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Jesús ante su pasión

By Pbro. Mario Montes M. / Animación bíblica, Cenacat Marzo 28, 2021

Jesús no buscó la muerte, ni se resignó a la cruz. Jesús buscaba llevar a cabo el Reino de Dios.

Es muy difícil, por no decir imposible, saber del todo cómo vivió y enfrentó Jesús los días de su pasión y muerte, como el protagonista principal de aquellos acontecimientos. Pues para conocer en profundidad lo que vivió y sufrió Jesucristo por nosotros, habría que buscar con detalle los aspectos religiosos, teológicos, legales, políticos, históricos, clínicos y sicológicos de su entrega y gestos redentores, como el culmen de una vida a favor de la humanidad (“por nuestra causa…”, como reza la Iglesia).

… Cristo padeció por ustedes, y les dejó un ejemplo a fin de que sigan sus huellas. El no cometió pecado y nadie pudo encontrar una mentira en su boca. Cuando era insultado, no devolvía el insulto, y mientras padecía no profería amenazas; al contrario, confiaba su causa al que juzga rectamente. El llevó sobre la cruz nuestros pecados, cargándolos en su cuerpo, a fin de que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Gracias a sus llagas, ustedes fueron curados. Porque antes andaban como ovejas perdidas, pero ahora han vuelto al Pastor y Guardián de ustedes… (1 Ped 2,21-25)

Conocer la pasión del Señor aporta no solamente una visión más clara del drama interior, tanto de Jesús como de los personajes que tuvieron que ver con él (condenándolo o siguiéndolo hasta la cruz), sino especialmente reconocer y valorar ante todo, la dimensión más profunda de nuestra redención, entrar en el misterio de sufrimiento de nuestro Redentor; aprehender el misterio del amor de Dios. Pues conocer la pasión del Señor Jesús es captar la lógica del sufrimiento: humanizador, liberador y redentor.

Entre los primeros cristianos existía el recuerdo que al final de su vida, Jesús vivió una lucha interior angustiosa. Incluso pidió a Dios que lo liberara de aquella muerte tan dolorosa e injusta. Todo esto ha sido representado en la escena del huerto de Getsemaní por san Marcos, san Mateo y san Lucas (Mc 14,32-43; Mt 26,36-46; Lc 22,39-46). A muchos escandaliza la debilidad y fragilidad de Jesús en el huerto de Getsemaní. No es un héroe. Acude en búsqueda de ayuda y consuelo. Tiene miedo, siente la angustia de sentirse abandonado. Lo que más le tortura es su aparente fracaso, el porvenir de su obra. Acude a la oración mientras los apóstoles duermen. De la oración sale fortalecido para enfrentar sereno su arresto, mientras los apóstoles huyen. Pero su oración es una agonía (de “agon” = lucha), una lucha desgarradora entre los planes de Dios y sus deseos; hasta que se entrega totalmente al Abbá (Padre).

Pero si pudiéramos resumir sus actitudes y sentimientos en esos terribles días, podemos decir que fueron varias, entre ellas: valor, firmeza, entereza, compasión, misericordia y serenidad. Miedo y angustia, oración puntual, confianza en Dios, silencio ante sus acusadores y dolor, no solamente físico (inaguantable por lo demás), sino dolor moral. Un hombre que supo soportar con indecible fortaleza, los tormentos y torturas que le infligieron sus enemigos. Pero no por eso se dejó dominar o doblegar. Incluso en ellos mantuvo el control absoluto de todo lo que le ocurría. No olvidemos que es el Señor, vencedor de los males y de la muerte.

Pero Jesús no buscó la muerte, ni se resignó a la cruz. Jesús buscaba llevar a cabo el Reino de Dios. Después de una dura lucha interior, en la cual pedía a Dios que lo liberara de esa muerte prematura y violenta, entendió la voluntad del Padre y la aceptó libremente (Heb 5,7-10). Lo que es incontestable es cómo Jesús enfrentó la muerte como parte de su misión, con suprema dignidad. Jesús no se defendió a lo largo de todo el proceso, haciendo constar la mala fe de los que lo perseguían y lo insultaban.

Tampoco la muerte de Jesús fue para apaciguar a un Dios ofendido por nuestros pecados y que reclamaba sus derechos. Dios no castigó a Jesús en lugar nuestro, para que expiara o pagara por nuestros pecados. Dios no castiga a un inocente en lugar de un culpable. Dios nos lo entrega por amor. El Padre sufrió la pasión de Jesús junto a Él, en silencio. No es la cruz ni el sufrimiento de Jesús los que nos salvan. Es su amor por nosotros que lo llevó hasta el extremo de dar la vida por nosotros; “no hay mayor amor que dar la vida” (Jn 15,13). Es el  Siervo sufriente del profeta Isaías que sufre a causa de nuestras culpas (Is 52,13-53,12).

Tampoco es la intensidad del sufrimiento de Jesús en la cruz (era igual al de los compañeros ajusticiados), sino la intensidad de su amor por el Padre y por nosotros. Por eso Jesús no nos quitó ni el sufrimiento ni la muerte (son propios de la naturaleza humana); nos enseñó a transformar estas realidades en gestos de amor. Y esto les da un profundo sentido. Cuando Jesús invita al cristiano a cargar con la cruz y seguirlo, no apunta al sufrimiento sino al seguimiento de Cristo que muchas veces trae aparejada la cruz y la persecución. “Negarse a sí mismo” no es rechazar el cuerpo, la alegría, el gusto de vivir, sino más bien negarse al egoísmo.

Tampoco para el cristiano el sufrimiento es un precio para pagar a Dios, ni es tan solo una prueba purificadora de la fe. Es participación en la pasión de Cristo para la salvación del mundo y solidaridad con todos los inocentes crucificados. Nuestra solidaridad con Cristo es la que nos salva. Él nos va transmitiendo su Espíritu. Dice San Juan (19,30): “entregó su espíritu”. Y Dios nos adopta como hijos y como hermanos de Jesús. Y nos resucitará a nosotros también junto a Él. Vale la pena que meditemos y profundicemos en la persona de Cristo sufriente y vencedor, en estos días de la Cuaresma, Semana Santa y Pascua.

 

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