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Sagradas Escrituras: Los dos ciegos de Jericó

By Pbro. Mario Montes M. Julio 07, 2020

Hoy Jesús quiere abrir nuestros ojos para que lo sigamos por la fe, dándonos una luz nueva. Pidámosle, pues, este milagro, para ser auténticos discípulos suyos.

Estamos ante el último milagro de Jesús, antes de su pasión y muerte: la curación de dos ciegos (Mt 20,29-34). Vayamos al texto: Cuando salieron de Jericó, mucha gente siguió a Jesús. Había dos ciegos sentados al borde del camino y, al enterarse de que pasaba Jesús, comenzaron a gritar: “¡Señor, Hijo de David, ten piedad de nosotros!”. La multitud los reprendía para que se callaran, pero ellos gritaban más: “¡Señor, Hijo de David, ten piedad de nosotros!”. Jesús se detuvo, los llamó y les preguntó: “¿Qué quieren que haga por ustedes?”. Ellos le respondieron: “Señor, que se abran nuestros ojos”. Jesús se compadeció de ellos y tocó sus ojos. Inmediatamente, recobraron la vista y lo siguieron.

¿Era uno o dos los ciegos "sentados al borde del camino"? San Mateo habla de dos; San Marcos y  San Lucas, de uno, del que el primero es conocido como "Bartimeo". La solución admitida ordinariamente es que se trata de dos ciegos. Es posible que Bartimeo fuera un cristiano bastante conocido en las primeras comunidades y que San Marcos hubiera hablado con él, lo que le llevó a prescindir del otro (ver Eco Católico, domingo 24 de noviembre 2019).

 

Contexto literario del milagro (Mt 19,1-23,39)

 

Estamos ante el último signo de Jesús antes de su pasión. Está ya cerca de Jerusalén, ciudad en la que morirá y resucitará. Quiere dejar este último milagro como testamento, antes de sufrir y padecer por nosotros, porque está convencido de que un mundo  que da culto a la injusticia y a la fuerza bruta sólo puede ser vencido con la debilidad y la  derrota humanas.

San Marcos y san Mateo lo relatan a continuación de la petición de los hermanos Zebedeos (Mc 10,35-45; Mt 20,20-28). San Lucas, que ha suprimido la escena de los hermanos ambiciosos, tal vez por tener menos interés para sus lectores de origen pagano,  intercala este milagro entre el tercer anuncio de la pasión (Lc 18,35-43) y la historia de Zaqueo (Lc 19,1-10), lo que da lugar a la primera  dificultad (la otra es si fueron uno o dos los ciegos curados, como hemos visto). Para Mateo y Marcos, Jesús  "sale" de Jericó; para Lucas, "se acercaba" a la ciudad santa.  Además, entre las varias soluciones que se dan, la más probable es que la diferencia se debe a la necesidad redaccional de San Lucas, que  coloca a continuación, dentro de la ciudad, el episodio de Zaqueo.

 

Contexto histórico del milagro (Jericó)

 

Jericó, la ciudad más antigua del mundo y segunda en importancia de Israel, está situada a trescientos metros bajo el nivel del mar -la más baja del mundo-, en la depresión del valle del río Jordán, al norte del Mar Muerto. Está separada de Jerusalén por el desierto de Judá, atravesado por un camino difícil de unos treinta y siete kilómetros, y en el que san Lucas había situado la parábola del buen samaritano (Lc 10,29-37). Está rodeada de un oasis muy fértil, con una temperatura media de diez grados más que Jerusalén, lo que la convertía en una frecuentada zona de descanso. Especialmente en primavera -tiempo del viaje de Jesús-  presenta un panorama inolvidable por el verdor de sus jardines y plantaciones.

 

Los ciegos en la antigüedad. Nosotros

 

Las enfermedades oculares de Oriente, tenían entonces pocas perspectivas de  ser curadas y el destino de los pacientes era muy duro. De esta forma, los ciegos aparecen como representantes de la miseria y desesperanza humanas -individuos y naciones- sin camino, sin meta y sin poder trabajar en la construcción de su propia persona y de su vida. Necesitados de todo, tenían que vivir de las limosnas de los que pasaban por el  camino.

La curación es símbolo de un  descubrimiento más profundo, por obra de la fe: con los ojos, a los ciegos se les ha  iluminado el corazón; siguen a Jesús por el camino, lo que les convierte en hombres  nuevos, esperanzados y acogedores, reconciliados con lo que son y con los demás,  creadores de paz y de justicia, verdaderos hombres llenos de Dios. Han descubierto toda la  novedad de Jesús y no se limitan a darle las gracias.

Lo que solamente a duras penas hacían los discípulos, incapaces de entender la  enseñanza del Maestro de Nazaret, lo realizan ambos ciegos de Jericó y se convierten en la imagen de la  curación, que el Mesías realiza en los suyos cuando están disponibles. Son modelo del  auténtico discípulo de Cristo. Creer en Jesús no es cosa de palabras, sino de hechos. Creer es seguirle. Sería una tentación fácil pensar que basta ver, saber, creer en esto o aquello. Es la tentación que  lleva a contentarse con la doctrina cristiana, con las fórmulas de la fe y con los ritos, con lo aprendido “en el catecismo”. Sin preocuparse por aquello que es lo realmente importante: vivir según esta verdad, vivir coherentemente con esta fe.

No es una simple una sanación fisiológica, sino que es algo más: “salvación” o profunda transformación del corazón para empezar un nuevo camino guiados por Cristo. Por eso, como aquellos dos ciegos, pidámosle a gritos a Jesús: “¡Señor, que se abran nuestros ojos!”

Last modified on Viernes, 10 Julio 2020 09:43

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