemos nuestra confianza en la ciencia, la técnica, la institucionalidad para resolver tantas cosas. Evaluamos posibilidades según nuestros esquemas y ciframos a veces la esperanza en cálculos humanos…  Una y otra vez constatamos que todo eso no responde a las expectativas que teníamos y, lejos de solucionar, lo que hacen en dejarnos más insatisfechos.

Dejémonos sorprender por el Señor. Rompamos esquemas, ensanchemos nuestra sensibilidad, ampliemos la mirada…  para contemplar la actuación de nuestro Dios. Él no necesita la efectividad típica de la sociedad porque la fuerza de su Reino es implacable y va adelante, aun trabajando en lo sencillo y pequeño. Quiere nuestra colaboración, pero en apertura, para no opacar la suya. Los designios del Señor van despuntando para nuestro gozo, convocan y unen a todos los que los contemplan, nos permiten levantar la mirada para reconocer en Él la plenitud que, en realidad, anhela nuestro corazón.

No es nuestra fuerza lo que hace crecer lo bueno y lo bello, sino la presencia del Señor y la fuerza de su Reino. No va a ser lo más grande, al final, lo que hagamos centrados en nosotros mismos, sino lo que el Señor está gestando aun en medio de nuestra debilidad y finitud. No van a suceder las cosas importantes según nuestras programaciones, sino como realización de los designios asombrosos de nuestro Dios y según su ritmo peculiar. Lo decisivo es, entonces, percibir su actuación para posibilitar que se despliegue en nosotros, con el pequeño aporte que nos corresponde. Así contemplaremos el esplendoroso acontecer de su Reino.

Contemplemos el misterio de Amor de Cristo en su Sagrado Corazón que es capaz de sanarnos, el inmaculado corazón de María, la llena de gracia y la santidad franciscana de San Antonio de Padua. Felicitamos a las parroquias que celebran su fiesta patronal. El Señor les bendiga junto a sus familias.

Last modified on Jueves, 10 Junio 2021 11:06

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