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Sagradas Escrituras: Tabita o Dorcás

By Pbro. Mario Montes M. Abril 28, 2022

Entre los discípulos de Jope había una mujer llamada Tabita, que quiere decir “gacela”. Pasaba su vida haciendo el bien y repartía abundantes limosnas. Pero en esos días se enfermó y murió. Después de haberla lavado, la colocaron en la habitación de arriba. Como Lida está cerca de Jope, los discípulos, enterados de que Pedro estaba allí, enviaron a dos hombres para pedirle que acudiera cuanto antes. Pedro salió en seguida con ellos. Apenas llegó, lo llevaron a la habitación de arriba. Todas las viudas lo rodearon y, llorando, le mostraban las túnicas y los abrigos que les había hecho Tabita cuando vivía con ellas.

Pedro hizo salir a todos afuera, se puso de rodillas y comenzó a orar. Volviéndose luego hacia el cadáver, dijo: “Tabita, levántate”. Ella abrió los ojos y, al ver a Pedro, se incorporó. Él la tomó de la mano y la hizo levantar. Llamó entonces a los hermanos y a las viudas, y se las devolvió con vida. La noticia se extendió por toda la ciudad de Jope, y muchos creyeron en el Señor (Hech 9,36-42).

 

Tabita o Dorcás (Gacela)

 

Hoy contemplamos a Pedro como misionero itinerante. Ha dejado la capital, la comunidad inicial que se ha formado en ella, y se ha encaminado a la región costera, concretamente a la ciudad de Lida, a medio camino entre Jerusalén y el mar. Allí en Lida cura a un paralítico de nombre Eneas (Hech 9,31-35). Son curaciones similares a las que hacía Jesús. Manifiestan la bondad y la misericordia de Dios para con los más pobres y necesitados. Corroboran la predicación de la Buena Noticia, que llevan los apóstoles. La fe cristiana se extiende por los alrededores de la ciudad y por la planicie del Sarón: entre las altas montañas y la llanura de la costa.

Vemos los protagonistas de la historia de la Iglesia: Jesús, su Espíritu y la comunidad misma, con sus ministros. Jesús, desde su existencia gloriosa, sigue presente a su Iglesia, la llena de fuerza por su Espíritu y sigue así actuando a través de ella. Se explica que Lucas pueda describir un panorama tan optimista: “la comunidad se iba construyendo y progresaba en la fidelidad al Señor, y se multiplicaba animada por el Espíritu Santo” (Lc 9,31).

Luego se nos relata la muerte de una discípula cristiana: Tabita, famosa por sus obras de caridad en la ciudad portuaria de Jafa o Yafo, que actualmente es un suburbio de la moderna Tel-Aviv. La comunidad desamparada de su protectora, manda a llamar a Pedro porque sabían que se encontraba en la vecina Lida. Y Pedro reitera el milagro de Elías al resucitar al hijo de la viuda (1 Re 17, 17-24), de Eliseo al resucitar al hijo de la Sunamita (2Re 4, 18-37) y de Jesús al resucitar a la hija de Jairo (Mt 9, 18-26; Mc 5,2121-24.35-43) o al hijo de la viuda de Naím (Lc 7, 11-17): Pedro resucita, después de orar con fe, a Tabita y se la presenta viva a la comunidad. Porque el evangelio que predican los apóstoles, es vida y resurrección, y el Señor quiere que lo sepamos con certeza.

Los primeros cristianos comprendieron que solo una particular y especial intervención divina, podía explicar la prodigiosa difusión del Evangelio, primero por toda Palestina y los países limítrofes, y luego por todo el Imperio Romano. Por eso no dudaron en contar acciones portentosas, muy similares a las de Jesús, hechas por los apóstoles y sus colaboradores, que venían a apoyar y a confirmar su predicación. Más adelante, se contarán acciones similares obradas por Pablo. Es que el Espíritu actúa con poder para mover a los seres humanos a creer.

 

Hoy

 

Los milagros que realizan hoy los misioneros cristianos, los predicadores del Evangelio, son un poco distintos de los que narra el libro de los Hechos de los Apóstoles. Pero expresan la misma realidad: la misericordia y la bondad divinas que asume nuestros dolores y sufrimientos. El amor compasivo de Dios manifestado en la cruz de Jesucristo. Por eso los mejores cristianos de todos los tiempos y los cristianos de nuestro tiempo, se han entregado en cuerpo y alma al servicio de los pobres y los necesitados: los leprosos, apestados, huérfanos, viudas, encarcelados, cautivos, ignorantes y desempleados. Los enfermos de las peores enfermedades, del VIH y hoy del Covid-19, por ejemplo, los alcohólicos y drogadictos, las prostitutas y los travestis. Todos aquellos a quienes la sociedad (y desgraciadamente a veces la Iglesia) deja de lado en quienes vemos el rostro sufriente del Señor. Es este servicio a los más pobres el testimonio que corrobora la verdad de la Buena Noticia, del Evangelio de Jesús.

Como Pedro en su tiempo, deberíamos ser cada uno de nosotros “buenos conductores” de la salud y de la vida del Resucitado, especialmente cuando celebramos su Pascua, que es dejarnos llenar nosotros mismos de la fuerza de Jesús, y luego irla transmitiendo a los demás, en los encuentros con las personas ¿Curamos enfermos, resucitamos muertos en nombre de Jesús? Sin llegar a hacer milagros, pero ¿salen animados los que sufren y los pobres cuando se han encontrado con nosotros?

¿Logramos reanimar a los que están sin esperanza, o se sienten solos, o no tienen ganas de luchar o de vivir? Todo eso es lo que podríamos hacer si de veras estamos llenos nosotros del espíritu de la Pascua, y si tenemos en la vida la finalidad de hacer el bien a nuestro alrededor, no por nuestras propias fuerzas, sino en el nombre de Jesús.

La Eucaristía dominical nos debería contagiar la fuerza de Cristo para poder ayudar a los demás a lo largo de la semana. Salir de nosotros mismos -fue un buen símbolo que Pedro saliera de Jerusalén- y recorrer los caminos de los demás -saberlos “visitar”-para animarlos en su fe, podría ser una buena consigna para nuestra actuación de cristianos en la celebración de la Pascua dominical.

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