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Viernes, 20 Febrero 2026
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El precio humano de las listas de espera en salud

By Willy Chaves Cortés, OFS Orientador Familiar y Educativo, UJPll / UCAT / Doctor en Humanidades, UPF Febrero 20, 2026

Willy entra a la casa de los bambú en Aserrí, donde la brisa trae el olor a lluvia reciente. Edelio, sentado frente a una mesa llena de expedientes y cuadernos, levanta la mirada, sorprendido de ver a su hermano.

Hay un silencio breve, cómodo y cargado de incredulidad ante una realidad que no admite más esperas. Willy se sienta y observa a su hermano con la misma mirada de quien sabe que una palabra puede cambiar una historia, o al menos abrir una ventana para entenderla. La conversación comienza sin rodeos, con la franqueza que brota de tanto vivir y acompañar.

Willy: Edelito, he estado escuchando en la radio y leyendo noticias. Veo que las listas de espera ya no son una noticia aislada, sino una realidad que golpea a pacientes y a las familias que quedan al margen. Como médico, como nefrólogo y paliativista, ¿cómo ves este deterioro de los servicios ante el avance imparable de las demoras?

Edelio: Hermano, gracias por la pregunta. No es solo una cifra; son personas, historias que quedan sin trato oportuno. Las listas de espera generan un efecto dominó: lo que podría tratarse a tiempo se vuelve grave, y cuando llega al hospital ya llega tarde. En nefrología y cuidados paliativos, la demora se traduce en dolor, progresión de la enfermedad y, a veces, muerte que podría haberse evitado si hubiera respuesta adecuada en el momento adecuado.

Willy: ¿Qué sucede exactamente con la salud física cuando alguien espera?

Edelio: Primero, el empeoramiento de la enfermedad. Si una patología es tratable en etapas tempranas, la demora permite que progrese a estados más graves o irreversibles. En nefrología, retrasar una intervención puede llevar a una insuficiencia renal más avanzada, forzando diálisis de forma más temprana o compleja.

En otras especialidades, la espera promueve complicaciones que serían evitables con manejo oportuno. Además, el retraso facilita el paso a estados donde la intervención ya no es suficiente y se recurre a medidas que traen mayor morbilidad. 

Willy: ¿Y otros riesgos?

Edelio: Aumento de complicaciones y riesgos: mayor probabilidad de desenlaces adversos, urgencias imprevistas y, a veces, cirugías más complejas o invasivas que podrían haberse evitado.

El paciente llega en etapas donde la intervención estándar ya no basta; llega a un punto en que la solución es más arriesgada, más costosa y menos efectiva. Eso tiene un costo humano directo: dolor, sufrimiento y la sensación de que la vida está suspendida mientras la espera continúa.

Willy: ¿Qué pasa con el dolor y la discapacidad?

Edelio: El dolor crónico y la discapacidad son frecuentes. La espera prolonga el sufrimiento físico y puede limitar la funcionalidad diaria, reduciendo la calidad de vida y la capacidad para trabajar, para cuidar a otros o para participar de su comunidad. Cada día de espera agrega carga sobre la vida cotidiana: menos movilidad, más dependencia, menos autonomía.

Willy: La salud mental debe resentirse mucho en estas circunstancias.

Edelio: Sin duda. Ansiedad y depresión son comunes: distrés psicológico, desesperanza y miedo constante ante la incertidumbre de cuándo serán atendidos. En áreas como psiquiatría, la espera puede aumentar conductas de riesgo o, en casos extremos, pensamientos suicidas. La espera no es neutral; es una fuente de estrés sostenido que erosiona la resiliencia y la capacidad de la persona para gestionar la propia salud. 

Willy: ¿Afecta también a la familia?

Edelio: Sí. El impacto se extiende al cuidador y a la familia: estrés logístico para acompañar al paciente, culpa por no poder acelerar la atención y miedo por el futuro. La dinámica familiar se tensiona: horarios, finanzas, decisiones difíciles; todo se concentra en la incertidumbre de un tratamiento que podría no llegar a tiempo. Esto también deteriora la relación entre los miembros y el bienestar emocional del grupo familiar.

Willy: ¿Y la economía de la familia?

Edelio: Pérdida de productividad y costos mayores: mientras se espera, las enfermedades pueden progresar, reduciendo la capacidad laboral y aumentando los costos de atención futura cuando la intervención finalmente llega. Además, cuando llega la intervención tardía, los tratamientos suelen ser más complejos y costosos para el sistema de salud y para el hogar. El dinero no compra tiempo, pero la desorganización de la espera sí consume recursos.

Willy: ¿Qué ocurre con el sistema en su conjunto?

Edelio: Erosión de la confianza. La población percibe que el sistema público no está a la altura de las necesidades, lo que reduce la adherencia y la cooperación cívica para reformas.

Cuando la gente siente que el sistema no protege, tiende a desconfiar y a buscar atajos. Esa desconfianza se traduce en menor cooperación para programas de prevención y en una menor aceptación de políticas sanitarias necesarias.

Además, la saturación y los costos se disparan: la demora genera ineficiencia y aumenta el costo final de las intervenciones cuando llegan en fases avanzadas. Se agranda la brecha entre sectores: quienes pueden pagar atención privada consiguen tiempos más cortos, mientras que el resto queda atrapado en un servicio público saturado. Es un sistema de dos velocidades que, a la larga, socava la justicia en salud. 

Willy: ¿Cómo resumirías la consecuencia final?

Edelio: No son solo demoras administrativas. Son barreras reales que limitan el acceso a la salud y deterioran la calidad de vida. Cada día de espera añade riesgo, dolor y costo para la familia y para el sistema.

Si no se corrigen, el daño se acumula y la brecha entre lo que debería ser una atención oportuna y lo que realmente se entrega se ensancha. El resultado es una fractura entre la promesa de la salud pública y la realidad de la atención recibida, alimentando una espiral de descontento, tristeza y desesperanza.

Willy: ¿Qué medidas crees que podrían cambiar esta realidad, desde distintos frentes?

Edelio: Se requieren respuestas integrales. Incrementar recursos, reorganizar flujos de atención y priorizar criterios clínicos basados en necesidad real.

Transparencia en los tiempos de espera y comunicación constante con la población son claves para mantener la confianza.

Además, políticas que reduzcan la inequidad deben ir acompañadas de fortalecimiento de la atención primaria para evitar que las listas crezcan innecesariamente.

También es crucial un apoyo emocional y psicológico para pacientes y familias durante la espera, para acompañarlos y reducir el peso del estrés. Y, por supuesto, una reforma que alinee la capacidad de respuesta con la demanda: más personal, más equipamiento, mejores procesos, y mayor coordinación entre niveles de atención.

Willy: Gracias, Edelito. Tu experiencia aporta una mirada humana y clínica que recuerda que detrás de cada cifra hay personas y comunidades enteras que viven al borde de la decisión entre esperar o actuar.

Edelio: Gracias a ti, hermano. Si aprendemos de estas historias, tal vez podamos impulsar soluciones que conecten la clínica con la vida real, que traduzcan la necesidad en políticas públicas capaces de cambiar el curso de las cosas.

La esperanza no está perdida si se reconocen los fallos y se actúa con urgencia, con compasión y con un plan que responda a la realidad de las familias que esperan y necesitan.

Willy: Sigamos adelante, entonces, con la convicción de que cada esfuerzo cuenta y que la salud es un derecho que merece respuesta oportuna para todos.

Edelio: Así será. Hay que convertir el dolor en impulso para un cambio real, sostenible y equitativo.

La conversación se va deshilando en gestos simples: una mano sobre la mesa, una mirada que se sostiene, un silencio que ya no es de resignación sino de decisión. El sonido de la lluvia continúa, como un recordatorio de que la salud pública requiere no solo de voluntad, sino de continuidad, de recursos, de organización y de una visión que coloque a las personas en el centro.

En ese espacio entre dos hermanos que comparten historia y vocación, nace la promesa de que aún hay caminos posibles para acortar larguras de espera y devolver dignidad a quienes esperan atención.

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