El hilo conductor es sencillo en apariencia, pero profundo en su alcance: la fe cristiana no se queda en palabras; se expresa en una vida que escucha, acompaña y transforma.
Willy: Pepe, me parece que una conversación así, cara a cara, puede mostrar mejor la hondura de estos temas. ¿Qué te mueve a pensar en la conversión como una trayectoria y no como un momento?
Pepe: Me moviliza la idea de que la identidad no se cambia en un instante, sino que se recalibra con cada encuentro. La conversión, para mí, es un proceso de sanación interior que se refleja en la manera en que tratamos a los demás. ¿Y a ti, qué significa para tu vida diaria esa trayectoria?
Willy: En lo cotidiano, la trayectoria se manifiesta en la humildad para escuchar antes de hablar. En la casa, en la escuela y en la calle, la conversión me llama a dejar la autoimportancia y a aprender de las historias ajenas. ¿Cómo ves ese cambio en la actitud cuando trabajas con personas en proyectos de desarrollo humano?
Pepe: Veo que cambia la relación con la culpa y la responsabilidad. El perdón entra como una vía de liberación para quien lo da y para quien lo recibe. No es quitar la memoria del daño, sino rehacerla con sentido. ¿Cómo entiendes ese “rehecho” en el ámbito de la fraternidad y la misión?
Willy: El rehecho sucede cuando la misericordia no queda en una emoción agradable, sino que se traduce en acciones concretas: acompañar a quien sufre, defender a los vulnerables, construir puentes donde hay muros. Pero admito que es fácil caer en la indulgencia si no hay justicia que respalde esa misericordia. ¿Tú qué dices sobre el equilibrio entre misericordia y justicia?
Pepe: Es clave. La misericordia debe ir acompañada de criterios claros y de estructuras que hagan sostenible la dignidad de cada persona. Sin límites, la compasión puede convertirse en permisividad; sin compasión, la justicia se vuelve fría. En mi trabajo, intento diseñar espacios donde la gente pueda crecer con responsabilidad. ¿Cómo sostener ese equilibrio cuando ves dinámicas de poder en juego?
Willy: Requiere discernimiento, y primero, decir la verdad con caridad. También implica oración y comunidad que sostenga el proceso. En el ámbito educativo, por ejemplo, podemos diseñar políticas que prioricen la dignidad y la inclusión, sin diluir la responsabilidad personal. ¿Qué papel ves tú para la oración y la contemplación ante el ruido del mundo?
Pepe: La contemplación actúa como un ancla. En un entorno saturado de mensajes, la oración y la reflexión silenciosa ayudan a distinguir entre lo urgente y lo necesario. Pero no basta con interioridad: necesitamos comunidades que permitan expresar dudas sin miedo y que sostengan la acción con una ética clara. ¿Cómo ves tú esa interacción entre interioridad y acción pública?
Willy: Exacto. La interioridad alimenta la acción; la acción confirma la interioridad. En la comunicación política, por ejemplo, la vigilancia de la verdad y la responsabilidad con la palabra son expresiones de conversión en movimiento. ¿Qué desafíos ves tú cuando la fe se expresa en el liderazgo de una comunidad?
Pepe: El mayor desafío es evitar que la fe se convierta en propaganda o en simple consuelo para quienes ya están cómodos. El liderazgo debe promover un servicio que cuestione estructuras injustas y que invite a la participación de todos.
La conversación debe abrirse a la diversidad de voces, porque ahí descubres la riqueza de la Iglesia en movimiento. ¿Cómo cultivar esa diversidad sin perder la unidad?
Willy: Abriendo espacios de diálogo auténtico, donde cada persona pueda poner en la mesa su experiencia y sus dudas, sin miedo a ser juzgada. La unidad nace de la verdad vivida en la misericordia. ¿Y qué papel le asignas a la paciencia en este proceso?
Pepe: La paciencia es la compañera inseparable de la fe. La misericordia que transforma no se impone; se acompaña. A veces el progreso parece lento, pero es más sólido cuando se sostiene con calma y esperanza. ¿Qué señal de humildad crees que es más visible para el mundo cuando una comunidad está en este camino?
Willy: Que la caridad no busque protagonismo, que la justicia no sea una camisa de fuerza, y que la verdad se comunique con claridad y ternura. Cuando la gente ve que la vida de una comunidad está marcada por gestos pequeños y constantes de servicio, entiende que la conversión es real. ¿Qué testimonio te gustaría que quedara en la memoria de quienes nos observan?
Pepe: Me gustaría que quedara la imagen de una Iglesia que acompaña sin imponerse, que pregunta sin condenar y que actúa con responsabilidad. Que cada decisión, desde la educación hasta la política local, se tome con la mirada puesta en la dignidad de la persona y en la construcción de un bien común. ¿Cómo cerraríamos este diálogo para que no sea solo teoría, sino compromiso práctico?
Willy: Propondría terminar con un compromiso compartido: una brújula de acción que combine conversión, perdón y misericordia en gestos concretos de cada día. Un plan mínimo para el mes: escuchar una historia nueva cada semana, perdonar una deuda emocional pendiente y diseñar una acción comunitaria que atienda a al menos tres vulnerabilidades. Si lo hacemos juntos, la ruta se hace más clara y la gracia se vuelve visible en la vida real. ¿Te parece si empezamos hoy mismo?
Pepe: Me parece perfecto. Además, podríamos añadir un pequeño protocolo de seguimiento: cada semana, una historia escuchada, una acción identificada y una evaluación de impacto en términos de dignidad y reparación. ¿Qué te parece si, además, proponemos una manera de compartir estas experiencias con la comunidad para que inspire a otros?
Willy: Me encanta la idea. Convertimos la introspección en una práctica pública que invita a la participación. Así, la conversación deja de ser un intercambio privado y se convierte en una convocatoria a la acción. ¿Qué último compromiso te gustaría dejar como cierre de este encuentro?
Pepe: Mi compromiso es sostener la paciencia y la claridad: acompañar a las personas con límites sanos, promover la participación de las voces diversas y vigilar que cada gesto de misericordia esté anclado en justicia. Que nuestra conversación no caiga en palabras bonitas, sino que desate una cadena de acciones concretas que demuestren que la fe tiene músculo. ¿Y tú, cuál sería tu último compromiso?
Willy: Mi compromiso es vivir la tríada hasta el borde: conversión que nace del encuentro con Dios, perdón que libera de culpas y heridas, y misericordia que transforma estructuras a través de políticas de cuidado y de servicio.
Que cada encuentro con una familia, un joven o un vecino se convierta en una oportunidad para sembrar dignidad y esperanza. ¿Podemos escribir juntos un calendario de acciones y compartirlo con la comunidad para que se asuman responsabilidades?
Este texto, que en la casa de los Bambú y se desplaza hacia el barrio, busca ser más que un diálogo entre dos personas: es una propuesta para convertir la fe en una ética vivida.
El hilo conductor es la tríada central, articulada de manera orgánica entre pregunta y respuesta, entre duda y afirmación, entre acción y reflexión. La introducción establece el marco: una conversación que nace de la experiencia diaria y que pretende traducirse en gestos concretos.
El desarrollo lleva el pulso del movimiento: cada pregunta de Willy invita a la reflexión de Pepe, y cada respuesta de Pepe retroalimenta la propuesta de Willy, manteniendo la cohesión de la idea de que la conversión es una trayectoria que necesita ser nutrida por la misericordia y guiada por la justicia.
El cierre, finalmente, propone un itinerario práctico: escuchar, perdonar y actuar, con un compromiso explícito de crear espacios de diálogo, de diseñar políticas de cuidado y de compartir experiencias para animar a otros a vivir la fe con integridad.











