El testimonio tiene un peso descomunal frente a los discursos moralizantes o las doctrinas ayunas de corazón. Cuando una pareja ve que otra supo como salir de un problema fortaleciendo sus vínculos y acrecentando el amor, no duda en pensar que aquello es algo que pueden superar.
Pero no hay que esperar que lleguen los problemas. Como Iglesia debemos comprender y acercarnos a las familias desde el enamoramiento y el noviazgo de nuestros jóvenes, y esto abre grandes responsabilidades para las propias familias, pero también para la Pastoral Juvenil, la catequesis, las parroquias, los grupos apostólicos y hasta las congregaciones, muchas de ellas que manejan colegios católicos: ¿cuánto estamos acompañando y formando a nuestros jóvenes sobre el verdadero amor en esas primeras relaciones de noviazgo?, ¿será que tomamos distancia de sus expresiones de cariño y preferirnos ignorarlas o intentamos -en vano- prohibirlas?
La realidad nos revienta en la cara: o nos acercamos a los jóvenes, en sus mismos lenguajes y coordenadas, con empatía y caridad para mostrarles las claves del verdadero amor o los perdemos para siempre. Aquí hay una tarea enorme por hacer y desarrollar.
El Papa Francisco, al respecto, observaba que aprender a amar a alguien no es algo que se improvisa, ni puede ser el objetivo de un curso previo a la celebración del matrimonio.
Y explicaba: “En realidad, cada persona se prepara para el matrimonio desde el nacimiento”, y todo lo que un joven vive en familia debe contribuir a “hacerlo capaz de un compromiso pleno y definitivo”.
Por ello, como bien resaltó el Papa León en su homilía, leída por el cardenal Tagle al cierre del encuentro vaticano, merecen ser valorados y apoyados los esfuerzos de tantas familias que, en nuestras ciudades y pueblos, viven su vocación y misión día a día, sin hacer ruido, pero con fidelidad a veces heroica.
Ellas son, puntualizó el Papa, una respuesta generosa y comprensible para todos a las palabras de Jesús que escuchamos en el Evangelio: “No me eligieron ustedes a mí, sino que yo los elegí a ustedes y los he constituido para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca” (Jn 15, 16): A través del testimonio de estos padres, hijos, abuelos, jóvenes y ancianos, pequeños y grandes, el mensaje de verdad y plenitud de vida del Evangelio se difunde eficazmente en el mundo.
Otro campo de misión con las familias está en medio de aquellas que viven realidades especiales, como son aquellas constituidas entre personas divorciadas, y cuyo vínculo sostiene, por ejemplo, la educación de los hijos.
Debe imperar aquí ls caridad y un clima de cuidado recíproco para crecer como Iglesia que es “familia de familias” (AL, 87), y obtener todos beneficios: los jóvenes esposos, que se sentirán animados mientras inician su vida matrimonial; los padres, que contarán con ayuda para afrontar los desafíos exigentes vinculados con el crecimiento de los hijos y el manejo de la vida familiar; los ancianos, que verán reconocido y valorado su papel de testigos de sabiduría y virtud, mientras las fuerzas físicas disminuyen.
Y desde luego, bajo esta comprensiónn debería encontrar apoyo y motivación incluso el más frágil, o quien vive situaciones difíciles y momentos de crisis, rodeado de afecto y protegido de juicios y prejuicios. Como concluían los padres sinodales de la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos: “Por muy herida que pueda estar una familia, ésta puede siempre crecer a partir del amor”.
El fin, la exigencia es alta porque la necesidad es urgente. Sin familias fuertes no habrá ni paz, ni progreso ni un futuro bueno para ninguno.
Que la Sagrada Familia de Nazaret haga de nuestras familias lugares de comunión y auténticas escuelas donde el Evangelio sea conocido y vivido en el amor, la cercanía y la unidad como proyecto de Dios que es. Amén.

















