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Viernes, 23 Octubre 2026
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Que la paz que anuncian con sus palabras esté primero en sus corazones

By Willy Chaves Cortés, OFS Orientador Familiar y Educativo, UJPll / UCAT / Doctor en Humanidades, UPF Octubre 23, 2026

Soy un tico sencillo que descubrió que Dios lo llamaba por su nombre en medio del ruido del mundo. No fue en un monasterio lejano ni en una montaña solitaria. Fue aquí, en el corazón de Costa Rica, entre la familia, el trabajo y las preocupaciones cotidianas. 

Comprendí entonces que la belleza de ser franciscano seglar radica en vivir el Evangelio de Jesucristo a la manera de San Francisco de Asís sin abandonar el mundo, sino transformándolo desde dentro.

Busqué a Dios en lo extraordinario. Pensaba que para ser santo había que irse lejos. Estaba equivocado. Dios me esperaba en lo ordinario, en mi casa, en mi oficina de orientador familiar y educativo, en el pasillo de un hospital donde hoy sirvo como ministro extraordinario de la comunión. Fue Él quien me enseñó que la santidad no es escapar, sino encarnarse.

Todo cobró sentido cuando conocí el Centro Juvenil Luis Amigó de los Frailes Terciarios Capuchinos. Entré por curiosidad y salí con el corazón tocado. Allí vi a los frailes, herederos del carisma amigoniano, abrazar a muchachos y muchachas que la sociedad había etiquetado como perdidos. 

Los vi mirarlos como lo que son, dones de Dios, hermanos heridos que necesitaban una segunda oportunidad. Vi a jóvenes que habían conocido la calle, el dolor y el abandono, encontrar en una mirada, en un abrazo, en un taller, la certeza de que Dios no los había olvidado. 

Fue en ese patio, entre risas, lágrimas y oraciones, donde sentí claramente por qué Dios me pedía vivir la vida franciscana seglar. No me quería detrás de un claustro, me quería en medio de mi gente, siendo puente entre la calle y la ternura, entre la escuela y la familia, entre el dolor del enfermo y la esperanza de la Eucaristía. Allí entendí que mi vocación no era huir, sino ser fermento.

El primer pilar que amo es la santidad en la vida ordinaria. No vivimos en un convento, vivimos en la casa, en la oficina, en la fábrica y en la calle. Y ahí convertimos el día a día en oración y entrega. Como decía San Francisco de Asís, predica el Evangelio en todo momento y cuando sea necesario usa palabras. Nuestra Regla nos pide hacer de nuestra vida un testimonio 

Yo lo experimento cada mañana cuando preparo el desayuno y lo ofrezco a Dios. Cuando como orientador atiendo a una madre angustiada, a un docente cansado, a una estudiante que siente que no vale nada.

Cuando entro al hospital con el Santísimo en mis manos para llevarlo a un enfermo sin esperanza. San José Moscati, médico santo y franciscano seglar, decía, ama la verdad, muéstrate como eres sin fingimientos. Haz el bien sin cesar. Ese médico que curaba cuerpos y almas en Nápoles, que veía a Cristo en cada enfermo, me enseñó que mi servicio en el hospital no es un extra, es el centro de mi vocación.

El segundo pilar es el don de la fraternidad. La Orden Franciscana Seglar, OFS, no es una simple asociación piadosa. Es una verdadera familia. Es hogar. Los hermanos y hermanas nos apoyamos, oramos juntos, compartimos la fe y nos enseñamos a vivir la Regla con el ejemplo. Santa Clara de Asís, la plantita de Francisco, nos recuerda, el amor que no puede sufrir no es digno de ese nombre. En la fraternidad aprendemos a sufrir y a gozar juntos.

Cuando uno cae, todos lo levantamos. Cuando una hermana pierde su trabajo, hacemos colecta. Cuando un hermano está enfermo, rezamos la corona franciscana. Esa fraternidad me salvó del desaliento. Ser franciscano seglar nunca es una aventura solitaria, es caminar juntos, como lo hicieron Francisco y sus compañeros por los caminos de Umbría.

El tercer pilar es la minoridad y la sencillez. Abrazamos un estilo de vida marcado por la humildad, por la pobreza evangélica del corazón, por el respeto por la creación y por ese saludo que lo dice todo, Paz y Bien. Ser menor no es ser menos, es elegir el último lugar para servir mejor. San Francisco de Asís decía, he hecho lo que debía hacer, que Cristo os enseñe lo que debéis hacer.

En un mundo que nos empuja a tener más y aparentar más, elegir la sencillez es revolucionario. Lo intento en mi forma de vestir, de hablar, de cuidar el agua, de respetar a cada criatura como hermana. San Francisco de Asís llamaba a todos hermanos y hermanas, al hermano sol, a la hermana agua, al hermano lobo. Hoy, como ticos, esa ecología integral nos interpela frente a nuestras montañas y ríos.

El cuarto pilar es ser heraldos de paz. Por vocación, el seglar franciscano, hombre o mujer, está llamado a ser constructor de puentes, perdonando, acogiendo a cada persona como un don de Dios y sembrando concordia. El Beato Fray Leopoldo de Alpandeire, limosnero humilde de Granada, decía, hay que darlo todo por amor. La Beata María Francisca de las Llagas de la Caridad, terciaria franciscana de Nápoles, nos enseñó a convertir cada dolor en oración.

Ser heraldo de paz como orientador significa no destruir, sino escuchar a ambas partes. Ayudar a una pareja que se grita a volver a mirarse con ternura. Enseñar a un adolescente que la violencia nunca será camino.

En el hospital, llevar no solo la comunión, sino la paz a una sala llena de angustia. Santa Rosa de Viterbo, joven terciaria franciscana de Italia, a los dieciocho años ya era pacificadora en su ciudad dividida. Nosotros estamos llamados a lo mismo. San Juan XXIII, Ángelo Giuseppe Roncalli, terciario franciscano, decía, buscad lo que os une, no lo que os separa.

El último pilar es el compromiso de por vida. No somos franciscanos por una temporada. Tras una formación inicial de dieciocho a treinta y seis meses, el laico, casado, soltero o viudo, emite una profesión perpetua. Prometemos vivir el Evangelio a la manera de San Francisco de Asís hasta la muerte. Es un sí para siempre, con la gracia de Dios.

Recuerdo el día de mi profesión. Temblaba. Tenía delante a mi fraternidad y a mi familia. Puse mis manos en el Evangelio y dije sí. Sentí que Cristo me sostenía. San Luis IX de Francia, franciscano seglar, rey y padre de familia, gobernó su reino con justicia porque antes gobernó su corazón con el Evangelio. El Beato Contardo Ferrini, profesor universitario y franciscano seglar de Italia, demostró que se puede ser brillante y humilde.

Yo no soy rey ni profesor famoso, soy un tico que lleva la comunión a los enfermos. Pero cada vez que entro a una habitación y digo, el Cuerpo de Cristo, y veo los ojos de un abuelito o de una madre llenarse de lágrimas, entiendo que mi profesión tiene sentido. No llevo hábito marrón por la calle, llevo a Cristo en mi corazón y en mis manos.

San José Moscati me acompaña siempre. Él decía, no hay enfermo que no pueda ser ayudado con amor. Yo lo repito a mis estudiantes y enfermos, no hay historia rota que Dios no pueda abrazar. Él, que pudo ser rico y famoso, eligió ser pobre para servir a los pobres. Es el modelo de que se puede ser profesional excelente y santo al mismo tiempo. San Felipe Neri, santo cercano al espíritu franciscano, decía, la santidad está en ser alegres.

Por eso, si me preguntan qué es lo más bello de ser franciscano seglar, respondo, es descubrir que Dios te quiere santo justo donde estás. No tienes que irte, tienes que quedarte y amar mejor. Quedarte en tu matrimonio y amar más fielmente. Quedarte en tu trabajo y servir con más honestidad. Quedarte en tu barrio y ser más solidario. Como decía Santa Ángela de Foligno, terciaria franciscana de Umbría, si supieras cuánto te ama Dios dejarías de buscar felicidad en otro lugar.

Desde que conocí el Centro Juvenil Luis Amigó comprendí que mi lugar es en la frontera. No en el centro del aplauso, sino en la periferia donde duele. Allí donde un joven necesita un abrazo, donde una familia necesita orientación, donde un enfermo necesita la Eucaristía. Allí me quiere Dios, con cordón franciscano bajo la camisa, con Paz y Bien en los labios y corazón encendido, sirviendo sin medida.

Ser franciscano seglar es aprender a vivir como San Francisco de Asís, enamorado de Cristo pobre y crucificado, hermano de todos, menor y alegre, libre y fiel. Es una forma de ser tico también, pura vida, pero con Evangelio.

Es decirle al mundo que todavía es posible vivir con sencillez, alegría y esperanza. Cada día renuevo mi promesa frágil en manos del Alfarero, con mis hermanos y María Inmaculada. Que San Francisco de Asís, Santa Clara de Asís, San Luis IX de Francia, Santa Rosa de Viterbo, Beato Fray Leopoldo de Alpandeire, Beata María Francisca de las Llagas de la Caridad, Santa Ángela de Foligno y San José Moscati intercedan por nosotros. Paz y Bien para todos.

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