En el marco del Día Mundial de la Salud Mental, vale la pena detenernos y reflexionar no solo desde la clínica, sino desde la vida cotidiana costarricense. Desde la fila del bus, desde el aula, desde la mesa familiar, desde el trabajo. Porque la salud mental no vive en los libros de texto, vive en nuestra casa.
Durante mucho tiempo hemos normalizado el sufrimiento silencioso. Cumplimos, trabajamos, cuidamos a otros, sonreímos en la foto y por dentro nos sentimos vacíos, agotados, ansiosos.
Hemos confundido ser funcionales con estar bien. Y no son lo mismo. Como bien lo señala la Dra. Kristin Neff, investigadora pionera en autocompasión: “Con la autocompasión nos damos a nosotros mismos el mismo apoyo y amabilidad que le daríamos a un buen amigo”. Nos enseñaron a ser productivos, pero no a ser compasivos con nosotros mismos.
La persona que se levanta todos los días y cumple con todo, también puede estar necesitando orientación. También puede estar necesitando una pausa, un espacio de escucha sin juicio. No hace falta que nuestra vida se esté incendiando para buscar apoyo. La prevención es también un acto de valentía. No debemos esperar a estar rotos para pedir ayuda. El autocuidado preventivo es el gesto más profundo de amor propio.
Desde la Organización Mundial de la Salud se ha sido claro y contundente: no hay salud sin salud mental. Y esta premisa cobra una relevancia vital en nuestro país. Los determinantes sociales de la salud, es decir, las condiciones en las que nacemos, crecemos, trabajamos y envejecemos, están profundamente atravesados por nuestra salud mental. No podemos hablar de desarrollo humano si ignoramos el mundo interno de las personas.
Una niña o un niño que crece en un hogar donde se valida su voz y se le enseña a nombrar sus emociones, tiene más posibilidades de aprender y de vincularse sanamente. Una persona adolescente que cuenta con espacios de escucha en su colegio, tiene menos riesgo de deserción y de conductas de riesgo. Una mujer trabajadora que cuenta con redes de apoyo, enfrenta con mayor resiliencia las violencias cotidianas. Un hombre adulto mayor que es incluido y no aislado, encuentra propósito en su día a día. La salud mental es transversal a todo.
Como decía el neurólogo y psiquiatra Viktor Frankl, sobreviviente del Holocausto: “Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros mismos”. Invertir en salud mental es invertir en educación.
Es invertir en seguridad ciudadana. Es invertir en productividad nacional. Es invertir en familia. No es un gasto del Estado, es la inversión más humana y más inteligente que una sociedad puede hacer. Un país emocionalmente más sano es un país más justo, más solidario y más capaz de dialogar.
Hoy, en Costa Rica, quiero hacer un reconocimiento público y sincero. En nuestro país estamos viviendo un momento distinto, un momento de esperanza y de apertura. Agradezco profundamente el decidido interés del señor ministro de Salud por posicionar la salud mental en el centro de la agenda pública.
No como un tema secundario o accesorio, sino como una verdadera prioridad de Estado. Su voluntad política ha permitido que por fin hablemos de esto sin eufemismos, con datos, con recursos, con articulación interinstitucional y con dirección estratégica. Su liderazgo ha sido fundamental para visibilizar que el bienestar emocional de las y los costarricenses es también un asunto de salud pública y de derechos humanos.
Y ese liderazgo no camina solo. Quiero destacar, con especial admiración y respeto, el esfuerzo extraordinario del capital humano de la Secretaría Técnica de Salud Mental. Son ellas y ellos, profesionales que muchas veces desde el anonimato, sostienen con compromiso, con evidencia científica y con un profundo sentido humano, las estrategias que hoy llegan a las comunidades, a los centros educativos y a los servicios de salud en todo el territorio nacional.
Su trabajo incansable, su mística, su capacidad técnica y su vocación de servicio son el motor que transforma la política en acción concreta. Gracias a ustedes, a cada funcionaria y funcionario, por no claudicar, por sostener la esperanza incluso en los días difíciles y por recordarnos que detrás de cada lineamiento hay un rostro humano que importa.
Como Orientador Familiar y Educativo, estoy convencido de que la orientación no repara únicamente cuando algo se ha quebrado. La orientación previene, acompaña y teje redes antes de que se rompan.
En las escuelas, en los colegios, en los hogares y en las comunidades, la orientadora y el orientador somos muchas veces esa primera puerta. Somos quienes escuchamos ese susurro interno de “tal vez debería hablar con alguien” y lo convertimos en un espacio seguro, confidencial y humano. No patologizamos la vida, acompañamos la vida.
La autora e investigadora Brené Brown nos recuerda algo esencial para nuestro quehacer: “La vulnerabilidad no es debilidad. Es nuestra medida más precisa de valentía”. Necesitamos normalizar la búsqueda de orientación en Costa Rica. Que una madre, un padre, una pareja, una persona joven, una persona trabajadora pueda decir “necesito orientación” sin sentir vergüenza, sin sentir que está fallando.
La orientación familiar no es para familias rotas, es para familias humanas que quieren aprender a comunicarse mejor, a poner límites con amor, a reparar y a sostenerse en el proceso. Porque todas las familias, sin excepción, atraviesan desiertos y también encuentran oasis.
La salud mental no es tarea exclusiva del Ministerio de Salud, de la psicóloga, del psiquiatra o del orientador. Es una tarea colectiva que nos convoca a todos y todas. Es tarea del patrono que entiende que un colaborador descansado, escuchado y respetado produce mejor y permanece.
Es tarea de la docente que pregunta “¿cómo te sientes hoy?” antes de “¿dónde está la tarea?”. Es tarea del padre que aprende a pedir perdón y del hijo que aprende a poner en palabras lo que le duele. Es tarea de la vecina que escucha sin juzgar y del amigo que no minimiza el dolor del otro con un “eso no es nada”.
Como plantea el psicólogo comunitario Ignacio Martín-Baró: “La salud mental es también la materialización, en una persona o en un grupo, del carácter humanizador o alienante de un entramado de relaciones históricas”. Sanar, entonces, no es solo un acto individual. Es un acto social y político. Es construir condiciones para que la vida sea más vivible para todos y todas. Y eso implica hablar de empleo digno, de educación emocional en las escuelas, de acceso a servicios, de cuido, de recreación y de comunidad.
La psicóloga Carol Dweck nos habla de la mentalidad de crecimiento y nos enseña que nuestras capacidades no son fijas. De la misma manera, nuestra salud mental no es un rasgo inmutable. Se entrena, se cuida, se fortalece. Hay días buenos y días difíciles. Habrá recaídas y habrá avances. Y todo eso es parte del proceso. Dejemos de exigirnos estar bien todo el tiempo. Aprendamos a estar conscientes, presentes y acompañados la mayor parte del tiempo.
Costarricenses, hagamos de Costa Rica un país que cuida. Un país que entiende que pedir apoyo es un acto de responsabilidad, no de debilidad. Un país donde las y los niños aprendan a respirar antes de aprender a competir. Donde la persona adulta pueda decir “hoy no puedo” sin miedo a ser despedida o juzgada. Donde buscar orientación sea tan natural como ir a una cita médica.
Este Día Mundial de la Salud Mental, no busquemos llegar a un destino perfecto e inalcanzable. Comprometámonos con el proceso. Con el proceso de cuidarnos. De cuidar a los nuestros. De cuidar a quienes cuidan. De construir una cultura de la prevención y del buen trato.
Porque, como nos enseñó Shpancer, es algo en lo que tenemos que trabajar constantemente. Y vale la pena. Cada conversación, cada límite puesto con respeto, cada hora de sueño, cada abrazo a tiempo, cada vez que nos animamos a hablar con un profesional en orientación, vale la pena. Hoy, mañana y siempre.

















