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¿Discípulos cobardes?

By Pbro. Mario Montes M. Septiembre 27, 2021

Siguiendo con los protagonistas de la Pasión y esta vez, veremos a los discípulos de Jesús. A lo largo de los acontecimientos del Jueves y Viernes Santos, sus discípulos no lo acompañaron, más bien, huyeron despavoridos ¿Por miedo a que los apresaran y los condenaran como a Jesús? Ver Mc 14,66-72 en el caso de Pedro.  ¿Reacción de pánico o cobardía? Los Evangelios cuentan que cuando arrestaron a Jesús, no detuvieron a ninguno de sus discípulos, porque todos huyeron (Mc 14,50; Mt 26,56; Jn 18,8-9). La frase de los Evangelios “entonces lo abandonaron y huyeron todos”, más que contar un hecho realmente sucedido, intenta mostrar el cumplimiento de una profecía de Jesús.

En efecto, momentos antes de ser arrestado, Jesús les había dicho a sus discípulos: “Todos ustedes se van a escandalizar de mí, porque está escrito: ‘Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas…’” (Mc 14,27). Esta profecía fue puesta por San Marcos en labios de Jesús, para explicar por qué él afrontó solo su dolorosa pasión y su muerte, sin tener a nadie a su lado. Se debía a la existencia de una profecía de Zacarías, sobre el pastor herido y las ovejas dispersas (ver Zac 13,7).

En este contexto, la cita del profeta Zacarías sobre este pastor herido y las ovejas dispersas, identifica a Jesús como el pastor que se dirige a su muerte y sugiere que la huida de sus discípulos, ya estaba prevista en los planes de Dios. Pero también el aparente abandono de sus discípulos, reflejaba una situación particularmente dolorosa y difícil en la Iglesia primitiva, a la que escribía San Marcos.

 

Cristianos perseguidos y desalentados

 

Generalmente, cuando leemos o escuchamos la historia de la pasión y muerte de Jesús, contemplamos al Señor y el sufrimiento que le infligieron. Pero vale la pena mirar  detenidamente, por lo menos alguna vez, a aquellos discípulos, viendo cómo reaccionaron ante la cruz y cómo ésta tuvo repercusiones en sus vidas. En efecto, San Marcos escribe para las comunidades cristianas, en el año 70 d.C. Muchas de estas comunidades, tanto de Italia como de Siria, vivían su propia “pasión”. Se confrontaban con la cruz de varias formas.

Habían sido perseguidas en la época del emperador romano Nerón y muchos cristianos habían muerto como mártires. Otros habían traicionado, negado o abandonado su fe en Jesús, como en su momento lo hicieron Pedro, Judas y los demás discípulos, en los días de la pasión de Cristo. Otros se preguntaban: “¿resistiré la persecución?”. Otros ya estaban cansados después de haber perseverado durante tantos esfuerzos, casi sin resultados.

Entre los que habían abandonado la fe, algunos se preguntaban si todavía era posible volver a la comunidad cristiana. Querían recomenzar el camino, pero no sabían si el regreso era posible o no. Todos ellos tenían necesidad de motivaciones nuevas y fuertes, para poder emprender de nuevo el camino. Tenían necesidad de una experiencia renovada del amor de Dios que superara los errores humanos. Pero ¿dónde encontrarla?

La respuesta se encuentra en los capítulos del 14 al 16 del Evangelio de San Marcos, que describen la pasión, la muerte y la resurrección de Jesús. Porque en la pasión de Jesús, momento de la más grande derrota de los discípulos, se encuentra escondida la esperanza más grande y fuerte. Se puede mirar en el espejo de estos capítulos, para ver cómo los discípulos reaccionaron ante la cruz y como Jesús reacciona a la infidelidad y debilidad de los suyos. Ahí podemos descubrir cómo San Marcos anima la fe de las comunidades y cómo describe quién es verdaderamente discípulo de Jesús.

Y lo hace de la siguiente manera: contrasta el gesto de la mujer, fiel discípula de Jesús,  que lo unge como rey, víspera de la pasión (Mc 14,3-9), con la actitud mezquina de sus discípulos y de la traición de Judas Iscariote (Mc 14,10-11), que luego lleva a cabo, como sabemos (Mc 14,43-45). Los discípulos no son capaces de acompañar a Jesús en el huerto (Mc 14,37-39); más bien, él les había anunciado su abandono (Mc 14,26-28), cosa que luego hicieron, dejándolo solo y abandonado (Mc 14,50). Lo mismo haría Pedro, a quien Jesús le anunció sus negaciones, para luego negarlo tres veces (Mc 14,29-31.66-72).

Durante todo el proceso judío y romano, Jesús se queda completamente solo, a merced de sus enemigos. Ningún discípulo está presente (Mc 14,53-65; 15,1-20). No es sino hasta que aparece Simón Cirineo, con el cual recibe ayuda urgente en su camino al Calvario (Mc 15,21), a falta de discípulos. Y muere solo, insultado en su cruz y abandonado de todos (Mc 15,22-39). Los únicos que se interesan por él son: el centurión que lo confiesa como Hijo de Dios (Mc 15,39), las mujeres que los habían seguido y servido desde Galilea (Mc 15,40-41.47), y finalmente José de Arimatea, aquel judío que se encarga de enterrarlo (Mc 15,42-46). De allí, nadie más…

La historia de la pasión indicará que el verdadero discípulo, el que acepta seguir a Jesús y hacer de su vida un servicio a los hermanos, debe cargar la cruz y caminar tras las huellas del Siervo doliente que es Cristo. Si la historia de la pasión pone el acento en el abandono y debilidad de los discípulos, no es para desanimar a los lectores. Todo lo contrario, es más bien para resaltar que la acogida y el amor de Jesús superan estas situaciones difíciles. El estímulo y ejemplo lo tenemos entonces, en la figura ejemplar del Cirineo, de las mujeres fieles, de la madre de Jesús, del discípulo amado, de María Magdalena y de José de Arimatea junto a Nicodemo.

Hoy nosotros ¿Cómo reaccionamos ante las dificultades y problemas de la vida? ¿Ante las incomprensiones, odio mal disimulado y persecuciones solapadas o abiertas que, como cristianos, sufrimos por Cristo? ¿Huimos o nos quedamos?

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