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Bauticen a los pueblos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

By Redacción Mayo 26, 2021

Del santo Evangelio según san Mateo. 

28, 16-20

 

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado. Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban.

Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.

 

Palabra del Señor.

 

Comentario al Evangelio

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo

El monoteísmo es un gran distintivo de Israel. El antiguo testamento insiste principalmente en la unidad y la unicidad de Dios. Llega a ello, no por vía intelectual, sino por vía de historia. Lo grande en Israel ha sido la cercanía de Dios, la revelación del Sinaí es prueba de ello. La salvación obrada en la liberación de Egipto será manifestación del señorío de Dios sobre la historia y señal de la unicidad de Dios. Reconocer al Dios único y vivir en su amor, será el camino de la felicidad (Deuteronomio 4,32-40). Pongamos los ojos en la misericordia del Señor, como dice el salmo 32.

 La ofrenda de amor de Jesús en la cruz es acogida por el Padre que lo resucita y le da pleno poder en el cielo y en la tierra. Consciente de ello, Cristo envía a los suyos con la imperiosa orden de formar discípulos de todos los pueblos. El bautismo, por la acción del Espíritu, nos incorpora a Cristo y nos conforma como hijos del Padre. Es un nuevo nacimiento que nos permite compartir la misma Vida del Dios Trinitario que es Amor.  De esta forma, Cristo permanece en nosotros, hasta que vuelva al final (Mateo 28,16-20).

 Por participar de un mismo Espíritu, somos uno con Cristo. El Espíritu nos hace hijos en el Hijo pudiendo llamar a Dios Padre sin temor. Somos hijos adoptivos, por gracia. Dios nos engendró dándonos su Vida en el bautismo que nos permite vivir ya su misma vida íntima, Trinitaria, y mantenernos en apertura de un futuro en plenitud cuando, al heredar sus bienes, se manifieste la gloria de los hijos de Dios (Romanos 8,14-17).

 Parece, al ambiente social en que nos encontramos, que la felicidad es resultado de una autonomía radical que nos permita decidir en función de nuestro bienestar, de una prosperidad material y de éxitos exteriores que faciliten lo anterior, de situarnos en un pedestal y ser admirados por todos…  Sin embargo, la auténtica felicidad que nos aporta la fe se realiza en la apertura a Dios como fuente de nuestra realización, en nuestra dignidad como hijos suyos independientemente de lo que suceda fuera, en la vivencia del amor que nos lleva a buscar el bien de los demás para sentirnos plenos.

 El nombre de Dios nos sugiere en un primer momento, misterio, trascendencia, grandiosidad.  Y así es, pero, en la relación, se experimenta también cercano, compañero de camino, uniéndonos en comunión, invitándonos a construir un mundo en justicia y paz, en donde podamos vivir como hijos suyos y disfrutar de la Casa común. Desde siempre el Padre ha pensado en nosotros para introducirnos en su misterio de Amor, invitarnos a compartir su Vida, nos ha redimido en Cristo y nos habita con su Espíritu.

 Es imperioso que esa Buena Noticia de un Dios Trinitario, volcado hacia nosotros en una oferta de Amor y salvación, sea conocida por todos. Se nos ha encargado de ello como Iglesia y, el Señor, con su Espíritu, nos ha dado la puerta de entrada a esa realidad que es el bautismo, un nuevo nacimiento por gracia, que nos permite gozar de la Vida de Dios, de la comunión que nos hace hermanos, de la fuerza para colaborar en el avance de su Reino iluminando una nueva sociedad. Estamos marcados a la medida de Dios desde la creación y en Él encontramos nuestra plenitud. Por eso somos y actuamos en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

 Celebramos la visitación de la Virgen, culminando el mes de mayo. Oramos por la unidad de todas las denominaciones cristianas, por las víctimas de abuso sexual y por los docentes y alumnos de Educación Religiosa, en los ochenta años de su implementación en nuestro país. Doy gracias al Señor por haberme elegido para animar como obispo esta Diócesis, ya en el tercer aniversario. El Señor les bendiga junto a sus familias.

 

Mons. Bartolomé Buigues O.

Obispo de Alajuela 

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