Vivimos en tiempos donde opinar se ha vuelto más fácil que comprender. Las redes, los grupos de WhatsApp, las aulas y hasta la mesa familiar se han convertido a veces en tribunales rápidos. Decimos lo que pensamos sin pensar en lo que provocamos.
Y las palabras importan. Importan muchísimo. Un niño o una niña puede olvidar una lección de matemáticas, pero no olvida cómo lo hiciste sentir cuando se equivocó. Una adolescente puede olvidar una fecha histórica, pero no olvida si la avergonzaste frente a los demás.
Como decía nuestro hermano Francisco: "Empieza por hacer lo necesario, luego haz lo posible, y de pronto estarás haciendo lo imposible". Lo necesario hoy es cuidar lo que decimos.
Por eso, medir el impacto de nuestras palabras en las demás personas es un acto de amor y de responsabilidad. La honestidad sin empatía, lo he visto tantas veces en la consulta y en las escuelas, puede convertirse en una excusa para lastimar. Decimos "yo soy muy sincero" o "yo soy muy sincera" para justificar una crueldad. Pero la sinceridad que no cuida el vínculo no es virtud, es violencia disfrazada.
La verdad, para ser transformadora, necesita ser dicha con respeto, en el momento oportuno y con la intención de construir. Como nos recuerda la sabiduría franciscana: "Predica el Evangelio en todo momento y cuando sea necesario, usa palabras".
No se debe desear el mal a nadie. Nunca. Ni siquiera a quien nos ha hecho daño. Sé que esto puede sonar exigente en un mundo que nos enseña a cobrar venganza. Pero hay una ley silenciosa y profunda que rige la vida: la ley de causa y efecto.
Todo el daño que se hace, por pequeño que sea, regresa a la vida de quien lo comete. No siempre de la misma forma, no siempre de inmediato, pero regresa en forma de soledad, de desconfianza, de amargura. Como cantaba con sabiduría Alicia Keys, "lo que se va, vuelve". Lo que siembras, cosechas. Si siembras viento, cosecharás tempestades. Si siembras bondad, cosecharás paz.
San Francisco lo tenía clarísimo cuando decía: "Es dando como se recibe, es perdonando como se es perdonado". No hay otra manera de romper la cadena. La venganza puede dar una satisfacción momentánea, pero nunca trae paz duradera. El odio no se vence con más odio.
Mahatma Gandhi, alma profundamente cercana al espíritu franciscano por su amor a la paz, lo resumió de forma contundente: "No debes dañar a los demás sin dañarte a ti mismo". Cada vez que hieres, te hieres. Cada vez que humillas a un compañero, a una compañera, a tu pareja, a tu hijo o hija, algo dentro de ti también se rompe. Porque atentamos contra nuestra propia dignidad de hijos e hijas de Dios.
He acompañado a muchas personas que, años después, se arrepienten de palabras que dijeron en un momento de ira. Me dicen: "Willy, ¿por qué dije eso?". Y mi respuesta siempre es la misma: porque en ese momento no supiste gestionar tu dolor de otra manera. Y eso se aprende. La inteligencia emocional no es un lujo, es una necesidad vital.
Daniel Goleman nos recordaba que no es el coeficiente intelectual el que determina el éxito de nuestra vida, sino la capacidad de reconocer nuestras emociones y las de los demás para guiar nuestro comportamiento. Y Francisco nos lo enseñó ocho siglos antes con su vida: él llamó hermanos al lobo, al sol, al viento, a la hermana agua. ¿Cómo no vamos a llamar hermano y hermana a quien sufre a nuestro lado?
Aprender a responder de forma constructiva, incluso cuando nos sentimos provocados, es un acto de valentía y de madurez. No todos lo logran. Reaccionar es fácil, responder es un arte. Reaccionar es visceral, responder es consciente. En la familia, en la escuela, en la comunidad, necesitamos menos personas que reaccionen y más personas que respondan con sabiduría.
Elegir el silencio o la calma no es debilidad, es sabiduría. A veces el mayor acto de amor propio y de amor hacia los demás es no contestar ese mensaje de inmediato, no entrar en esa discusión que no lleva a ningún lado, respirar profundo y decir: "Voy a pensarlo y hablamos mañana". Ese mañana salva matrimonios, salva amistades, salva la relación entre madre e hijo, entre docente y estudiante.
Como franciscano seglar siempre les digo a mis muchachos y muchachas: tener la razón no siempre significa tener que gritarla. A veces, perder una discusión es ganar paz. Como decía San Francisco: "Por encima de todo debe resplandecer la caridad". Y la caridad a veces es silencio.
Maya Angelou, con su voz de mujer sabia y resiliente, nos dejó una lección que debería estar escrita en todas las aulas y en todas las casas: "La gente olvidará lo que dijiste, olvidará lo que hiciste, pero nunca olvidará cómo la hiciste sentir". ¿Cómo estamos haciendo sentir a los demás?
El liderazgo auténtico, el que me interesa promover desde hace más de treinta años, no es el que impone, es el que inspira. No es el que grita para ser escuchado, es el que escucha para comprender. Un líder, una lideresa, no es quien tiene más títulos, es quien tiene la capacidad de ser un refugio emocional para su gente.
San Francisco de Asís, sin quererlo, se convirtió en uno de los líderes más grandes de la historia sin tener ejército, sin tener universidad, sin tener poder. ¿Cuál fue su secreto? La coherencia. Él decía: "Donde hay caridad y sabiduría, no hay temor ni ignorancia". Su liderazgo fue servicio.
John C. Maxwell afirma que "el liderazgo es influencia, nada más y nada menos". Y yo me pregunto: ¿qué tipo de influencia estamos ejerciendo? ¿Somos esa persona que cuando llega a un lugar trae luz, o somos quienes traen sombra?
La bondad no es ingenuidad. La bondad es una decisión ética profunda, es una opción evangélica. Es entender que cada persona que se cruza en nuestro camino, sea el guarda de seguridad, la señora que limpia, la directora, el estudiante con adecuación curricular, el colega que piensa distinto, cada persona libra batallas internas que no vemos.
Por eso la regla de oro de la convivencia sigue más vigente que nunca: tratar a los demás con el respeto y la consideración con los que te gustaría ser tratado. Lo enseñó Jesús de Nazaret, lo vivió Francisco de Asís despojándose de todo para abrazar al leproso, lo enseña la vida cotidiana.
Ser bondadosos no nos hace vulnerables, nos hace humanos. Y el mundo necesita hoy, más que nunca, humanidad franciscana. Necesita hombres y mujeres que sean, como nos pide la Iglesia, instrumentos de paz.
La neurociencia ya lo ha comprobado: cuando hacemos un acto de bondad, nuestro cerebro libera oxitocina, la hormona del vínculo. Ser buenos nos hace bien. Literalmente. Paz y bien, decimos los franciscanos. No es solo un saludo, es un deseo profundo: que tengas paz en tu corazón y que hagas el bien.
Como decía San Francisco: "Recuerda que cuando abandones esta tierra, no podrás llevarte nada de lo que has recibido, solamente lo que has dado: un corazón enriquecido por el servicio honesto, el amor, el sacrificio y el valor".
Por eso, hoy quiero invitarte, a ti que me lees, sea cual sea tu rol, madre, padre, docente, orientadora, orientador, estudiante, líder comunal, a hacer una pausa. Revisa tu corazón. ¿Hay alguna herida que estás proyectando hacia afuera? ¿Hay alguna palabra por la que debes pedir perdón? ¿Hay alguna relación que puedes sanar con una conversación empática?
No esperes a que sea demasiado tarde. Pide perdón hoy. Abraza hoy. Escucha hoy. Porque la vida es muy corta para vivir en guerra.
Al final del camino, nadie nos recordará por cuántos argumentos ganamos, sino por cuántos corazones aliviamos. Nadie nos recordará por tener la última palabra, sino por haber sabido callar a tiempo para cuidar al otro y a la otra.
Tenemos, cada día, una elección silenciosa pero trascendental. Podemos ser la tormenta que confunde, que grita, que lastima y se va dejando destrozos. O podemos decidir, consciente y valientemente, ser el refugio.
Ser ese lugar seguro donde un niño o una niña se siente escuchado. Ser esa palabra que levanta a una colega que está a punto de rendirse. Ser esa mirada que le dice a un joven "yo creo en ti".
Créeme, con toda la convicción de mis años de servicio y con el corazón de franciscano seglar, el mundo, tu familia y tu propia historia serán mejores, mucho mejores, cuando decides ser un refugio y no una tormenta para los demás.

















