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Sagradas Escrituras: El Espíritu Santo

By Pbro. Mario Montes M. Diciembre 24, 2021

Estamos presentando a los principales protagonistas del libro de los Hechos de los Apóstoles y el más importante y central, en toda la historia de los comienzos de la Iglesia y hasta hoy, es el Espíritu Santo. Así nos lo cuenta San Lucas, en el siguiente texto tan conocido del acontecimiento de Pentecostés, al cumplirse la promesa del Resucitado (ver Hech 1,5.8):

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse.

Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones del mundo. Al oírse este ruido, se congregó la multitud y se llenó de asombro, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Con gran admiración y estupor decían: “¿Acaso estos hombres que hablan no son todos galileos? ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua? Partos, medos y elamitas, los que habitamos en la Mesopotamia o en la misma Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia Menor, en Frigia y Panfilia, en Egipto, en la Libia Cirenaica, los peregrinos de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios”.

Unos a otros se decían con asombro: “¿Qué significa esto?”. Pero algunos, burlándose, comentaban: “Han tomado demasiado vino” (Hech 12,1-13).

 

El día de Pentecostés

 

El episodio de la venida del Espíritu Santo descrito en Hech 2, 1-13, tiene lugar en la fiesta de Pentecostés. Era una fiesta de acción de gracias por el don de la cosecha (Éx 23,16). Se celebraba cincuenta días (o siete semanas y un día) después de la fiesta de la Pascua. En ella se conmemoraba también el pacto que Dios había hecho con su pueblo en el Sinaí (Éx 20,22-23,33; 34,10-28). En el relato del acontecimiento de Pentecostés aparecen unas imágenes (fuego, viento...) que también se encuentran en las narraciones de la revelación del Sinaí.

El autor del Libro de los Hechos describe la venida del Espíritu con los símbolos clásicos de una teofanía (una manifestación especial de Dios). Elige el viento porque en hebreo, “espíritu” es la misma palabra que viento (Jn 3,8); y el fuego, que en el Antiguo Testamento es a veces una manifestación del mismo Dios (Is 30,27; Ez 1.4; 3,12; Sal 18,13; 29,7: 50,3).

A muchos de nosotros el relato de Pentecostés nos resulta extraño y fascinante a la vez, precisamente por los símbolos e imágenes que utiliza. Pero esa extrañeza desaparece cuando comprendemos que, a través de ellos, el autor del Libro de los Hechos quiere hacernos descubrir lo importante que fue la experiencia de Pentecostés, y que ella se dio una presencia muy especial de Dios. El Señor envía al Espíritu Santo que había prometido (Lc 24,29) y lo hace cuando todos están reunidos en comunidad.

El fenómeno que se cuenta a continuación suele conocerse con el nombre de glosolalia, palabra que significa literalmente “hablar en lenguas”. Los apóstoles se expresan como lo hacían los antiguos profetas (Núm 11) o como lo harán los cristianos, empujados por el Espíritu, en los primeros tiempos de la Iglesia (Hech 10,46). ¿Qué es lo importante de esta manifestación? Hablar en otras lenguas es hacerse entender por todos los pueblos.

En el episodio de Babel (Gén 11, 1-9), las diferentes lenguas dividen a los hombres y mujeres. Pentecostés parece darnos a entender que todas las personas pueden oír la Buena Nueva de Jesús. La misión de los apóstoles, desde este momento, será hacer llegar a todos sin excepción la buena noticia de la resurrección de Jesús. Es como si la confusión de Babel, que provocó la dispersión de los pueblos, desapareciera para siempre, y todos los hombres y mujeres pudieran reunirse de nuevo en una misma familia.

La venida del Espíritu hace que los discípulos se conviertan en testigos del Resucitado ante todos los pueblos. La salvación ya no tiene fronteras; no es solo para los judíos, sino que se dirige a todos. La llegada del Espíritu es una llamada a la universalidad. Todas las personas entienden la Buena Noticia, cada una en su propia lengua y cultura.

En un primer momento el acontecimiento de Pentecostés, solo se manifiesta entre los judíos venidos a Jerusalén para la fiesta. Pero si seguimos leyendo el libro de los Hechos nos encontraremos con otras manifestaciones del Espíritu Santo, que vuelve a derramarse en la comunidad cristiana, después de la primera persecución de la Iglesia (Hech 4,31). Cuando los cristianos se extiendan por “Judea y Samaria” acontecerá un nuevo Pentecostés (Hech 8, 5-25), lo mismo que cuando Cornelio fue bautizado (Hech 10, 44-45), o aquellos discípulos de Juan el Bautista, en Éfeso (Hech 19,1-7). El Espíritu Santo, que acompaña a los discípulos va confirmando su predicación con estas presencias extraordinarias.

Finalmente, es importante observar que el Espíritu desciende sobre toda la comunidad. En comunidad reciben el Espíritu, en comunidad lo anuncian, y ese anuncio hace que aumente y se consolide dicha comunidad con nuevos miembros. El nuevo Israel se hace misionero al recibir el don del Espíritu Santo. Este acontecimiento de Pentecostés nos invita hoy a las comunidades cristianas, a salir de nuestros de nuestras sacristías, de nuestros “grupos cerrados”, de nuestro barrio o nuestro pueblo para anunciar, fuera de nuestras “fronteras”, que es posible la esperanza, porque el Señor ha resucitado. Y que es el Espíritu Santo la fuerza y el motor que impulsa la tarea misionera de la Iglesia de todos los tiempos.

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