Quienes trabajamos con necesidades especiales en Costa Rica vivimos una paradoja. Amamos lo que hacemos. Creemos en la educación pública y privada. Y precisamente por eso nos desgastamos más. En mi experiencia profesional y como activista a favor de los derechos humanos de las personas en condición de discapacidad lo he vivido.
He salido de una sesión con una familia que acaba de recibir un diagnóstico en el Hospital Nacional de Niños con el corazón encogido y he entrado a dar una clase sobre Diseño Universal para el Aprendizaje como si nada pasara. He visto a colegas excelentes llorar en el parqueo porque una niña fue discriminada y no supieron cómo defenderla sin pelearse con todo el sistema.
He acompañado a familias que conocen de memoria el artículo 24 de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, ratificada en Costa Rica por la Ley 8661, que habla de educación inclusiva, pero que deben pelear cada año por un asistente, por una adecuación, por un trato digno.
Christina Maslach, estudiosa del burnout, nos enseñó algo vigente para las y los docentes costarricenses: el agotamiento no es falta de vocación, es una vocación sin límites y sin autocuidado.
El burnout tiene tres rostros: agotamiento, despersonalización y baja realización. Te levantas cansada y cansado, tratas a las personas como expedientes y sientes que nada basta. A eso se suma lo que Charles Figley llamó fatiga por compasión: "El costo de cuidar es que terminamos cargando el trauma de aquellos a quienes ayudamos".
No somos débiles, somos humanas y humanos que hemos absorbido sin filtro el dolor ajeno por no poner límites sanos. En Costa Rica esto se agrava porque nuestra cultura de la pura vida nos pide sonreír siempre, aunque por dentro estemos rotas y rotos.
Wayne Dyer lo resume con una frase que debería estar en cada sala de docentes: "No puedes dar lo que no tienes". Si no tenemos paz, no podemos enseñar paz. Si no nos respetamos, terminaremos ejerciendo irrespeto sutil y paternalista hacia quienes decimos incluir. Y aquí quiero ser contundente desde Costa Rica.
Tenemos un robusto control de constitucionalidad y convencionalidad. Tenemos la Constitución, la Ley 7600, la Ley 8661, la Política Nacional en Discapacidad, fallos de la Sala Constitucional. Conozco esos derechos y sé ejercer mi defensa, por dicha.
Pero muchos niños, jóvenes y familias no saben cómo defenderse, y cuando quien debe defenderles es quien les discrimina desde la cátedra, el daño es doble. La profesión no exonera jamás de discriminar.
El título de orientador, psicólogo o docente no vacuna contra el capacitismo. Lo he tenido claro como persona con discapacidad y como profesional: he tenido profesoras de Orientación a quienes guardo respeto y reverencia, y también he sido víctima de otras que ejerciendo la docencia practican odiosamente la discriminación.
Por eso la psicohigiene emocional no es lujo ni taller de un día para cumplir un requisito del MEP. Es, como plantea Norberto Boggino, una responsabilidad ética. Cuidarnos es un acto político y de derechos humanos en un país que se precia de ser garante de derechos.
Volver a quiénes somos implica aprender a poner límites. Decir hasta aquí puedo hoy no es egoísmo, es honestidad. Brené Brown nos recuerda que "Atreverse a poner límites es tener el coraje de amarnos a nosotras y nosotros mismos, incluso cuando corremos el riesgo de decepcionar a otros". La maestra y el maestro que dicen en consejo necesito apoyo para atender bien a este estudiante son más inclusivos que quienes dicen sí a todo y atienden mal a todas y todos.
Volver a quiénes somos implica dejar de vivir para la aprobación y empezar a vivir para la coherencia. Viktor Frankl, sobreviviente del Holocausto y padre de la logoterapia, nos dejó una lección enorme: "Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotras y nosotros mismos".
Muchas y muchos no podemos cambiar de la noche a la mañana un sistema educativo que sigue viendo la inclusión como favor y no como derecho. Pero sí podemos cambiar nuestra forma de estar en él. Dejar de actuar para que la dirección nos felicite y actuar para que la niña con discapacidad se sienta digna y respetada. La coherencia cura, la complacencia enferma.
Y volver a quiénes somos implica, lo digo con fuerza desde mi experiencia profesional y como activista a favor de los derechos humanos de las personas en condición de discapacidad, someternos a proceso terapéutico preventivo como parte del trabajo. Todo profesional que trabaja con necesidades especiales debe estar en terapia, no porque esté enfermo, sino porque trabaja con vulnerabilidad humana cada día.
Donald Winnicott hablaba de la madre suficientemente buena, no perfecta. Necesitamos en Costa Rica profesionales suficientemente buenas y buenos, no mártires perfectos. Para ello necesitamos un espacio donde ser frágiles sin ser juzgadas y juzgados.
Mi propuesta para Costa Rica es clara: terapia individual mensual, externa y confidencial, asumida como parte de la jornada laboral del MEP y de universidades públicas, no como castigo. Grupos de reflexión tipo Balint entre docentes, orientadoras y orientadores, para hablar de lo que nos duele sin miedo. Evaluación de salud emocional trimestral, no punitiva, sino de cuidado, donde se nos pregunte cómo estamos, no solo cuánto producimos. Carl Rogers decía: "La curiosa paradoja es que cuando me acepto tal como soy, entonces puedo cambiar".
Si usted es docente, orientadora, orientador, madre, padre, profesional de apoyo en cualquier rincón de Costa Rica, desde Guanacaste hasta Talamanca, quiero decirle desde mi vivencia como persona, como profesional y como activista que usted no vino a este mundo a complacer a todo el mundo. Vino a ser fiel a su propia historia.
El estrés se va cuando recuerda que tiene derecho a descansar sin culpa. La ansiedad baja cuando entiende que no tiene que controlarlo todo. La depresión se ilumina cuando vuelve a preguntarse qué quiero yo, qué necesito hoy para estar bien.
No podemos construir escuelas inclusivas con profesionales rotos por dentro. No podemos acompañar familias resilientes si no practicamos resiliencia. La inclusión empieza cuando yo me incluyo. Cuando incluyo mi cansancio, tristeza, enojo y alegría. Cuando dejo de ser heroína o héroe incansable y me permito ser humana y humano.
Sócrates decía hace más de dos mil años y sigue siendo principio de toda psicohigiene: "Una vida sin examen no merece ser vivida". Examinémonos, cuidémonos, volvamos a nosotras y nosotros mismos.
Solo así acompañaremos a nuestras niñas, niños y jóvenes con discapacidad en Costa Rica no desde lástima ni sacrificio, sino desde respeto profundo y dignidad que nuestra Constitución nos demanda. Como decía Saint-Exupéry, "Solo con el corazón se puede ver bien" en cada aula costarricense.

















