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Anás

By Pbro. Mario Montes M. / Animación bíblica, Cenacat Abril 12, 2021

Anás pasará a la historia como el prototipo de hombre que hace valer sus derechos de “autoridad jubilada”, para humillar a los demás, darse importancia...

 

Seguimos presentando los protagonistas de la Pasión del Señor y hoy conoceremos a Anás, que fue un sacerdote del Sanedrín (Consejo Supremo de los judíos) y suegro del sumo sacerdote judío José Caifás. Anás era hijo de Seth, y fue designado sumo sacerdote entre los años 6 y 15 d.C. por el procurador romano Quirino hasta que el procurador romano Valerio Grato (el que después dejaría su cargo a manos de Poncio Pilato), le quitó su puesto, para más tarde concedérselo a Caifás. Anás, aún después de su despido, fue considerado sumo sacerdote junto con Caifás y podía actuar como presidente del Sanedrín. Según el Evangelio de San Juan, Jesús fue llevado primero ante Anás, y después de un interrogatorio, éste pidió a sus guardias que le llevaran ante Caifás y el resto del Supremo Consejo de los judíos. Veamos:

El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su enseñanza.   Jesús le respondió: “He hablado abiertamente al mundo; siempre enseñé en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada en secreto.  ¿Por qué me interrogas a mí? Pregunta a los que me han oído qué les enseñé. Ellos saben bien lo que he dicho”. 

 Apenas Jesús dijo esto, uno de los guardias allí presentes le dio una bofetada, diciéndole: “¿Así respondes al Sumo Sacerdote?”.  Jesús le respondió: “Si he hablado mal, muestra en qué ha sido; pero se he hablado bien, ¿por qué me pegas?”  Entonces Anás lo envió atado ante el Sumo Sacerdote Caifás (Jn 18,19-24).

 La escena presente es, más bien, un careo personal, muy verosímil desde el punto de vista histórico y justificable desde la influencia política de Anás, incluso cuando ya no era sumo sacerdote del pueblo judío. Anás es el político hábil, que está preparando el modo de presentar el caso de Jesús ante las autoridades romanas. Por eso le pregunta por dos cosas: sobre su doctrina y sus discípulos. Ambas cuestiones podían constituir buenos argumentos para que la autoridad romana interviniera en contra de Jesús.  

La predicación que hacía Jesús del reino, falseando el concepto del mismo, era un buen anzuelo para Roma; los discípulos, siendo galileos y alguno, al menos, perteneciente al movimiento zelota, eran también bocado apetecible para la autoridad romana (ver Lc 6,15). Probablemente fue Anás, en cuanto representante y delegado del judaísmo oficial y jefe de turno sumamente influyente, el que movió los hilos de la política para que pudiera producirse el colaboracionismo innegable entre los judíos y Roma. Esta sería la verdadera razón por la que llevan a Jesús ante Anás. A él le interesaba mucho mantener este careo personal con Jesús.

De la entrevista con él esperaba obtener argumentos que justificaran la intervención de Roma, con cuyos representantes estaba en contacto. La razón dada por el evangelista San Juan es la siguiente: "porque era suegro de Caifás, que era sumo sacerdote aquel año" (Jn 18,12-13), no justifica el careo mencionado. Se aduce esta razón para evitar entrar abiertamente en el terreno político.

El cuadro de ese interrogatorio, tal como lo presenta San Juan, es tan instructivo como claro: el miembro de la alta nobleza sacerdotal, Anás, y el revelador de Dios detenido, que es Jesús de Nazaret, no tienen nada que decirse. También aquí es digna de notarse la superioridad real de Jesús, que se pone más de relieve aún con el incidente inmediato de la bofetada. Al igual que en Mc 14,65 también aquí es maltratado Jesús. Uno de los esbirros presentes golpea a Jesús en la mejilla con estas palabras: “¿Así respondes al Sumo Sacerdote?” (v. 22).

Es la obsequiosidad de un subalterno servil. Pero Jesús honra al pontífice Anás de otra manera, en tanto en cuanto que, ante ese juez investigador, en el fondo incompetente, no renuncia ni a sus derechos ni a la verdad, A diferencia de Pablo, por ejemplo, ante un caso similar (Hech 23,1-5), Jesús no se excusa, sino que se mantiene firme, sin dejarse provocar, ni hacer tampoco de provocador, reclamándose simplemente a su derecho: “Si he hablado mal, muestra en qué ha sido; pero se he hablado bien, ¿por qué me pegas?”  (v 23).

Anás pasará a la historia como el prototipo de hombre que hace valer sus derechos de “autoridad jubilada”, para humillar a los demás, darse importancia... y como no pudo, permitió este abuso incalificable contra Jesús. Y Jesús nos da ejemplo de mansedumbre ante quienes nos traten con despotismo, violencia e injusticia. Sólo así, seremos más grandes que quien se rebaja a tales procedimientos indignos.

 

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